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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 39

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Capítulo 39: Capítulo 38: La Cicatriz Blanca

El amanecer en la montaña no trajo calidez, solo una luz gris que revelaba la crudeza del paisaje.

Salí de la bolsa de dormir sacudiendo la tierra de mi ropa, con el cuerpo dolorido, pero extrañamente vivo. Los soldados ya estaban en movimiento, apagando las brasas y revisando las cinchas.

Busqué a Vorden con la mirada.

Estaba junto a su caballo negro, ajustando una correa. Me acerque hacia su posición. Cuando se giró hacia mí, esperé ver la hinchazón morada y grotesca de una nariz rota, la prueba visible de mi rebelión.

Pero no había nada de eso.

Su nariz estaba recta. La hinchazón había desaparecido por completo. Lo único que quedaba era una línea fina y blanca, una cicatriz pálida que cruzaba el puente de su nariz como un relámpago congelado.

Me toqué inconscientemente la mano que él había sanado días atrás. Magia, pensé. El bastardo usó su poder para borrar el daño, pero dejó la marca. No la borró por vanidad; la dejó como un recordatorio. Para él. Y para mí.

Raymond se acercó a nosotros, con el mapa enrollado bajo el brazo y la eficiencia habitual en su postura.

—Todo listo, mi comandante —informó, su aliento formando nubes en el aire—. Podemos continuar. Hay un fuerte que conquistamos hace tiempo, unos cincuenta kilómetros más adelante, cruzando el valle. Debería haber una guarnición de nuestros soldados ahí.

Miró a los caballos, que resoplaban cansados.

—Es el lugar perfecto para la siguiente parada, señor. Si no queremos matar de esfuerzo a las bestias antes de llegar al hielo profundo.

Al terminar la frase, los ojos de Raymond se desviaron. Se quedaron fijos en el rostro de Vorden, atrapados por la nueva línea blanca que partía su facción más prominente. Raymond sabía pelear; sabía reconocer una nariz quebrada y sanada mágicamente. Su ceño se frunció levemente, una pregunta silenciosa que no se atrevió a formular.

Vorden ignoró el escrutinio de su capitán. Simplemente señaló en mi dirección con un movimiento de cabeza.

—Dale uno de los caballos de repuesto —ordenó el Titán, su voz tranquila, sin rastro del conflicto de la noche anterior.

Raymond parpadeó, sorprendido, pero su disciplina militar se impuso.

—¿Señor?

—Ya me oíste.

Vorden caminó hacia mí, deteniéndose a un paso. Me miró desde su altura, y sus ojos oscuros brillaron al rozar la cicatriz blanca en su propia nariz.

—Te ganaste tu propia silla, Cielo —dijo, y por primera vez, el apodo no sonó a burla, sino a reconocimiento.

Se inclinó ligeramente, bajando la voz para que solo yo y la sombra de Raymond escucháramos la advertencia.

—Pero escúchame bien. Intenta huir, intenta girar las riendas hacia el sur, y mi lanza le partirá las patas a tu montura antes de que recorras cien metros. Caerás, y te arrastraré el resto del camino.

Se irguió de nuevo, volviendo a ser el comandante intocable.

—Hoy cabalgarás junto a nosotros. No como carga. Sino por lealtad y voluntad. ¿Entendido?

Sostuve su mirada. Podía sentir el acero de la daga en mi bota y el recuerdo de su cuerpo contra el mío en la cueva. El miedo se había ido. Lo que quedaba era un juego peligroso que empezaba a entender.

Me cuadré ligeramente, imitando la postura militar que había visto en sus hombres.

—Sí, mi comandante —respondí, con voz firme y clara.

Vorden sonrió de medio lado, una mueca lobuna que hizo resaltar la cicatriz.

Raymond nos miró a los dos, alternando la vista entre el gigante marcado y la elfa que respondía como un soldado. La confusión era evidente en su rostro curtido; intentaba procesar la nueva dinámica, intentaba entender qué clase de pacto se había sellado con sangre y huesos rotos en la oscuridad de la cueva.

Pero no preguntó.

—Tráele el caballo —repitió Vorden, dándonos la espalda para montar a su bestia negra.

El viaje al Norte continuaba. Pero la jaula había cambiado. Ahora, los barrotes eran invisibles.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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