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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 44

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Capítulo 44: Capítulo 43: Sangre de Titán

(Vorden narra)

Mi atención volvió a la arena, forzada por el sonido del acero chocando con una violencia renovada.

Ya no era un baile. La sutileza se había evaporado. El campeón de Tharvok, frustrado por no poder conectar un golpe limpio, había abandonado la técnica por la fuerza bruta. Sus cimitarras cortaban el aire como guadañas, buscando desesperadamente carne.

El encapuchado —ella— retrocedía paso a paso, esperando el error.

Y el error llegó.

El campeón, impulsado por la impaciencia, soltó un tajo horizontal con el brazo completamente extendido, poniendo todo su peso en un golpe destinado a partirla en dos.

Fue un movimiento excesivo.

Ella se agachó en el último segundo. El acero silbó sobre su cabeza, rozando la tela negra. La punta de la cimitarra enganchó la capucha y la arrancó de un tirón violento.

El tiempo pareció ralentizarse.

Quedó casi en cuclillas, con el rostro descubierto y el cabello castaño revuelto cayendo sobre sus ojos. Pero no estaba indefensa. Su propio brazo estaba extendido hacia atrás en un ángulo imposible, sosteniendo una daga que brillaba con luz propia.

Con un movimiento fluido de cadera, invirtió el impulso y se irguió, clavando el acero hacia arriba.

La daga entró por la base de la mandíbula del campeón y salió por la nuca.

El hombre se quedó rígido un instante, con los ojos desorbitados, antes de desplomarse como un saco de piedras a los pies de ella.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el jadeo de los hombres y el viento del norte. Aldariel se puso de pie sobre el cadáver, con el rostro manchado de sangre ajena, y levantó la vista hacia la muralla.

—¿Qué dices ahora, imbécil? —su voz, clara y desafiante, cortó el aire gélido—. El Colmillo de Plata devoró a tu campeón. ¡Abre las puertas del fuerte!

En la muralla, mis cinco élites dieron un paso sincronizado hacia Tharvok, las armas desenvainadas, rodeándolo.

El rostro de mi hermano se contorsionó en una máscara de odio puro. Se puso de pie de un salto, pateando su trono de madera hasta hacerlo astillas.

—¡Ninguna puta elfa me dirá qué hacer! —rugió.

Y entonces, saltó.

No buscó las escaleras. Se lanzó desde la altura de la muralla directamente hacia la arena, una caída de diez metros que habría matado a un hombre normal.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me moví con la misma velocidad inhumana que él.

Tharvok aterrizó frente a Aldariel, levantando una nube de polvo y agrietando el suelo de piedra con el impacto. Pero antes de que pudiera alzar su mano contra ella, yo ya estaba ahí.

El choque fue cataclísmico.

Nuestras espadas se encontraron en el aire con un estruendo que hizo vibrar los dientes de todos los presentes. No fue el sonido común de metal contra metal; fue el sonido de dos montañas colisionando. La onda de choque nos empujó hacia atrás, pero ninguno cedió terreno.

—¡Mátenlos a todos! —aulló Tharvok, forcejeando contra mi hoja.

La puerta de hierro del fondo, de donde había salido el campeón, se abrió de golpe.

No salieron soldados. Salieron bestias. Una manada de lobos huargos, enormes y famélicos, con espuma en las fauces, se abalanzó sobre la arena.

—¡Formación! —escuché gritar a Raymond a mis espaldas.

El caos se desató. Mi ejército rompió filas, cargando hacia la arena para interceptar a las bestias antes de que nos flanquearan. El sonido de la batalla se convirtió en una cacofonía de gruñidos, gritos y huesos rotos.

Vi por el rabillo del ojo cómo Aldariel giraba sobre sus talones, espada en mano, y decapitaba al primer lobo que saltó hacia su garganta. Estaba luchando. Estaba sobreviviendo.

Pero mi mundo se redujo a la mole gris frente a mí.

Tharvok y yo nos enzarzamos en una danza de destrucción. Cada golpe que lanzaba llevaba la fuerza para derribar un muro. Bloqueé un tajo descendente que me entumeció el brazo hasta el hombro, y respondí con un golpe de escudo en su pecho que sonó como un martillazo en un yunque.

La tierra retumbaba bajo nuestras botas. Éramos dos titanes destrozando la arena, ignorando a los lobos y a los hombres que morían a nuestro alrededor.

Lo empujé, usando mi rabia como combustible, ganando centímetro a centímetro. Tharvok era más grande, pero yo era más rápido. Esquivé un puñetazo que habría aplastado mi cráneo y le devolví el favor con una estocada en el muslo que le hizo rugir de dolor.

Cayó sobre una rodilla.

No le di tregua. Una patada en el pecho lo mandó de espaldas al suelo.

Me abalancé sobre él, poniéndole la punta de mi espada bastarda en la garganta. Jadeaba, con el sudor y la sangre nublándome la vista. A nuestro alrededor, los últimos lobos caían bajo las lanzas de mis hombres.

—Nos dejarás entrar ahora, hermano —gruñí, presionando el acero contra su piel gris.

Tharvok me miró desde el suelo. Sus ojos pequeños brillaban con una malicia loca.

—Nunca.

Con la mano libre, agarró un puñado de tierra y sangre del suelo y me lo arrojó a la cara.

La arena me entró en los ojos, cegándome al instante.

Rugí, retrocediendo y tratando de limpiarme, vulnerable. Escuché el sonido del aire cortándose, el silbido inconfundible de una espada gigante buscando mi cuello en un arco mortal.

Me preparé para el impacto, para el frío final.

Pero lo que escuché fue un sonido húmedo, un shhhk repugnante, seguido de un grito que no era humano.

—¡AAAAAAAGH!

Un chorro caliente me salpicó la cara, mezclándose con la tierra en mis ojos.

Parpadeé frenéticamente, las lágrimas limpiando la mugre lo suficiente para ver formas borrosas. El polvo se estaba disipando. El silencio volvía a caer sobre la arena, pesado y denso.

Tharvok estaba de rodillas, gritando.

Frente a mí, interpuesta entre el golpe mortal y mi cuello, estaba Aldariel.

No había bloqueado el golpe. Había atacado. Estaba de pie con su espada levantada, goteando rojo carmesí.

En el suelo, retorciéndose como una araña muerta, estaba la mano derecha de Tharvok, todavía aferrada a la empuñadura de su inmensa espada.

El titán miraba el muñón sangrante de su muñeca con horror absoluto, incapaz de procesar que una criatura tan pequeña le hubiera mutilado.

Aldariel bajó su arma lentamente y lo miró con esa frialdad que yo empezaba a admirar.

—Te dije que mostraras respeto —dijo ella.

Tharvok alzó la vista, a punto de escupir una maldición, pero no le di la oportunidad.

Avancé un paso y descargué todo mi peso en un puñetazo directo a su barbilla. El impacto sonó como una roca partiéndose. Los ojos de Tharvok se pusieron en blanco y su inmenso cuerpo se desplomó hacia atrás, inconsciente, derrotado.

Me quedé allí, respirando con dificultad, con los nudillos ardiendo. A mi lado, la elfa —mi elfa— se mantenía firme entre la carnicería.

Raymond, al borde de la arena, con su espada bajada y rodeado de lobos muertos, nos miraba con la boca abierta, incapaz de creer lo que acababa de presenciar.

La jerarquía del norte acababa de cambiar. Y había sido escrita con sangre de titán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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