Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 38
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Capítulo 38: Capítulo 37: Estamos a mano
Vorden me empujó hacia adelante, mis pechos aplastados contra la piedra fría. Escuché el sonido de su cinturón desabrochándose, de la tela bajando. Luego, sentí la cabeza de su verga, gruesa y caliente, presionando contra mi vagina empapada. Era enorme, y por un segundo, el miedo se mezcló con el deseo.
—Dilo —exigió, agarrando mis caderas con fuerza, sus dedos clavándose en mi carne, dejando moretones que sentiría por días.
—Si, mi comandante —Respondí.
Eso fue suficiente.
Lo dije no por sumisión, sino porque lo necesitaba dentro de mí, porque no sabía que lo necesitaba de nuevo dentro de mi…bajo mis términos…lo dije porque el cálculo en mi mente exigía que lo dejara exhausto.
Entró en mí de un solo empujón brutal, estirándome hasta el límite. Grité, un sonido ahogado entre placer y dolor, mi cuerpo ajustándose a su tamaño inhumano.
Era rudo, sin piedad, embistiendo profundo y rápido, como si quisiera romperme. Cada golpe me empujaba contra la roca, raspando mis pezones endurecidos, enviando ondas de fuego por mi espina dorsal.
Su mano subió a mi cabello, tirando de él para arquear mi espalda, exponiendo mi cuello para que lo mordiera de nuevo.
—Esto es lo que quieres —gruñó en mi oído, su ritmo seguía siendo implacable, sus caderas chocando contra mi trasero con sonidos obscenos y húmedos—. Ser cogida como la guerrera que eres. Dura. Sucia. Como la perra en celo que eres.
Sí. Dioses, sí. El placer era abrumador, su verga golpeando ese punto profundo una y otra vez, construyendo el clímax hasta que mis piernas temblaron. Su otra mano bajó entre mis muslos, frotando mi clítoris con rudeza, sin delicadeza, solo presión cruda que me hacía gemir incontrolablemente.
—Vente para mí —ordenó, su voz rompiéndose por primera vez, su control resquebrajándose mientras sus embestidas se volvían erráticas.
El orgasmo me golpeó como un puñetazo, un estallido blanco y cegador que me hizo contraerme alrededor de él, mi cuerpo convulsionando en espasmos violentos. Grité su nombre — Vorden— y él rugió, embistiendo más fuerte, más profundo, hasta que sentí su liberación caliente y abundante dentro de mí.
Nos quedamos allí, jadeando, su peso aún sobre mí. El sudor nos pegaba juntos, la suciedad de la batalla mezclándose con el olor del sexo.
Se separó de mí con un gruñido bajo, cayendo de rodillas al suelo sucio, recuperando el aliento con respiraciones pesadas. Su pecho subía y bajaba, vulnerable por un momento, el titán reducido a un hombre exhausto.
Me giré lentamente, mis piernas temblando, y lo miré desde arriba. Su cabello revuelto, empapado en sudor, caía sobre su frente.
Extendí las manos y las posé en sus sienes, enredando mis dedos en sus mechones oscuros. Él cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia mi toque, disfrutando la caricia con un suspiro ronco, como si esa suavidad post batalla fuera un bálsamo raro.
Pero no era ternura lo que sentía. Era cálculo.
En un movimiento rápido y brutal, me aferré con fuerza a su cabello, tirando con toda mi rabia acumulada. Brinqué, usando su cabeza como apoyo, y le clavé la rodilla directo en la nariz.
El impacto fue crujiente, un eco del golpe que él me había dado en el callejón. Su cabeza rebotó hacia atrás, sangre brotando de su nariz partida, y cayó al suelo con un golpe pesado, aturdido, su rostro se volvió una máscara roja de sorpresa y dolor.
Me vestí como pude, ajustando los pantalones rasgados con manos temblorosas, ignorando el ardor entre mis piernas, la calidez pegajosa que se escurría por mis muslos y la punzada de dolor en mi rodilla.
Me paré junto a él, mirándolo desde arriba.
—Estamos a mano, comandante —escupí, mi voz fría como el acero de mi diente—. Ya puedes tratarme como un soldado más y no como tu propiedad, no soy tu perra.
No esperé su respuesta. Salí de la cueva, dejando atrás el olor a sexo y sangre fresca.
El campamento seguía riendo y bebiendo. Nadie notó lo que acababa de pasar. Nadie vio el moretón que se formaría en mi espalda. Era solo otra sombra en la noche, otro secreto entre el titán y yo.
Al final, mi mirada se posó en la fogata central. Ahí, sentado con seriedad entre la celebración, vi a Raymond.
Su mirada estaba fija en mí, inquebrantable, como si supiera exactamente qué había ocurrido en la oscuridad.
No aparté la vista. Le sostuve la mirada con una frialdad nueva, desafiante. Después de romperle la nariz a un Titán y sobrevivir a su cama, sostenerle la mirada a un hombre, por muy letal que fuera, me parecía un juego de niños.
El relincho agudo de uno de los destreros rompió el trance, un recordatorio brutal del viaje que aún no terminaba.
El Norte no esperaría por nosotros. Pero el Norte ya no recibiría solo a la frágil elfa marcada por el Titán mestizo. Llegaría como Colmillo de Plata.
Caminé hacia mi lugar sabiendo una sola verdad: ahora llevaba su marca en cada centímetro de mi cuerpo roto y reclamado, sí. Pero él llevaría la mía.
Su rostro sanaría, pero la cicatriz quedaría. Un recordatorio eterno de la elfa que no pudo domesticar.
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