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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Capítulo 34 El Bautismo de Sangre
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35: Capítulo 34: El Bautismo de Sangre 35: Capítulo 34: El Bautismo de Sangre El silencio tras la batalla no duró mucho.

—¡A limpiar!

—bramó Vorden, envainando su espada con un movimiento seco.

—¡Sí, señor!

—respondió el batallón al unísono, como si la carnicería que acababa de ocurrir fuera parte de una rutina de limpieza doméstica.

La eficiencia de sus hombres era macabra.

En cuestión de minutos, los cadáveres de los bandidos fueron despojados de cualquier arma útil y arrastrados al centro del claro.

Los apilaron uno sobre otro, formando una montaña grotesca de extremidades retorcidas y ropa sucia.

—Quémenlos —ordenó el Titán, sin mirar atrás.

Las antorchas volaron sobre la pila.

El fuego prendió rápido, alimentado por la grasa y las telas secas.

Dejamos atrás la columna de humo negro y el olor penetrante de la carne quemada, cabalgando un par de kilómetros más hasta encontrar un refugio natural bajo un saliente de roca que nos protegía del viento.

Ahora sí, era momento de descansar de verdad.

El batallón desmontó.

El aire se relajó por primera vez en horas.

—Raymond —dijo Vorden, quitándose los guanteletes de acero—, dales vino.

Que mantengan la moral alta.

Se lo ganaron.

El segundo al mando asintió y se dirigió a su caballo.

De unas pesadas alforjas sacó varias botas de cuero enormes, repletas de vino especiado.

Las lanzó a los soldados, que las atraparon entre risas y vítores.

Las botas de vino pasaron de mano en mano.

El ambiente se llenó de fanfarronadas.

—¡Le partí el cráneo a dos antes de que tocaran el suelo!

—gritaba uno.

—¡Bah!

Yo conté cuatro —reía otro, limpiándose la sangre seca de la mejilla.

Sin embargo, en el perímetro del campamento, la escena era muy distinta.

Los cinco de la élite, los encapuchados, no participaban en la celebración.

Se habían quitado las máscaras para comer, revelando rostros inexpresivos y llenos de cicatrices, pero no bebían vino.

Solo agua.

Comían raciones secas en silencio, con movimientos económicos, sin mirarse entre ellos ni buscar la camaradería del resto.

Su disciplina era absoluta, casi inhumana.

Aterradora.

Yo estaba sentada sobre una raíz, limpiando la sangre de mi espada prestada, cuando vi una sombra inmensa caer sobre mí.

Vorden y Raymond se acercaron.

El Titán me miró desde arriba.

No había calidez en sus ojos, pero tampoco el desprecio habitual.

Había algo nuevo.

Una evaluación fría y aprobatoria.

—La entrenaste bien —le dijo a Raymond, sin dejar de mirarme.

—Como lo ordenó, comandante —respondió Raymond con una leve inclinación de cabeza—.

Tiene instinto.

Y dientes.

Vorden asintió lentamente.

—Aldariel se ha ganado nuestro respeto hoy —anunció el Titán, su voz lo suficientemente alta para que los soldados cercanos dejaran de beber y prestaran atención—.

Dejó de ser carga para ser acero.

Se volvió hacia su capitán.

—Raymond, a partir de este momento, ni tú ni tu ejército se volverán a referir a ella solo como “elfa” o “la chica”.

Hubo una pausa.

El crepitar de la hoguera fue el único sonido.

—A partir de ahora —continuó Vorden, clavando sus ojos oscuros en los míos—, usarán su nombre de batalla.

Colmillo de Plata.

—Sí, señor —respondió Raymond al instante, con un tono solemne.

Varios soldados levantaron sus botas de vino en mi dirección, brindando en silencio por el nuevo título.

Yo solté una risa corta, incrédula, pasándome la lengua por el diente metálico.

—¿Colmillo de Plata?

—arqueé una ceja, mirando a Vorden—.

Qué sutil.

Vorden se cruzó de brazos, una torre de músculo y armadura negra.

—Ese es el punto, Cielo.

Nuestros enemigos contarán historias sobre la asesina del Colmillo de Plata antes de que siquiera te vean.

Un nombre de batalla debe infundir miedo, no ternura.

La sutileza se la dejamos a los poetas muertos.

Me puse de pie, enfrentándolo, aunque tenía que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.

—Entonces no me llames “Cielo” —repliqué, cruzándome de brazos igual que él—.

Si soy una asesina que infunde miedo, ten un poco de coherencia.

Vorden soltó un resoplido que podría haber sido una risa ahogada.

Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su rostro quedó a centímetros del mío.

—Yo te llamaré como quiera, Cielo —susurró, con esa arrogancia que hacía que me hirviera la sangre—.

Porque yo no te tengo miedo.

Se enderezó y se dio la vuelta, dando por terminada la discusión.

—Pero para el batallón, eres Colmillo de Plata.

Acostúmbrate.

Comenzó a caminar hacia donde estaban sus oficiales.

—Ahora come y descansa —ordenó por encima del hombro—.

En unas horas seguiremos avanzando.

El norte no espera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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