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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capítulo 30 La Sombra y el Arbusto
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31: Capítulo 30: La Sombra y el Arbusto 31: Capítulo 30: La Sombra y el Arbusto Cabalgamos durante horas, devorando kilómetros de páramo bajo un cielo plomizo que amenazaba con nieve, pero no terminaba de romper.

El alivio fue físico cuando, pasado el mediodía, Vorden levantó un puño y la columna se detuvo.

Mis piernas estaban entumecidas, y tener el pecho de un gigante pegado a mi espalda durante tanto tiempo había pasado de ser una incomodidad a una tortura silenciosa.

Desmontamos junto a un arroyo de aguas rápidas y gélidas.

La disciplina de los hombres de Vorden era aterradora.

Sin necesidad de gritos ni órdenes, veinte soldados se dispersaron: unos comenzaron a revisar los cascos de los caballos, otros sacaron raciones secas.

Cuatro de los encapuchados de la guardia de élite se separaron inmediatamente, formando un perímetro silencioso mirando hacia los cuatro puntos cardinales.

Nadie hablaba más de lo necesario.

Vorden y Raymond se alejaron unos metros hacia una roca plana, desplegando el mapa de piel.

—Si el paso de los martires está bloqueado por la nieve, tendremos que rodear por el risco —alcancé a oír decir a Raymond, señalando una ruta con su daga.

Aproveché que la atención del Titán estaba en la geografía para alejarme un poco.

Mis vejiga estaba a punto de estallar y mis piernas necesitaban recordar cómo caminar sin un caballo debajo.

Di tres pasos hacia la linde del bosque de matorrales que bordeaba el arroyo.

Una sombra se movió a mi izquierda.

Me detuve y giré.

El quinto encapuchado, el que no había tomado posición de guardia, estaba allí.

A dos pasos de mí.

Sin rostro bajo la capucha negra, solo una presencia letal y silenciosa.

—Voy a hacer mis necesidades —dije, señalando unos arbustos densos a unos diez metros—.

Dame espacio.

El encapuchado no retrocedió.

Dio un paso al frente, manteniéndose en mi estela.

—Tengo orden de no perderte de vista, elfa —dijo.

Su voz era áspera, distorsionada por la tela que cubría su boca.

Sentí que la sangre se me subía a la cara, una mezcla de vergüenza y furia.

—¿En serio?

—escupí, plantándome manos en las caderas—.

¿Pretendes verme mear, maldito degenerado?

El hombre no se inmutó.

No hubo lujuria en su postura, ni vergüenza.

Solo una rigidez militar absoluta.

—Perdone usted, señora —respondió con una calma que me heló la sangre—, pero pretendo mantenerme con vida.

Hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia donde Vorden discutía con Raymond.

—Las órdenes del Lord comandante se cumplen al pie de la letra.

Si desapareces un segundo, mi cabeza rodará antes que la tuya.

Lo miré a los ojos —o a la sombra donde debían estar sus ojos— y entendí que no era una mentira para mirar.

Tenía más miedo de Vorden que vergüenza de verme meando.

Solté un bufido de frustración, pateando una piedra.

—Como sea, pues —gruñí, girándome con brusquedad—.

Vamos a un puto arbusto.

Caminé con rabia hacia la maleza, escuchando el crujido de sus botas siguiéndome de cerca.

Era humillante.

Era una recordatorio constante de que no era una compañera de viaje, ni siquiera una prisionera común.

Era un objeto valioso que no se podía dejar desatendido.

Llegué detrás de un arbusto espinoso lo suficientemente alto para cubrirme la cintura.

Me desabroché los pantalones de cuero con dedos torpes por la ira.

—Gírate —siseé entre dientes.

Para mi sorpresa, el encapuchado mostró un atisbo de respeto, o quizás de simple decencia humana dentro de su terror.

Giró el rostro levemente hacia la derecha, mirando hacia el arroyo, aunque su cuerpo siguió bloqueando mi única vía de escape y su mano nunca se alejó de la empuñadura de su espada.

Hice lo que tenía que hacer, con el sonido del agua del arroyo y el viento frío como única privacidad, vigilada por un asesino que temía a su amo más que a la muerte.

Cuando terminé y me subí los pantalones, el encapuchado volvió a mirarme al instante, indicándome con un gesto de la mano que regresara con el grupo.

—Vámonos —dijo—.

El comandante no espera.

Regresé al campamento con la dignidad magullada, odiando cada paso, odiando el viaje, y odiando sobre todo al gigante de armadura negra que ni siquiera levantó la vista del mapa cuando volví a su lado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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