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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Capítulo 3 Sábanas de Seda y Sangre
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4: Capítulo 3: Sábanas de Seda y Sangre 4: Capítulo 3: Sábanas de Seda y Sangre El dolor fue lo primero que me saludó, un latido sordo y constante detrás de mis ojos que se sincronizaba con el crujido de un fuego cercano.

No estaba muerta.

Lo cual era sorprendente.

Tampoco estaba en el suelo frío de un bosque o en la celda de una prisión húmeda.

Abrí los ojos, pero mi visión periférica estaba bloqueada.

Me llevé la mano a la cara y mis dedos rozaron la tela áspera de vendas de lino.

Mi nariz estaba inmovilizada, mi mandíbula dolía como si me hubiera pateado una mula, y mi boca sabía a hierbas medicinales amargas en lugar de sangre.

Me incorporé de golpe, ignorando el mareo que hizo que la habitación de piedra gris oscilara.

Estaba en una cama enorme, hundida entre colchones de plumas y sábanas de un hilo tan fino que costaba más que mi vida entera.

Pero entonces, sentí el roce.

O mejor dicho, la ausencia de peso.

Bajé la vista.

Mi armadura de cuero endurecido había desaparecido.

Mis botas, mis pantalones con las dagas ocultas, mi túnica manchada de sangre y sudor…

todo se había ido.

En su lugar, llevaba una camisa de lino negra.

Era enorme.

Las mangas me colgaban más allá de las manos y el dobladillo me llegaba a medio muslo.

Olía a jabón caro, a humo de leña y a él.

El aire se atascó en mis pulmones heridos.

Me toqué el pecho, sintiendo la tela suave sobre mi piel desnuda.

No llevaba ropa interior.

Nada.

Solo esta camisa que me tragaba entera.

El calor subió por mi cuello, una llamarada de vergüenza y rabia que no tenía nada que ver con la fiebre.

Me desnudó.

La imagen mental me golpeó con la fuerza de una bofetada: yo, inconsciente, un peso muerto y vulnerable, y él…

quitándome las botas.

Desabrochando las hebillas de mi armadura.

Deslizando los pantalones por mis piernas.

Sus manos.

Esas manos grandes, letales y callosas que me habían roto la cara, habían recorrido cada centímetro de mi piel para quitarme la ropa sucia.

Me abracé a mí misma, sintiendo una náusea que no venía del golpe en la cabeza.

Era una invasión.

Una demostración de poder absoluto.

Él me había visto.

Había visto la cicatriz plateada que cruzaba mis costillas, la marca de nacimiento en mi cadera, la palidez de mis muslos.

¿Me había mirado con esa misma indiferencia fría mientras yo estaba desnuda?

¿O se había tomado su tiempo?

La idea de sus dedos rozando mi piel indefensa hizo que se me erizaran los pezones contra la tela áspera, y odié a mi cuerpo por esa traición.

Odié que, bajo la humillación de saber que me había manipulado como a una muñeca, hubiera una chispa oscura y retorcida de calor en mi vientre bajo.

—Veo que estás despierta.

La voz vino desde la sombra junto a la chimenea.

Me giré tan rápido que el cuello me crujió.

Él estaba allí, apoyado contra la piedra, con un vaso de licor ámbar en la mano y una pierna estirada con esa elegancia perezosa de los depredadores que saben que no tienen nada que temer.

Me miró.

Sus ojos recorrieron la camisa negra —su camisa, me di cuenta con horror— y se detuvieron en mis piernas desnudas.

Me subí las sábanas hasta la barbilla, temblando de pura ira.

—¿Dónde está mi ropa?

—exigí, aunque mi voz salió nasal y amortiguada por las vendas.

—Quemada —respondió con sencillez, tomando un sorbo de su bebida—.

Estaba cubierta de sangre y mugre.

Arruinaba la estética de mis sábanas.

—Tú…

—La palabra se ahogó en mi garganta—.

¿Tú me cambiaste?

Él arqueó una ceja, una sonrisa burlona tirando de la comisura de sus labios.

—No tengo doncellas aquí, elfa.

Y créeme, no fue una experiencia tan mística como te imaginas.

Pesas cuando estás inconsciente y tienes más cuchillos escondidos que sentido común.

Dio un paso hacia la luz del fuego, y el brillo de las llamas iluminó la curva de su mandíbula.

