Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capítulo 31 El Sendero de la Negación
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32: Capítulo 31: El Sendero de la Negación 32: Capítulo 31: El Sendero de la Negación La comida fue un trámite.
Rápida, insípida y eficaz, diseñada solo para meter combustible en el cuerpo y seguir moviéndose.
Apenas veinte minutos después, ya estábamos de nuevo sobre las monturas.
Y esta vez, el ritmo cambió.
—¡Al galope!
—ordenó Vorden.
Los caballos respondieron como máquinas de guerra.
El paisaje se convirtió en un borrón de grises y marrones mientras devorábamos el terreno.
Para mí, sin embargo, el aumento de velocidad fue un castigo.
La silla de montar era dura, pero el verdadero suplicio venía de atrás.
Con cada zancada potente del caballo, mi cuerpo era empujado contra la coraza de Vorden.
El golpeteo de su pecho blindado contra mi espalda era una maldita tortura, un martilleo constante que me dejaba los omóplatos doloridos y la columna vibrando.
Él ni se inmutaba; era una estatua de hierro insensible a la incomodidad.
Avanzamos así hasta que el sol comenzó a teñirse de rojo en el horizonte, anunciando un atardecer prematuro entre las montañas.
El grupo se detuvo en seco.
Delante de nosotros, el camino principal había desaparecido.
Un derrumbe reciente de rocas y lodo bloqueaba el paso en el estrecho corredor que separaba la falda de una montaña escarpada de un riachuelo crecido.
Raymond no esperó órdenes.
Espoleó su caballo y se adelantó para explorar.
Lo vimos meterse con su montura en el agua helada, intentando rodear el derrumbe por el río.
Los caballos resoplaron nerviosos ante el frío.
Avanzó unos metros, pero el agua subió rápidamente hasta el pecho del animal.
La corriente era demasiado fuerte; si seguían, los arrastraría.
Raymond dio la vuelta, empapado de cintura para abajo, y regresó trotando hacia nosotros.
Le hizo una seña a Vorden, negando con la cabeza, y señaló hacia arriba.
—El río es una tumba, comandante —informó al llegar a nuestra altura—.
Demasiado profundo y el fondo es lodo suelto.
Miró hacia la ladera de la montaña, donde apenas se adivinaba una línea entre la maleza y las rocas.
—Vi un sendero de cabras más arriba.
Será mejor subir que intentar rodear —dijo Raymond, secándose el agua de la cara—.
La altura no es demasiada, pero sugiero alerta máxima.
Es un cuello de botella perfecto.
Vorden escrutó la ladera con ojos entrecerrados.
Hizo una seña corta con su mano derecha.
—Formación cerrada.
Arriba.
Comenzamos el ascenso.
El galope frenético se transformó en una marcha lenta y angustiosa.
El sendero era estrecho, apenas suficiente para un caballo a la vez, y el precipicio a nuestra izquierda se hacía cada vez más profundo.
La noche nos alcanzó a mitad de la subida.
La temperatura cayó en picada.
Cabalgábamos en una oscuridad casi absoluta, guiados solo por la luz de la luna que se filtraba entre nubes pesadas y la visión nocturna de los caballos.
Horas después, alcanzamos una pequeña planicie elevada.
Era un lugar plano, protegido por rocas altas en tres lados y con una vista clara del camino que habíamos dejado atrás.
Mis ojos se iluminaron.
Era el lugar perfecto.
—Es un punto estratégico fácil de defender —susurré, sintiendo el alivio de pensar que por fin pararíamos—.
Y hay espacio para los caballos.
Raymond miró el lugar con aprobación, esperando la orden.
Pero Vorden ni siquiera tiró de las riendas.
—Seguimos —dijo, su voz plana y sin discusión.
Pasó de largo la planicie perfecta, obligando al caballo a continuar por el sendero oscuro hacia la cima.
—¿Por qué?
—pregunté, girando la cabeza para intentar verle la cara, aunque mi cuello protestó—.
¿Por qué negarse a descansar?
Es el mejor sitio que hemos visto en horas.
Mis piernas no aguantan más.
Vorden bajó la vista hacia mí un instante.
En la penumbra, sus ojos brillaron, pero no dijo nada.
Simplemente me ignoró, como quien ignora el quejido del viento, y clavó los talones en los costados de la bestia.
La marcha continuó.
Fue una prueba de resistencia inhumana.
Mis párpados pesaban toneladas.
Cabeceaba contra su pecho, despertándome con sobresaltos cada vez que el caballo tropezaba con una piedra suelta.
Él me sujetaba con un brazo de acero alrededor de la cintura, impidiendo que me cayera dormida hacia el vacío, pero sin detenerse jamás.
Casi al amanecer, cuando el cielo empezaba a clarear con un gris sucio, iniciamos el descenso por la cara norte de la montaña.
Mis huesos estaban helados.
Ya no sentía los pies.
Un segundo paraje se abrió ante nosotros.
Era menos protegido que el primero, más expuesto al viento y en un terreno ligeramente inclinado, rodeado de árboles raquíticos.
Un lugar mediocre comparado con la planicie de la cima.
Vorden tiró de las riendas.
El caballo se detuvo resoplando nubes de vapor.
—Aquí —ordenó.
Levantó la mano y dio la seña para descansar.
Raymond y los soldados desmontaron con la rigidez de los hombres exhaustos, pero sin una sola queja.
Yo me quedé allí arriba un segundo, demasiado aturdida para moverme, preguntándome qué clase de lógica retorcida gobernaba la mente de este titán.
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