Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 33 Ecos de Acero
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34: Capítulo 33: Ecos de Acero 34: Capítulo 33: Ecos de Acero La predicción de Vorden no tardó ni diez minutos en cumplirse.
El silencio del bosque se rompió no con un grito de guerra, sino con el crujido de ramas secas bajo botas descuidadas.
Nos rodeaban.
Podía ver sus siluetas moviéndose entre los troncos, sombras desordenadas que dudaban al ver que no estábamos durmiendo, sino formados en un círculo de acero erizado.
Habían perdido la sorpresa, pero la desesperación y la codicia los empujaron igual.
Vorden desenvainó su espada, una hoja bastarda de acero negro que parecía absorber la luz.
Su voz retumbó como un trueno, sacudiendo la escarcha de los árboles.
—¡Hoy nadie cae!
¡Hoy nadie muere!
—rugió, una orden absoluta que desafiaba al destino.
La respuesta de sus hombres fue un solo grito, unísono y aterrador: —¡SÍ, COMANDANTE!
Los bandidos, al ver que habían sido detectados, abandonaron el sigilo.
Uno de ellos, un hombre con la ropa hecha jirones y los ojos desorbitados por alguna droga o la locura del hambre, se adelantó corriendo, gritando incoherencias con un hacha oxidada en alto.
No llegó ni a cinco pasos de nuestra línea.
De la nada, como si se hubiera materializado de la corteza de un pino, uno de los encapuchados de élite surgió en su trayectoria.
Fue un movimiento fluido, casi perezoso.
Un destello de metal, un giro de muñeca.
La garganta del bandido se abrió en una cascada roja.
El encapuchado ni siquiera se detuvo a ver caer el cuerpo; simplemente se fundió de nuevo en la espesura antes de que el cadáver tocara el suelo.
El resto de los bandidos vaciló un instante, horrorizados, pero el impulso de la masa ya era imparable.
Se lanzaron al ataque.
El choque del acero resonó por toda la montaña, un estruendo metálico cuyos ecos rebotaron en el valle.
La batalla se convirtió en un caos inmediato.
Los bandidos atacaban sin orden, una marea de violencia desesperada que llegaba de todas direcciones.
Pero la formación de Vorden era una roca en medio de la corriente.
Vi al Titán adelantarse, rompiendo la línea defensiva para convertirse en una ofensiva de un solo hombre.
Vorden no peleaba; aplastaba.
Cada golpe de su espada partía escudos y huesos por igual.
Se movía con una brutalidad eficiente, un molino de muerte que abría camino a través de la carne enemiga.
Yo me había quedado cerca de los caballos, con la daga en la mano, intentando no ser pisoteada.
De repente, un brazo grueso y maloliente me rodeó el cuello desde atrás, levantándome del suelo.
El olor a sudor rancio y cuero podrido me llenó la nariz.
—Serás un lindo trofeo, preciosa —siseó una voz húmeda en mi oído, mientras una mano callosa me tapaba la boca para ahogar mis gritos—.
Nos divertiremos mucho esta noche contigo.
El pánico inicial dio paso a una furia fría.
No soy una presa.
Abrí la boca todo lo que la mano del bandido me permitió y, con un movimiento salvaje de cabeza, cerré las mandíbulas.
Sentí mis dientes atravesar piel y cartílago.
Mi colmillo de plata, más afilado que el resto, actuó como una navaja, rasgando hasta el hueso.
El bandido aulló de dolor, retirando la mano instintivamente.
Escupí el dedo cercenado al suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre ajena en mi lengua.
Antes de que él pudiera reaccionar, me giré.
Aprovechando su confusión y el hueco en su defensa, Utilice la daga que Vorden me había dado y, con un grito de esfuerzo, la clavé en un ataque frontal directo a su cuello, justo por encima de la clavícula.
El hombre gorgoteó, sus ojos vidriosos de sorpresa, y se desplomó pesadamente.
Me quedé allí, jadeando, con la daga manchada en la mano.
—¡Elfa!
La voz de Raymond cortó el ruido de la batalla.
Lo vi a unos metros, acabando con un oponente de una estocada limpia.
Me miró, evaluando la situación en una fracción de segundo.
—¡Necesitarás más espacio!
—gritó.
Lanzó una espada corta que había tomado del suelo, haciéndola girar en el aire hacia mí.
Guarde la daga en el cinturón y atrapé la espada por la empuñadura.
El peso era familiar.
Las horas de entrenamiento, los moretones, los insultos de Raymond…
todo encajó en mi cuerpo.
Alcé la vista y vi a Vorden a lo lejos.
Había visto el lanzamiento.
Por un segundo, nuestros ojos se cruzaron mientras él partía a un hombre en dos.
Asintió, un gesto breve y seco de aprobación, antes de volver a la masacre.
No tuve tiempo de sentir orgullo.
Tres bandidos más, viendo caer a su compañero, se abalanzaron sobre mí, pensando que era el eslabón débil.
Grave error.
Aun la rata callejera, sabia defenderse sola, pero yo.
Yo ya no era la misma chica del callejón.
Me moví.
Desvié el primer tajo torpe con la hoja, girando sobre mis talones como Raymond me había enseñado.
Juego de pies.
Equilibrio.
Aproveché el impulso del bandido para cortarle el tendón de la pierna y rematarlo cuando cayó.
El segundo dudó.
Yo no.
Ataqué primero, una estocada al estómago que entró y salió antes de que él pudiera levantar su garrote.
El tercero intentó huir, pero tropezó con el cadáver del hombre al que le había arrancado el dedo, y mi espada encontró su espalda.
Con cuatro muertos a mis pies, tuve un momento para respirar y mirar a mi alrededor.
Lo que vi fue arte y carnicería.
Los soldados de Vorden eran eficientes, muros de escudos y lanzas que no cedían terreno.
Pero lo que realmente helaba la sangre eran los cinco encapuchados.
Eran sombras vivientes.
Entraban y salían de la vegetación y de la línea de visión como espectros.
No chocaban espadas; simplemente aparecían donde el enemigo estaba expuesto, daban un golpe letal en un punto vital —ojos, garganta, arterias femorales— y desaparecían de nuevo antes de que el cuerpo tocara el suelo.
No fallaban.
No perdonaban.
Eran la muerte quirúrgica en medio de una pelea de bar.
La moral de los bandidos se quebró.
Lo que creían que sería un asalto rápido se había convertido en su ejecución.
Un puñado de ellos, los más inteligentes o los más cobardes, soltaron las armas y huyeron despavoridos hacia la espesura, prefiriendo enfrentarse al frío del norte que a los demonios de Vorden.
El resto yacía muerto o agonizante en la nieve teñida de rojo.
El silencio volvió a caer sobre la montaña, roto solo por los jadeos y el relincho nervioso de algún caballo.
Vorden limpió su espada negra con un trapo que sacó de su cinto y miró a su alrededor, contando cabezas.
—¡Reporte!
—ladró.
—¡Sin bajas, señor!
—respondió Raymond, limpiando su propia hoja.
—¡Sin heridos graves!
—añadió otro soldado.
Vorden envainó su arma con un chasquido metálico y luego sus ojos se posaron en mí, en mi boca manchada de sangre y en los cadáveres a mis pies.
No sonrió, pero la tensión en sus hombros disminuyó visiblemente.
Habíamos sobrevivido.
Y por primera vez, yo no había sido una carga.
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