Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Capítulo 32 Un Regalo de Acero
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33: Capítulo 32: Un Regalo de Acero 33: Capítulo 32: Un Regalo de Acero Antes de que pudiera intentar bajar por mi cuenta y caer de bruces, humillándome sola ante la tropa, sentí sus manos de nuevo.
Me tomó de la cintura y, con la misma facilidad insultante de siempre, me levantó en el aire.
Me bajó de su enorme caballo como quien baja un saco de grano, sin esfuerzo, sin delicadeza, pero con una firmeza absoluta.
Mis botas tocaron la hierba crujiente por la helada.
Mis rodillas cedieron al instante, protestando por el cambio de gravedad, pero él no me soltó.
Me mantuvo pegada a su cuerpo un segundo más de lo necesario, usando el ancho de sus hombros y los pliegues de su pesada capa de viaje para crear un muro visual entre nosotros y los soldados que desmontaban a nuestras espaldas.
Entonces, sentí algo frío presionarse contra mi palma derecha.
Bajé la vista.
De entre los pliegues de su ropa, había sacado una daga.
No era una herramienta de comedor ni una joya decorativa.
Era una hoja de combate, corta, de plata brillante, con un mango de hueso envuelto en cuero curtido de alta calidad para asegurar el agarre.
Un arma hecha para matar en silencio y a corta distancia.
—Guárdala —susurró, inclinándose imperceptiblemente para que su voz grave no viajara más allá del espacio que compartíamos—.
En la bota o en el cinto, pero que no se vea.
Lo miré a los ojos, confundida, sintiendo el peso del metal en mi mano.
¿El secuestrador estaba armando a su rehén?
Vorden leyó la pregunta en mi rostro y torció el gesto.
—El derrumbe no fue natural —murmuró, mientras sus ojos escaneaban la línea de árboles lejana por encima de mi cabeza—.
Las rocas estaban demasiado limpias, la caída demasiado precisa.
Eso no era un deslave natural cielo, eso era sin duda alguna, un derrumbe provocado.
Estamos en tierras infestadas de bandidos y desertores de las guerras del sur.
Hizo una pausa, asegurándose de que entendiera la gravedad del error táctico que yo había deseado cometer minutos antes.
—Ese primer paraje, la planicie cercana a la cima…
—continuó, con una mueca de desprecio profesional—.
No solo parecía un lugar perfecto para descansar.
Era una caja de muerte.
Una sola entrada, sin salida trasera, rodeada de alturas.
Perfecto para una emboscada, una trampa perfecta, una invitación a descansar, pero con olor a muerte.
Si hubiéramos parado allí, la mitad de mis soldados hubieran sido degollados antes de encender el primer fuego.
Un escalofrío me recorrió la espalda, más intenso que el viento del norte.
Sin saberlo, había rogado por parar en lo que pudo ser mi propia tumba.
Apreté el mango de la daga con dedos temblorosos y, aprovechando la cobertura de su capa, me agaché rápidamente.
Deslicé la hoja dentro de mi bota derecha, sintiendo el frío del acero contra mi tobillo a través de la tela del pantalón.
Vorden asintió una vez, satisfecho.
Me soltó y dio un paso atrás, rompiendo la intimidad forzada del momento.
Su rostro cambió al instante, volviendo a la máscara de comandante impasible e intocable.
Se giró hacia el campamento improvisado, su voz alzándose para cortar el aire matutino con autoridad.
—¡Raymond!
Su segundo al mando estaba ajustando la cincha de su caballo, pero reaccionó al instante, trotando hacia nosotros con la mano descansando casualmente sobre el pomo de su espada.
—Señor.
—Que los hombres se alimenten rápido —ordenó Vorden, su tono seco y urgente, desprovisto de cualquier fatiga—.
Raciones secas y agua.
Nadie desensilla.
Nadie se quita la armadura y nadie se pone cómodo.
Raymond asintió, entendiendo al instante lo que no se decía.
Sus ojos se movieron rápidamente hacia el bosque que nos rodeaba, evaluando las sombras.
—¿Esperamos problemas, señor?
Vorden miró hacia la cresta de la montaña que acabábamos de cruzar, donde el sol empezaba a iluminar las rocas afiladas.
—Creo que en poco tiempo tendremos compañía —dijo—.
Nos han estado siguiendo desde el derrumbe, esperando a que cometiéramos el error de parar donde ellos querían.
No les dimos el gusto, así que tendrán que venir a buscarnos aquí.
Se giró hacia la tropa, que esperaba instrucciones.
—¡Quiero perímetros dobles!
—ladró Vorden—.
Los cinco de la guardia, al frente y retaguardia.
El resto, formen un círculo cerrado con los caballos.
Y quiero que nos encuentren con el acero en la mano, no con una cuchara.
El campamento estalló en una actividad silenciosa y frenética.
No hubo quejas por la falta de descanso.
Los soldados sacaron tiras de carne seca y cantimploras, comiendo de pie, con una mano en las riendas de sus monturas y la otra libre cerca de sus armas.
Los caballos, sintiendo la tensión de sus jinetes, piafaban y giraban las orejas nerviosos.
Los cinco encapuchados de élite se desvanecieron entre los árboles y las rocas circundantes como fantasmas, tomando posiciones de vigilancia.
Yo me quedé allí, sintiendo el peso de la daga en mi bota, observando cómo la maquinaria de guerra de Vorden se preparaba para la violencia.
El bosque estaba demasiado silencioso.
Ni un pájaro cantaba.
Solo se escuchaba el viento y el sonido metálico de veinte espadas siendo aflojadas en sus vainas, listas para ser desenvainadas al primer crujido de una rama.
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