—Deberías relajarte —murmuró, su voz bajando una octava, volviéndose ronca—.

Si hubiera querido hacerte algo más que limpiarte…

no te habrías despertado en una cama.

—No me hables de estética —siseé, ignorando el ardor en mi garganta—.

Y no cambies de tema.

Dijiste que eras tú quien me cazaba.

Dijiste que yo era tu presa.

Me obligué a sostener su mirada, aunque cada instinto de supervivencia en mi cuerpo gritaba que bajara los ojos.

Él era la tormenta y yo estaba parada en medio del campo abierto sin pararrayos.

—Si soy tu presa —continué, mi voz ganando fuerza, afilándose—, ¿por qué estoy en sábanas de seda y no encadenada en una mazmorra húmeda?

¿Por qué curaste mis heridas en lugar de dejarme desangrar?

Él dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un clic suave y deliberado que sonó como un disparo en el silencio de la habitación.

—Tienes muchas preguntas para alguien que apenas puede mantenerse sentada sin marearse.

Se apartó del fuego y caminó hacia la cama.

No se apresuró.

Cada paso era depredador, fluido, la gracia letal de un animal que sabe que no hay salida de la jaula.

Me encogí contra la cabecera, subiendo las rodillas al pecho, tratando de poner una barrera física entre nosotros.

La camisa se deslizó por mi muslo, dejando demasiada piel expuesta al aire frío.

Sus ojos siguieron el movimiento, oscureciéndose, antes de volver a mi cara vendada.

Se inclinó sobre mí, apoyando las manos en el colchón, una a cada lado de mis caderas, atrapándome.

El aroma a licor y madera quemada me envolvió, embriagador y aterrador a la vez.

—Estás aquí porque muerta no me sirves de nada —dijo en voz baja, cada palabra enunciada con una precisión cruel—.

Y estás en mi cama porque es el único lugar en este maldito castillo donde puedo vigilarte sin que mis propios guardias intenten cortarte la garganta mientras duermo.

Mi corazón martilleó contra mis costillas, un tambor de guerra frenético.

—¿Tus guardias?

—repetí, aturdida.

—Mi gente tiene órdenes de matar a cualquier elfo que cruce el perímetro.

—Su rostro estaba tan cerca que sentí el calor irradiando de su piel—.

Tú eres la excepción.

Pero solo porque yo lo digo.

—¿Y por qué?

—Le desafié, levantando la barbilla a pesar del dolor punzante en mi nariz—.

¿Qué tengo yo que me hace tan especial para el gran cazador?

Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.

No llegó a sus ojos.

—No eres especial, Cielo.

Eres una llave.

Levantó una mano y, por un segundo, pensé que me golpearía de nuevo.

Me estremecí, mis músculos tensándose para recibir el impacto.

Pero él solo agarró un mechón de mi cabello castaño, enrollándolo alrededor de su dedo enguantado con una suavidad que resultaba más inquietante que la violencia.

—Tu sangre…

tu linaje…

—Tiró suavemente del cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo mi cuello—.

Tienes acceso a lugares que yo no puedo pisar.

Magia que mis sombras no pueden romper.

Se inclinó más, sus labios rozando la concha de mi oreja, enviando una descarga de electricidad directa a mi vientre bajo que me hizo jadear.

—Te salvé porque te necesito para abrir una puerta —susurró contra mi piel—.

Y hasta que esa puerta esté abierta, me perteneces.

Tu vida, tu aliento, esa boca insolente…

todo es mío.

Así que acostúmbrate a las sábanas de seda, elfa.

Porque no vas a ir a ninguna parte hasta que yo obtenga lo que quiero.

Se apartó antes de que pudiera responder, dejándome fría y temblando, no de miedo, sino de una reacción visceral y traicionera que mi cuerpo insistía en llamar deseo.

—Descansa —ordenó, dándome la espalda y caminando hacia la puerta—.

Mañana empezamos el entrenamiento.

Si vas a ser mi llave, necesito asegurarme de que no te rompas tan fácil la próxima vez.

La puerta se cerró con un golpe seco, dejándome sola con el fuego, el dolor, y la terrible certeza de que el hombre que me había roto la cara era ahora lo único que se interponía entre mí y la muerte.

Y dioses ayúdenme…

quería que volviera a entrar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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