Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 3

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 2 Mi Presa
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

3: Capítulo 2: Mi Presa 3: Capítulo 2: Mi Presa El pánico tiene un sabor, y es idéntico a la bilis que me subió por la garganta.

Intenté retroceder, un instinto primario de huida que ignoró por completo el hecho de que mis piernas temblaban como hojas al viento.

Pero sus manos eran grilletes de acero alrededor de mis antebrazos.

No se movió.

Ni un milímetro.

Yo forcejeaba inútilmente contra una montaña.

—Suéltame —siseé.

La sangre se acumuló en mi boca de nuevo, y tuve que tragarla, sintiendo el rastro caliente bajar por mi esófago.

—Si te suelto, te caes —dijo él, con esa calma exasperante—.

Y si te caes y te rompes algo más, tendré que cargarte de nuevo.

Y francamente, pesas más de lo que pareces con toda esa armadura inútil.

Su mirada bajó, recorriendo mi cuerpo con una lentitud que se sintió como una caricia física, evaluando mis defensas, buscando armas ocultas, desnudando mis secretos.

Mi piel ardió bajo su escrutinio, una mezcla vergonzosa de ira y una chispa traicionera de calor en mi vientre bajo.

Contrólate, me ordené.

Es el enemigo.

—¿Por qué me ayudaste?

—pregunté, mi voz temblando por la rabia—.

Si eres tú quien me caza, ¿por qué no dejar que esos mercenarios me mataran?

Él dio un paso adelante, invadiendo mi espacio hasta que las puntas de sus botas tocaron las mías.

Tuve que echar la cabeza hacia atrás para sostener su mirada, exponiendo mi garganta.

Un error táctico.

Soltó uno de mis brazos y, antes de que pudiera reaccionar, sus dedos enguantados, ásperos y fríos, agarraron mi barbilla.

Me obligó a girar la cara hacia la luz.

El dolor estalló en mi nariz rota cuando la movió ligeramente.

Solté un jadeo ahogado, mis manos aferrándose a sus solapas para no caer por el mareo.

—Porque tú eres mi presa, elfa —murmuró, su rostro tan cerca que podía contar las motas doradas en sus irises oscuros.

Olía a peligro, a noches sin luna y a una violencia exquisita—.

Y soy un bastardo egoísta.

No comparto.

Sus dedos bajaron de mi barbilla a mi garganta, descansando sobre mi pulso desbocado.

Podía sentir la fuerza letal contenida en esa mano.

Podría aplastarme la tráquea en un segundo.

En cambio, su pulgar rozó la piel suave bajo mi mandíbula, un toque casi tierno que contrastaba brutalmente con la sangre que me cubría la cara.

—Además —añadió, bajando la voz a un susurro ronco que hizo que se me erizara el vello de la nuca—, te necesito viva.

Al menos hasta que lleguemos a la frontera.

Después de eso…

—Se encogió de hombros, una sonrisa ladeada y perversa curvando sus labios—…

ya veremos si vale la pena mantenerte respirando.

Me soltó de golpe, dándose la vuelta y echando a andar hacia la oscuridad de la calle, esperando con total arrogancia que lo siguiera.

—Muévete —ordenó sin mirar atrás—.

Y límpiate la cara.

Pareces una tragedia.

Me quedé allí un segundo, tambaleándome, tocándome el labio partido.

Odiaba lo mucho que me dolía el cuerpo.

Pero odiaba más el hecho de que, mientras veía su espalda ancha alejarse, una parte oscura y retorcida de mí no estaba pensando en huir.

Estaba pensando en cómo se sentiría esa sonrisa cruel contra mi boca.

Escupí sangre una última vez al suelo y empecé a caminar detrás de él.

Esto no había terminado.

Mis botas arrastraban por los adoquines, un sonido áspero que parecía gritar nuestra posición a toda la ciudad, pero él se movía como una sombra.

Silencioso.

Depredador.

Llevé la lengua al hueco donde antes estaba mi incisivo.

El borde afilado del diente roto cortó la punta de mi lengua, un dolor agudo y metálico que me ancló a la realidad.

Lo voy a matar, me prometí.

Voy a clavarle una daga en ese cuello perfecto y veré si su sangre es tan oscura como su alma.

Pero por ahora, apenas podía mantenerme en pie.

Doblamos una esquina hacia una callejuela trasera donde la oscuridad era casi sólida.

Allí, atado a un poste podrido, esperaba un caballo.

No era una bestia común; era un semental de guerra, negro como el carbón, con ollares que humeaban en el aire gélido y músculos que se contraían bajo la piel con impaciencia.

—Sube —ordenó él, desatando las riendas con un tirón seco.

Miré el estribo.

Parecía estar a una montaña de distancia.

Mi cabeza daba vueltas como una peonza y el suelo se inclinaba peligrosamente.

—Si intento subir ahí…

voy a vomitarte encima —admití, mi voz sonando ridículamente nasal debido a la hinchazón.

Él suspiró, un sonido de pura exasperación masculina.

—Eres inútilmente frágil para ser una guerrera elfa, ¿lo sabías?

Antes de que pudiera soltar el insulto que tenía preparado, sus manos me rodearon la cintura.

El contacto fue eléctrico.

Sus dedos, fuertes y dominantes, se hundieron en mi costado, atravesando las capas de cuero y tela como si no existieran.

Me levantó en el aire sin esfuerzo, como si yo pesara menos que una pluma, y me depositó sobre la silla de montar.

El mundo giró violentamente.

Me aferré al borrén delantero para no caer, cerrando los ojos mientras una ola de náuseas me golpeaba.

El cuero crujió.

El caballo resopló bajo el peso añadido cuando él montó detrás de mí.

De repente, estaba rodeada.

Su pecho, una pared de calor sólido, chocó contra mi espalda.

Sus muslos, duros como el hierro, encajaron a los lados de los míos, atrapándome.

Estábamos tan cerca que no había lugar para el aire, ni para el odio, ni para nada que no fuera la abrumadora presencia de su cuerpo envolviendo al mío.

Pasó los brazos a mi alrededor para tomar las riendas.

Sus antebrazos rozaron mis costillas, y sentí que mi corazón tropezaba, traicionándome de nuevo.

—No te desmayes —murmuró cerca de mi oreja.

Su aliento caliente envió escalofríos por mi columna vertebral—.

No voy a parar a recogerte si te caes.

—Si me caigo, te arrastraré conmigo —repliqué, recostándome involuntariamente contra él porque mi columna ya no me sostenía.

Lo sentí tensarse, pero no se apartó.

De hecho, uno de sus brazos se ajustó más firmemente alrededor de mi cintura, anclándome contra él.

Era un gesto posesivo, protector y completamente confuso.

—Inténtalo, Cielo —susurró, usando el apodo como un arma—.

Pero te advierto: me gusta jugar rudo.

Espoleó al caballo y salimos disparados hacia la noche.

El viento helado golpeaba mi cara destrozada, pero todo lo que podía sentir era el fuego de su cuerpo quemándome la espalda, y la terrible certeza de que, a pesar del dolor, nunca me había sentido tan viva.

Mi cuerpo cansado me traiciono una vez más dejándome caer en la oscuridad del sueño forzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo