Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 40
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Capítulo 40: Capítulo 39: La Sombra del Fuerte
Tener las riendas en mis propias manos se sentía extraño.
Después de días siendo un fardo pegado al pecho de Vorden, la soledad en la silla de montar era vertiginosa. El caballo que me habían asignado era una bestia de guerra, un animal robusto de pelaje grisáceo que respondía al más leve toque de mis talones con una obediencia entrenada.
No había brazos de acero rodeándome. No había calor irradiando de una armadura negra contra mi espalda. Solo el viento helado del norte golpeándome la cara y el camino de piedra y escarcha extendiéndose ante nosotros.
Vorden no miró atrás.
En una demostración de confianza —o de arrogancia absoluta— espoleó a su enorme destrero negro y se adelantó a la vanguardia. Cabalgaba solo, una silueta imponente recortada contra el cielo plomizo, abriendo paso como la punta de una lanza, dejándome sin escolta en el centro de la columna.
Sabía que no necesitaba vigilarme. Su amenaza sobre las patas de mi caballo seguía resonando en mis oídos, y la línea blanca en su nariz era un recordatorio constante de que nuestra tregua pendía de un hilo muy fino.
El hueco a mi lado no tardó en llenarse.
Raymond se emparejó conmigo. Su caballo trotó al mismo ritmo que el mío con facilidad. El segundo al mando no me miró al principio; mantenía la vista en el horizonte, como si solo estuviera comprobando la formación.
—Parece que te acostumbras a la marca del Titán… —comentó, su voz apenas audible sobre el sonido de los cascos.
No era una pregunta. Había un matiz en su tono que me hizo apretar los dientes. ¿Burla? ¿Curiosidad? ¿O simplemente estaba señalando lo obvio: que yo, la elfa rebelde, ahora cabalgaba vestida con sus ropas, ¿armada con su acero y bajo su estandarte?
Giré la cabeza, fulminándolo con la mirada. La furia, fría y afilada, burbujeó en mi pecho.
—Sobrevivo —respondí, escupiendo la palabra como si fuera veneno—. Es más fácil viajar como soldado que como su esclava arrastrada.
Raymond giró el rostro hacia mí. Sus ojos escanearon mi postura, la forma en que mis manos sujetaban las riendas con nudillos blancos, la tensión en mi mandíbula. Asintió lentamente, una concesión silenciosa a mi pragmatismo.
—Si tú lo dices —respondió, encogiéndose de hombros.
No presionó más. Tiró ligeramente de las riendas y se alejó un poco, dándome espacio de nuevo, pero manteniéndose en mi perímetro visual.
Miré hacia atrás por encima del hombro.
La retaguardia estaba cerrada por los cinco encapuchados de élite. Cabalgaban en silencio, sin hablar entre ellos, envueltos en sus capas negras que parecían absorber la luz. No me miraban directamente, pero sentía su atención. Eran sombras con espadas. Si intentaba girar mi caballo, ellos serían el muro contra el que me estrellaría.
Sin embargo, nadie parecía particularmente preocupado. La tensión de la batalla anterior se había disipado, reemplazada por la monotonía de la marcha. El camino era largo, serpenteando entre valles de roca gris y árboles que se volvían más escasos a cada kilómetro.
Cabalgamos durante horas, hasta que el sol comenzó a descender, pintando las nubes de un violeta amoratado.
—¡A la vista! —gritó uno de los soldados de vanguardia.
Alcé la vista.
A lo lejos, encaramado sobre un promontorio de roca negra que dominaba el valle, se alzaba el viejo fuerte.
No era una ruina, pero tampoco un palacio. Era una estructura brutalista de piedra oscura, con murallas altas y torres que parecían colmillos apuntando al cielo. Banderas negras con el dragón de ónice ondeaban perezosamente en las almenas, marcando el territorio conquistado.
Vorden detuvo su caballo en la cima de una loma, observando su fortaleza. Desde mi posición, vi cómo su espalda se enderezaba aún más.
Era un lugar hecho para la guerra, frío e inexpugnable. Y por esta noche, sería nuestra jaula
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