Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capítulo 40: El Titan
El ascenso hacia el fuerte fue silencioso, pero la recepción no.
Al llegar a la entrada principal, la enorme reja de hierro estaba bajada, bloqueando el túnel como una boca cerrada. Las antorchas en las paredes laterales parpadeaban con violencia por el viento, pero lo que realmente helaba la sangre no era el clima, sino las puntas de lanza de la guarnición apuntando hacia afuera. Hacia nosotros.
La columna se detuvo en seco. Los caballos relincharon, nerviosos ante el bloqueo.
—¡Abran paso! —bramó Raymond, adelantándose hasta la línea frontal.
Un soldado raso, un humano que parecía diminuto desde nuestra posición, se asomó por una tronera. Estaba pálido y aferraba su lanza con nudillos blancos, pero no dio la orden de alzar la reja.
Picada por la curiosidad y la tensión repentina, espoleé mi caballo, rompiendo la formación para acercarme a la vanguardia, justo detrás del destrero negro de Vorden.
El Titán estaba furioso. La cicatriz blanca en su nariz parecía brillar contra su piel enrojecida por la ira contenida.
—¿Es que se han vuelto ciegos o estúpidos? —gruñó Vorden, su voz retumbando contra la piedra negra—. ¡Abran la maldita puerta!
El soldado tragó saliva, el sudor corriéndole por la frente a pesar del frío del norte.
—No… no puedo, señor.
Vorden hizo avanzar su caballo hasta que el aliento de la bestia chocó contra los barrotes.
—¿Sabes quién soy, gusano?
—Sí, mi comandante… lo sé… es Vorden, el Rompe huesos —balbuceó el hombre—. Pero tengo órdenes… n-n-nadie pasa.
Vorden soltó una risa incrédula y aterradora.
—¿Nadie pasa? ¿Te atreves a decirle eso, tu Lord comandante?
—Órdenes superiores, señor.
—¿Superiores? —gritó Vorden, su paciencia quebrándose como cristal—. ¡¿Quién tiene la autoridad para cerrarme la puerta en mi propia frontera?!
—Yo la tengo.
La voz no vino del soldado. Vino de la oscuridad del túnel de entrada, detrás de la reja. Fue un sonido profundo, tectónico, como piedras moliéndose bajo tierra.
El suelo vibró con pasos pesados que hicieron tintinear las cotas de malla de los soldados cercanos. El guardia de la puerta hizo una señal frenética y el mecanismo de la reja comenzó a chirriar.
El metal se levantó lentamente.
Una figura emergió de las sombras del fuerte, saliendo a la luz gris del atardecer.
No era la primera vez que veía a un Titán puro. Había cenado rodeada de ellos, la corte del norte. Había soportado sus miradas y sus insultos. Sabía lo que eran. Pero eso no hacía que este fuera menos monstruoso.
Aquel hombre era inmenso. Si Vorden era una torre de asedio, este ser era la muralla misma. Medía más de tres metros de altura, una masa de granito grisáceo y músculo denso que hacía que Vorden, con sus dos metros veinte, pareciera casi humano por comparación.
Vorden no esperó. Desmontó de un salto, aterrizando con pesadez, y caminó hasta quedar cara a cara con el gigante. O más bien, cara a pecho.
—Tharvok —escupió Vorden.
—El mismo, pequeñín —respondió el titán, su voz goteando una condescendencia burlona mientras se cruzaba de brazos, bíceps del tamaño de barriles de vino flexionándose bajo la piel gris.
—Yo conquisté este fuerte —dijo Vorden, dando un paso al frente, sin dejarse intimidar por la diferencia de masa. Su mano descansaba sobre el pomo de su espada—. Es mi estandarte el que ondea ahí arriba.
Tharvok soltó una risotada que sacudió el polvo del suelo.
—Tomé este lugar hace tiempo, Vorden. Me aburría en el este —dijo, mostrando unos dientes amarillos y colmillos desiguales—. Así que ahora yo lo cuido por ti, hermanito. Alguien tenía que poner orden en tu perrera.
Sus ojos pequeños y crueles, hundidos bajo una frente prominente, se desviaron de Vorden. Escanearon a la tropa, deteniéndose en mí.
Se fijó en mi ropa, en la armadura ligera que me habían dado, y en la insignia del dragón de ónice que Vorden me había obligado a usar en el broche de la capa.
Tharvok torció el gesto con asco.
—Antes de siquiera considerar si dejo o no que tu triste ejército descanse aquí… explícame, bastardo —gruñó, señalándome con un dedo grueso como una embutido—, ¿por qué la elfa lleva tu marca?
Vorden apretó la mandíbula, pero Tharvok no le dio tiempo a responder.
—Eres un mestizo, Vorden. Un error de mi padre con una puta humana. Un bastardo sin sangre pura no tiene derecho a tierras, y mucho menos derecho a una esposa. Es una ofensa a nuestra raza que marques a una criatura inferior como si fuera tu igual.
El silencio que siguió fue absoluto. Los soldados de Vorden llevaron las manos a sus armas, pero nadie se movió.
Sentí la furia subir por mi garganta, caliente y rápida. Espoleé mi caballo unos pasos hacia adelante, atrayendo la mirada del gigante.
—Soy un soldado, no su esposa —interrumpí, mi voz cortante y clara.
Tharvok me miró como quien mira a un insecto ruidoso.
—Eres una puta entonces —respondió con desdén—. Una ramera de orejas largas que calienta la cama de un perro mestizo.
—Colmillo de Plata —corregí, sosteniendo su mirada sin parpadear. Mi mano bajó hacia la empuñadura de mi espada—. Ese es mi nombre. Y te arrancaré una mano si no muestras un poco de respeto.
El gigante parpadeó, sorprendido. Luego, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada estruendosa que resonó en el valle.
—¡Tu funda tiene agallas, Vorden! —rugió Tharvok, limpiándose una lágrima de risa—. Quizá más que tú. Me gusta.
Su sonrisa desapareció de golpe, reemplazada por una seriedad brutal.
—Pero eso no será suficiente para que duerman aquí.
Señaló hacia el interior del fuerte, en dirección a los establos.
—Tus caballos pueden pasar por agua y grano, no soy un salvaje con las bestias. Pero tú, tus hombres y tu puta…tendrán que esperar afuera.
Vorden dio un paso adelante, la vena de su cuello latiendo, pero Tharvok levantó una mano, deteniéndolo.
—Ah, ah. Si quieres entrar, tendrás que ganártelo. Como en los viejos tiempos.
Tharvok señaló hacia un lateral de la muralla exterior.
—Nos vemos en una hora. En la arena de entrenamiento, fuera de las murallas en el ala este. Tu campeón contra el mío.
El gigante se inclinó hacia Vorden, invadiendo su espacio personal con su inmensidad.
—Si gana tu campeón, pueden pasar. Si pierden, se largan y duermen bajo las estrellas.
Se dio la vuelta, dándonos la espalda con una arrogancia infinita, y comenzó a caminar de regreso al interior de la fortaleza.
—Una hora, bastardo —lanzó por encima del hombro—. Elige bien a quien vas a sacrificar.
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