Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 42
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 42 - Capítulo 42: Capítulo 41: El Peso de la Corona Negra
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 42: Capítulo 41: El Peso de la Corona Negra
El ultimátum de Tharvok quedó flotando en el aire gélido como una sentencia. Una hora.
Raymond se acercó a Vorden, su rostro serio y decidido.
—Déjeme ir, comandante —dijo, bajando la voz—. Pido la oportunidad de ser el campeón. He peleado con gigantes antes. Conozco sus puntos ciegos.
Vorden negó con la cabeza lentamente, sin apartar la vista de la puerta por donde había desaparecido su hermano.
—No —respondió con voz grave—. No caeré en el juego de Tharvok usando fichas ajenas. Mis hombres no se sacrifican para limpiar mi honor familiar, Raymond. Lo sabes.
—Señor, podríamos seguir adelante si así lo desea —insistió el capitán—. Rodear el fuerte. Acampar en el valle. No necesitamos su permiso.
—Los caballos sí —cortó Vorden—. Y los hombres necesitan un techo, no otra noche en la nieve.
Se giró hacia la tropa.
—¡Desmonten! —ordenó—. Que los mozos lleven a los caballos adentro. Tharvok dio su palabra sobre las bestias. Que beban y descansen. Bajen la carga, nosotros esperamos aquí.
Mientras los soldados comenzaban a desensillar apresuradamente, me acerqué a Vorden.
—¿Pelearás con tu hermano? —pregunté, mirando la inmensidad de las murallas.
Vorden se ajustó los guanteletes de acero negro.
—No sería la primera vez. Usualmente nos batíamos a duelos a primera sangre en el patio de mi padre. Él es responsable de varias de mis cicatrices, y yo de las suyas.
Hizo una pausa, y su expresión se oscureció.
—Pero esta vez, él habló de “sacrificio”. Tharvok exigirá un duelo a muerte.
Me miró a los ojos, la cicatriz blanca de su nariz brillando bajo la luz tenue.
—Como su comandante, debo pelear yo. No puedo liderar un ejército si solo lo mando a morir por mí mientras yo miro desde la barrera. ¿Entiendes eso, Colmillo de Plata?
Asentí, comprendiendo por fin la lealtad fanática que sus hombres le profesaban. No era miedo. Era devoción.
—Sí, mi comandante. Entiendo.
Raymond corrió la voz. Los caballos fueron llevados al interior del fuerte por los mozos de cuadra, pasando bajo la reja levantada. Los soldados de Vorden se quedaron afuera, inquietos, formando grupos cerrados.
El rumor corrió como pólvora encendida.
“El comandante va a pelear.” “Es un suicidio, Tharvok es una montaña.” “Debería enviar a uno de la élite.” “Yo pelearía por él si me lo pidiera.”
Mientras Vorden discutía tácticas defensivas con Raymond por si la cosa salía mal, yo me alejé hacia las pilas de suministros que habían bajado de los caballos.
Me acerqué a las bolsas de cuero con pasos firmes. No hubo vacilación, ni una búsqueda frenética al azar. Sabía exactamente lo que necesitaba. Mis manos se deslizaron entre las correas y hebillas con precisión quirúrgica, ignorando las armas convencionales y los suministros, hasta que mis dedos se cerraron en torno a la forma que buscaba
Una mano enguantada en cuero negro se posó sobre mi hombro.
Me giré sobresaltada. Era uno de los cinco de la élite. Por la forma en que se paraba, reconocí al hombre del arroyo, el que me había vigilado mientras orinaba en los arbustos.
—Colmillo —susurró, su voz apenas un siseo bajo la capucha—. Yo no haría eso si fuera tú.
Solté la correa de la bolsa que estaba abriendo y lo miré a la oscuridad de su capucha.
—Entonces dime lo que harías tú —desafié en un susurro—. Porque no pienso quedarme viendo cómo lo aplastan.
El encapuchado miró alrededor para asegurarse de que nadie nos prestaba atención. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio con esa confianza letal que tenían los de su clase.
Comenzó a susurrarme al oído. Palabras rápidas, precisas y sucias. Escuché atentamente, asintiendo levemente.
El encapuchado se apartó tan rápido como había llegado, disolviéndose entre los soldados como si nunca hubiera estado allí.
El sol avanzó en el cielo, marcando el final del plazo.
El campamento seguía inquieto, pero una orden cortó el aire.
—¡Formación! —gritó Raymond.
Los hombres se alinearon, rostros sombríos pero decididos. Vorden se colocó al frente, con Raymond a su derecha. Yo me deslicé en la fila, con las palabras del élite resonando en mi mente.
Comenzamos a marchar hacia el ala este, bordeando la muralla exterior hasta llegar a la arena designada. El viento aullaba, pero el sonido de nuestras botas golpeando la tierra helada era más fuerte.
Íbamos a ver sangrar a un dios. O a verlo morir.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com