Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 28 La Sed del Silencio
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29: Capítulo 28: La Sed del Silencio 29: Capítulo 28: La Sed del Silencio A la mañana siguiente me di cuenta con innegable certeza.
El monstruo tenía garras retráctiles, pero lo que se reveló en mis sueños tenía dientes más fríos que mi diente de metal.
No soñé con Vorden.
Soñé con agua.
Pero no era el agua cálida de la bañera.
Era un océano negro, denso como el mercurio, sepultado bajo toneladas de roca y hielo eterno.
No había luz, solo una presión aplastante que quería colapsar mis pulmones.
Estaba flotando en la nada.
Sentí una soledad tan antigua que me dolió en los huesos.
No era una soledad humana; era la soledad de una montaña, la soledad de una estrella muerta.
«Vacío…» Su llamado no era una voz.
Era una vibración en el agua oscura.
Un pensamiento que no era mío.
Miré hacia abajo, hacia la negrura infinita.
Y entonces, lo sentí.
Algo enorme.
Algo inmenso y antiguo dormía allí abajo.
No era una bestia.
Era un lugar.
Un espejismo de raíces y piedra que había dejado de latir hace milenios.
Estaba seco.
Estaba sediento.
De repente, una luz pálida brotó de mi pecho.
Mi sangre brilló a través de mi piel como fuego líquido.
El abismo debajo de mí reaccionó.
Sentí cómo la inmensa oscuridad se agitaba, despertando de un letargo de eras.
Sintió mi luz.
Sintió mi sangre.
«Hija…» susurró la oscuridad, con el sonido de glaciares rompiéndose.
«La chispa…la llave» Una corriente invisible me agarró los tobillos.
No con violencia, sino con necesidad.
Me arrastró hacia el fondo, hacia la boca abierta de la tierra.
Quería tragarme.
Quería ahogarme para poder respirar de nuevo a través de mí.
El frío invadió mi boca, llenando mi garganta de hielo negro.
No podía respirar.
Me estaba muriendo.
Y lo peor de todo…
el abismo se alegraba.
—¡NO!
Mi propio grito me arrancó del sueño.
Me senté de golpe en la cama, aspirando una bocanada de aire agónico, como si realmente hubiera estado bajo el agua.
Mis pulmones ardían.
Mi piel estaba helada, empapada en un sudor que se sentía como escarcha.
La habitación estaba apenas iluminada por el sol del amanecer y por el tenue resplandor de las brasas.
Pero no estaba sola.
—Respira —ordenó una voz grave.
Vorden estaba allí.
De pie junto a la cama, una mano grande y pesada sobre mi hombro, manteniéndome en mi sitio mientras mi cuerpo se sacudía con espasmos incontrolables.
—¡Me ahogo!
—jadeé, llevándome las manos a la garganta, buscando agua que no estaba allí—.
¡Está…
está seco!
¡Tiene sed!
Vorden no me soltó.
Apretó su agarre, clavando los dedos en mi clavícula, devolviéndome a la realidad con dolor físico.
—¿Qué viste?
—exigió.
Su voz no tenía sueño.
Estaba alerta, depredadora.
—Frío…
—tiritaba tanto que los dientes me castañeteaban—.
Oscuridad.
Un pozo…
un pozo muerto que quiere…
Me detuve, mirando sus ojos oscuros.
En ellos no vi confusión.
Vi confirmación.
—Quiere beber —susurré, entendiendo de golpe el horror de mi destino.
Vorden asintió lentamente.
Soltó mi hombro y se cruzó de brazos, su silueta inmensa bloqueando la poca luz de la chimenea.
—Nos dirigimos al Norte, es un cementerio, Aldariel —dijo, su tono carente de cualquier consuelo—.
Hay cosas allí que llevan dormidas desde que “ellos” decidieron abandonar este mundo y dejarnos con las sobras.
Hay cosas allí que no pueden despertar solas.
Se inclinó hacia mí, su rostro entrando en la franja de luz anaranjada.
Se veía terrible y hermoso, como un ángel de la destrucción.
—El mapa ya no importa —murmuró—.
Tú lo sentiste.
Y él te sintió a ti, eso te convierte en mi brújula.
Me abracé las rodillas, tratando de dejar de temblar.
La sensación del agua negra todavía estaba en mi piel, esa “sed” infinita que esperaba mi llegada.
—¿Qué buscas allí?
¿Quiénes son “ellos”?
—pregunté, con la voz rota—.
Ese lugar que soñé…
está muerto.
Solo quiere muerte.
Vorden sonrió.
Pero no fue la sonrisa arrogante de siempre.
Fue una mueca sombría, casi reverente.
—La muerte es solo un ciclo, Cielo.
Una rueda que siempre termina donde empezó.
—Me tocó la barbilla con un dedo, levantando mi rostro para que lo mirara—.
Y tú eres la única que sabe cómo hacerla girar.
Se apartó y caminó hacia la puerta.
—El resto de tus preguntas…Aun no estas lista.
Vístete, nos vamos en una hora.
—¿Y si me niego?
—desafié débilmente, aunque sabía que era inútil.
Él se detuvo bajo el arco de piedra.
—No te negarás.
Porque ahora lo escuchas, lo sientes.
—Se giró, y sus ojos brillaron con una verdad cruel—.
Ese lugar te está llamando, elfa.
Y no dejará de gritar en tu cabeza hasta que llegues a él.
Además, tu curiosidad es tan grande como tu necedad.
Vístete.
Salió, dejándome sola en la penumbra.
El maldito tenía razón.
Aun despierta, en el silencio de la habitación, podía sentirlo.
Un latido fantasma bajo el suelo, muy lejos hacia el norte.
Un pulso lento y hambriento que tiraba de mi sangre como la luna tira de las mareas.
«Ven…» Me levanté y comencé a vestirme.
No había escapatoria.
La pesadilla no estaba en mi cabeza; estaba esperando al final del camino.
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