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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capítulo 29 La Jaula de Cuero y Acero
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30: Capítulo 29: La Jaula de Cuero y Acero 30: Capítulo 29: La Jaula de Cuero y Acero Me vestí con dedos entumecidos.

No por el frío de la habitación, sino por el frío que ahora vivía dentro de mí.

Me puse los pantalones de cuero, las botas altas y la túnica gruesa.

Encima, me ajusté la capa de piel de lobo invernal que Vorden había dejado a los pies de la cama.

Pesaba.

Todo en este lugar pesaba.

Cuando salí al pasillo, no había guardias esperándome.

No hacían falta.

El latido en mi cabeza era una correa más efectiva que cualquier cadena.

Norte.

Ve al Norte.

Bajé las escaleras.

Esperaba encontrar el caos de un ejército preparándose para la guerra: cientos de botas, gritos, metal chocando.

Pero cuando crucé el arco hacia el patio de armas, me recibió el silencio.

No había legiones.

No había estandartes ondeando al viento para anunciar nuestra marcha.

En el centro del patio de piedra gris, bajo la luz lechosa del amanecer, había apenas un grupo compacto.

Unos veinte jinetes, hombres de rostro duro y armaduras prácticas, sin adornos innecesarios.

Eran veteranos, podía olerlo; hombres que sabían matar en silencio.

A un lado, un grupo aún más pequeño.

Cinco figuras envueltas en capas oscuras, revisando sus armas con una calma inquietante.

La élite.

Y al frente de todos ellos, Raymond, montado en un caballo pardo, limpiándose las uñas con una daga mientras observaba el cielo nublado.

Vorden estaba junto a su montura, un semental de guerra negro, inmenso, cubierto con una barda de cota de malla y cuero.

El Titán revisaba las cinchas con tirones fuertes y secos.

Me acerqué.

El vaho de mi respiración se mezclaba con la niebla matutina.

Raymond me dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible, una burla cortés.

Vorden se giró.

Llevaba una armadura completa, pero cubierta por una capa de viaje desgastada.

Nada de emblemas dorados, nada que gritara “General Supremo”.

Parecía un mercenario de lujo, o un noble peligroso en un viaje privado.

—Llegas a tiempo —dijo, su voz ronca cortando el aire frío—.

Raro en ti.

—¿Dónde está el resto?

—pregunté, mirando alrededor—.

¿Vas a invadir el Norte con veinte hombres?

—Un ejército es una invitación a la guerra, Aldariel.

Y los nobles de estas tierras son demasiado curiosos —respondió mientras ajustaba una alforja—.

Esto no es una invasión.

Es una cacería.

Y para cazar, uno se mueve ligero.

Me señaló el caballo negro.

Busqué con la vista mi propia montura.

No había ningún otro caballo libre.

—¿Dónde está el mío?

—pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

Vorden no respondió con palabras.

Se acercó a mí en dos zancadas largas.

Antes de que pudiera retroceder, sus manos me tomaron por la cintura.

Me elevó en el aire sin esfuerzo, como si fuera una niña pequeña, y me depositó sobre la silla del gran destrero, justo en el arco delantero.

El caballo resopló y golpeó el suelo con un casco, pero no se movió bajo el peso extra.

Segundos después, la estructura de la silla crujió cuando Vorden montó detrás de mí.

El espacio desapareció.

Su pecho, duro como una pared de roca tras la armadura, se pegó contra mi espalda.

Sus muslos enmarcaron los míos, y sus brazos pasaron a mis costados para tomar las riendas, encerrándome en una jaula de carne y acero.

Me tensé, intentando inclinarme hacia adelante para crear, aunque fuera un milímetro de distancia, pero era imposible.

Estaba atrapada entre la cabeza del caballo y el cuerpo del Titán.

Sentí su aliento caliente remover el cabello cerca de mi oreja.

—Lo siento, Cielo —murmuró, con ese tono que oscilaba entre la diversión y la advertencia—.

Tendrás que acostumbrarte a sentir mi cuerpo pegado a tu espalda.

Tiró de las riendas, haciendo que el animal girara hacia el portón.

—No te hagas ideas románticas —añadió, su voz bajando una octava—.

Simplemente, aún no confío en ti.

Si te diera tu propio caballo, intentarías huir antes de que perdiéramos de vista la fortaleza.

Y no tengo tiempo para perseguirte hoy.

Apreté los dientes, odiando la lógica de sus palabras y odiando aún más la calidez que su cuerpo irradiaba contra el frío de la mañana.

—¡Abran las puertas!

—ordenó Vorden, esta vez alzando la voz para que la guardia de los muros lo escuchara.

Las pesadas hojas de madera crujieron y se abrieron.

El puente levadizo bajó.

El viento gélido nos golpeó de frente, aullando a través de la abertura.

El pequeño grupo se puso en marcha.

Raymond se colocó a nuestra derecha; la guardia de élite cerró filas detrás.

Mientras el caballo negro trotaba hacia el páramo abierto, sentí cómo el latido en mi sangre se sincronizaba con el paso de la bestia.

El Manantial sabía que me acercaba.

Vorden espoleó al caballo y aceleramos el paso, dejando atrás la seguridad de los muros de piedra para adentrarnos en la tierra de nadie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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