Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 37
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Capítulo 37: Capítulo 36: El comandante
No dijo nada al principio. Solo entró, ocupando el espacio como una tormenta que se cierra sobre un valle. Su armadura estaba salpicada de sangre ajena, su capa rasgada en un hombro.
Sus ojos, oscuros y dilatados, me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos desnudos, en las gotas de agua que resbalaban por mi vientre. No había sorpresa en su mirada. Solo hambre. Una promesa cruda y sin filtros.
—Tu olor me atrajo —gruñó, su voz baja y ronca, como si las palabras le costaran esfuerzo—. Hueles a perra en celo, Cielo. A sangre y deseo. No pude resistirme.
Sus palabras fueron un golpe directo a mi orgullo, pero en lugar de enfurecerme, avivaron el fuego que ya ardía en mí. No lo corrí. Al contrario, sentí un cálculo frío formarse en mi mente: lo usaría, lo disfrutaría, y luego le recordaría quién era el colmillo de plata.
Lo invité con una mirada desafiante, dejando caer la cantimplora al suelo. Me enderecé, exponiendo mi torso desnudo sin vergüenza, y arqueé una ceja.
—¿Disfrutas la vista, Vorden? —pregunté, mi voz ronca por la excitación, un desafío envuelto en seda rota—. ¿O solo vienes a mirar?
Él soltó una risa baja, retumbante, que vibró en el aire confinado. Dio un paso adelante, ignorando la daga que aún sostenía.
—No vine a mirar —murmuró, su voz como grava triturada—. Vine a reclamar lo que es mío.
Acortó la distancia en un parpadeo. Su mano, grande y callosa, se cerró alrededor de mi muñeca, torciéndola hasta que la daga cayó al suelo con un tintineo.
No fue suave. Dolió, un dolor agudo que envió una chispa directa a mi núcleo. Me empujó contra la pared de roca irregular, mi espalda raspando la piedra fría y áspera. Su cuerpo me aplastó, una muralla de músculo y acero que me robaba el aliento.
Mi cuerpo, maldito sea, respondía a su rudeza: mis pezones se endurecían contra su coraza, mi entrepierna se humedecía con una traición ardiente.
Lo odiaba. Lo deseaba.
Me besó entonces, no con ternura, sino con violencia. Su boca se estrelló contra la mía, nuestros dientes chocando, su lengua invadiendo sin permiso. Sabía a sal y a metal, y cuando mi diente de plata rozó el suyo de hueso, soltó un gruñido gutural que me hizo arquearme contra él.
Sus manos bajaron, agarrando mis pechos con fuerza, pellizcando los pezones hasta que grité en su boca. El dolor era exquisito, un fuego que se extendía por mi vientre, avivando la excitación que la batalla había encendido.
—Dime que pare y te dejare tranquila cielo —desafió, apartándose lo justo para mirarme, sus ojos negros devorándome—. Dilo y me voy…No lo dije.
En cambio, lo besé de vuelta, mordiendo su labio inferior hasta sacarle un poco de sangre. El sabor cobrizo estalló en mi lengua, y él rugió, empujándome más fuerte contra la roca. Sus caderas se clavaron en las mías, dejándome sentir la dureza masiva de su erección a través de los pantalones. Era enorme, como el resto de él.
Me levantó del suelo con una mano, mis piernas envolviéndose instintivamente alrededor de su cintura. Con la otra, rasgó mis pantalones de un tirón brutal, la tela cediendo con un sonido desgarrado. El aire frío golpeó mi piel expuesta, pero no importó. Estaba ardiendo, palpitando con necesidad.
Sus dedos, ásperos y exigentes, bajaron entre nosotros, encontrando mi entrada empapada. Me penetró con dos de golpe, sin preliminares, estirándome con rudeza. El estiramiento fue delicioso, doloroso, perfecto.
—Mierda, que apretada estas cielo—gruñó, bombeando dentro de mí, su pulgar presionando mi clítoris hinchado con círculos ásperos—. Tan mojada para mí. Tan lista. La batalla te puso así, ¿verdad? Caliente y desesperada.
Gemí, mis uñas clavándose en su nuca, tirando de su cabello mientras sus dedos me invadían, curvándose para golpear ese punto profundo que me hacía ver estrellas. El placer era crudo, sucio, mezclado con el dolor de la roca raspando mi espalda, de sus dedos abriéndome sin piedad.
Me mordió el cuello, dejando marcas que dolerían mañana, chupando la piel hasta que sentí el moretón formándose.
—Vorden… —jadeé, mi voz rompiéndose. Estaba cerca, el orgasmo construyéndose como una ola inevitable, alimentado por el eco de la batalla en mis venas.
—No —gruñó, retirando sus dedos de golpe, dejándome vacía y frustrada, el borde del clímax escapándose como arena entre mis dedos.
Me bajó al suelo, girándome con brusquedad para que quedara de espaldas a él, mis manos apoyadas en la pared rocosa y el trasero expuesto.
—No digas mi nombre, háblame como es debido. Dime “comandante”.
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