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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 43

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Capítulo 43: Capítulo 42: La Danza de acero

(Vorden narra)

La arena del ala este no era más que un círculo de tierra pisoteada y sangre vieja, delimitada por estacas de madera podrida y la imponente muralla de piedra negra. El viento aullaba, levantando remolinos de polvo helado que se pegaban al sudor y al acero.

Caminé hasta el centro, sintiendo el peso familiar de mi armadura y la ira fría que siempre acompañaba la presencia de mi hermano.

Alcé la vista.

Tharvok no bajó a la arena. El cobarde inmenso había ordenado colocar un sillón de madera reforzada —casi un trono grotesco— en lo alto de la muralla, desde donde podía observar el espectáculo como un rey aburrido. Estaba rodeado de odaliscas y barriles de vino, una burla a la disciplina militar que yo había instaurado en este fuerte años atrás.

—¡Baja aquí, Tharvok! —bramé, mi voz rebotando en la piedra—. ¡Terminemos con esto tú y yo! ¡Deja de esconderte detrás de tus faldas y pelea!

Tharvok ni siquiera se inmutó. Tomó un trago largo de su copa y señaló perezosamente hacia la puerta de hierro del otro extremo de la arena.

La reja se levantó con un chirrido oxidado.

El campeón de mi hermano entró. No era un titán, ni siquiera un orco de las montañas. Era un humano, fibroso y ágil, vestido con una armadura de cuero ligera que apenas le cubría los órganos vitales. En sus manos, dos cimitarras curvas brillaban con un filo cruel. Se movía como agua, probando el equilibrio de sus armas, sonriendo con la confianza de quien ha matado a hombres más grandes que él por pura velocidad.

A mi lado, Raymond dio un paso al frente, la mano en su espada.

—comandante —dijo entre dientes—, déjeme encargarme. Ese tipo es rápido, pero un buen golpe de escudo le romperá las costillas.

Lo detuve con un gesto seco de mi mano.

—No —gruñí, sin dejar de mirar a Tharvok—. Si puedo enfurecer lo suficiente a esa montaña de mierda, su orgullo lo hará bajar. Quiero su cabeza, no la de su mascota.

Tharvok se inclinó hacia adelante en su trono, su voz retumbando desde las alturas.

—¿Qué pasa, Vorden? ¿Acaso no tienes a nadie dispuesto a morir por ti? —se burló, su risa cayendo sobre nosotros como piedras—. ¿Es porque saben que eres un bastardo y no un verdadero líder? Nadie sangra por un error de la naturaleza.

Sentí que mis nudillos crujían dentro de los guanteletes.

—¡Un líder pelea por sí mismo! —ladré en respuesta, desenfundando mi espada—.Baja y prueba mi acero, ¡hijo de puta!

Pero antes de que pudiera dar un paso hacia el centro, sentí movimiento a mi derecha.

Uno de mis soldados de élite, envuelto en su capa negra y con la capucha calada hasta la nariz, pasó caminando junto a mí. No se detuvo. No hizo el saludo militar. Ni siquiera me miró. Simplemente cruzó mi línea de visión con una determinación suicida y entró en el círculo de combate.

Me quedé helado un segundo, la incredulidad luchando con la furia.

—¡¿Pero qué demonios…?!

No tuve tiempo de reaccionar.

—¡Comiencen! —gritó Tharvok desde la muralla, encantado con el giro de los acontecimientos.

Su campeón no esperó. Se lanzó al ataque como una víbora, las dos cimitarras cortando el aire en un arco doble destinado a decapitar a mi soldado.

El choque de acero fue agudo y resonante.

El encapuchado no bloqueó con fuerza bruta. Se deslizó. Con un juego de pies fluido y económico, desvió la primera cimitarra y giró sobre su propio eje para dejar pasar la segunda, rozando la muerte por milímetros.

La batalla se convirtió en un baile hipnótico. El campeón de Tharvok era una tormenta de cortes rápidos y estocadas traicioneras, buscando huecos en la defensa, pero mi soldado de élite era una sombra. Atacaba y esquivaba con una gracia que parecía ensayada, una sincronización perfecta de violencia.

Me giré hacia Raymond, agarrándolo por la hombrera de su armadura.

—¡¿Quién le ordenó que fuera?! —exigí, sacudiéndolo—. ¡Dije que yo pelearía!

Raymond me miró, igual de desconcertado que yo.

—¡Nadie, comandante! —respondió, alzando la voz sobre el estruendo del combate—. ¡Él lo eligió! Usted sabe cómo son los encapuchados, su lealtad es… particular. Usted mismo los eligió por su iniciativa. ¡No me sorprende que ignoraran una orden si creen que es para protegerlo!

Solté a Raymond con un gruñido y volví mi atención a la pelea.

El encapuchado estaba ganando terreno. Había encontrado el ritmo del campeón de las cimitarras. Con una finta magistral, el elite obligó a su oponente a abrir la guardia y le propinó una patada seca en la rodilla que lo hizo tambalearse.

Arriba, en la muralla, la sonrisa de Tharvok desapareció.

—Qué aburrido… —bostezó el gigante, haciendo un gesto desganado con la mano—. Quiero sangre. Ahora.

Vi el brillo de las puntas de flecha antes de procesar la traición.

Un grupo de arqueros se asomó por los bordes de la muralla, apuntando directamente al centro de la arena, ignorando cualquier código de honor del duelo.

—¡Cuidado! —el grito se ahogó en mi garganta.

Las cuerdas vibraron. Las flechas silbaron hacia abajo.

El encapuchado en la arena reaccionó con un instinto sobrenatural. Se tiró al suelo en un rodamiento lateral, levantando una nube de polvo. Unas flechas se clavaron donde había estado su pecho un segundo antes. Otras rebotaron en el suelo de piedra.

Me preparé para correr, para saltar a la arena y masacrar a quien se pusiera en medio, pero el sonido que siguió me detuvo.

Fue un sonido inconfundible, sangre brotando a borbotones.

Miré hacia arriba.

Los arqueros de Tharvok se desplomaron casi al unísono. No cayeron hacia atrás. Cayeron hacia adelante, colgando de las murallas como muñecos rotos, con las gargantas abiertas de oreja a oreja, regando la piedra negra con sangre carmesí.

Detrás de cada cadáver, una figura encapuchada limpiaba su daga con indiferencia.

Mis soldados de élite. Habían subido. Habían tomado la muralla en silencio mientras todos miraban la arena.

Mi mente de estratega empezó a contar automáticamente, evaluando la situación.

Uno… dos… tres… cuatro… cinco.

Había cinco encapuchados en la muralla, de pie sobre los cadáveres de los arqueros. Cinco. Mi guardia personal completa.

El mundo se detuvo. El ruido del viento desapareció.

Bajé la vista lentamente hacia la arena, donde la figura solitaria, cubierta con la capa negra de uno de mis hombres, se ponía de pie, espada en mano, frente al campeón de Tharvok.

Si mis cinco mejores asesinos estaban en la muralla…

A mi lado, la voz de Raymond sonó estrangulada, un susurro de puro horror y reconocimiento.

—No puede ser…

No era un soldado. No era un hombre.

Era…

..

.

Ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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