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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 45

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Capítulo 45: Capítulo 44: No Eres un Soldado

El silencio cayó sobre la arena tan rápido como había empezado el caos. Solo quedaba el sonido de la respiración entrecortada de los hombres y el gorgoteo húmedo de los lobos moribundos.

Vorden se pasó el dorso de la mano por los ojos, limpiándose los restos de sangre y tierra. Su pecho subía y bajaba con violencia, pero su voz salió controlada, aterradoramente calmada.

—¿Bajas?

Raymond se acercó, envainando su espada manchada de negro. Cojeaba ligeramente, pero parecía intacto.

—Quince heridos, señor. La mayoría por mordeduras. —Raymond miró hacia la muralla, donde los cinco encapuchados permanecían inmóviles como gárgolas—. No hay muertos. Los arqueros cayeron antes de que pudieran disparar una segunda salva.

Vorden asintió, su rostro una máscara de piedra.

—Tomen el fuerte —ordenó—. Maten a todos los soldados que quedan dentro. Si sirvieron a Tharvok y levantaron armas contra mí, son traidores. Que no quede nadie vivo.

—A la orden.

Raymond hizo una señal y el ejército comenzó a moverse, pasando por encima de los cadáveres de las bestias para entrar en la fortaleza que ahora, por fin, era nuestra.

Vorden no se movió. Bajó la mirada hacia la inmensa figura inconsciente a sus pies.

Tharvok respiraba con dificultad, con la barbilla destrozada y el muñón de la muñeca bombeando sangre oscura sobre la arena. No había honor en dejarlo vivir, y Vorden no tenía piedad para gastar.

El mestizo invirtió el agarre de su espada bastarda. Dio un paso adelante, colocó la punta sobre la garganta expuesta de su hermano y empujó hacia abajo con un movimiento seco y brutal.

El acero atravesó carne, cartílago y hueso hasta clavarse en la tierra. El cuerpo del gigante se sacudió una vez, un espasmo final, y luego quedó quieto.

—Adiós, hermano —dijo Vorden, sin una pizca de remordimiento en la voz.

Arrancó la espada con un sonido repugnante y se giró lentamente hacia mí.

Estábamos solos en el centro de la arena. El ejército ya estaba cruzando las puertas, dejándonos en ese círculo de muerte. Me mantuve firme, aunque mis rodillas temblaban por la bajada de adrenalina. Esperaba un agradecimiento. Esperaba, quizás, ese brillo de respeto que había visto antes.

Vorden acortó la distancia en dos zancadas largas, su sombra cayendo sobre mí como una losa.

—¿En qué mierda estabas pensando, elfa? —bramó.

La furia en su voz me golpeó más fuerte que cualquier golpe físico.

No respondí de inmediato. Mi mente luchaba por procesar el cambio. Acababa de salvarle la vida. Acababa de matar por él.

—Pudiste haber muerto —continuó, su voz bajando a un gruñido peligroso, sus ojos negros escaneando mi cuerpo en busca de heridas—. Un segundo más lento y esa cimitarra te habría partido en dos.

—Pero estoy viva —repliqué, alzando la barbilla, negándome a retroceder—. Y salvé tu trasero. Si no fuera por mí, tu cabeza estaría rodando por la arena ahora mismo.

Vorden me ignoró. Su mano salió disparada y agarró la tela negra de la capa que llevaba, tirando de ella con brusquedad.

—Hiciste que un soldado de élite me desafiara… —susurró, acercando su rostro al mío—. ¿Quién te dio el atuendo? ¿Quién te ayudó a entrar en la arena?

Sabía que, si delataba al encapuchado, lo mataría. Vorden no perdonaba la insubordinación, ni siquiera si el resultado era la victoria.

—Nadie tiene el valor o la estupidez para desafiarte, Vorden —mentí, sosteniendo su mirada con fuego en los ojos—. Lo encontré en los cargamentos mientras tus hombres discutían. Me vestí sola. Actué sola. Y gané.

Vorden soltó la capa como si le quemara. Se pasó una mano por el cabello, frustrado, caminando en un pequeño círculo antes de volver a encararme.

—No lo entiendes, ¿verdad, Cielo?

—No tienes que preocuparte por mí, Vorden —interrumpí, dando un paso hacia él, tratando de hacerle ver—. Puedo cuidarme. Enfrenté guardias como el de las cimitarras toda mi vida en las calles, no tenía la misma disciplina de nuestro ejército. Y con lo que aprendí de Raymond…

—¡De nada me sirves si estás muerta! —gritó, su voz rompiéndose en un rugido que hizo eco en las murallas vacías.

El silencio que siguió fue doloroso. Vorden me miró, y por primera vez, vi el miedo detrás de la ira. Pero no era miedo por mí. Era miedo a perder su premio.

—Eres una Llave, Aldariel —escupió las palabras con frialdad—. No eres un soldado. No eres mi compañera de armas. Eres el medio para un fin. Si mueres, se acaba todo.

Se inclinó, su nariz casi tocando la mía, la cicatriz blanca brillando.

—Agradece si hoy no pasas la noche en un calabozo por esta imprudencia.

Se dio la vuelta, dándome la espalda, y comenzó a caminar hacia la fortaleza, pasando junto al cadáver de su hermano sin mirarlo.

Me quedé quieta, clavada en el sitio. La furia me subió por la garganta, caliente y salada. Sentí las lágrimas picarme en los ojos, no de tristeza, sino de pura rabia impotente. Después de todo lo que había hecho, después de sangrar y matar, seguía siendo solo un objeto para él.

Vorden se detuvo unos pasos más adelante, sin girarse.

—Y ni pienses que puedes escapar —lanzó la orden por encima del hombro—. Te veo adentro para la cena. Lávate esa sangre.

Apreté los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas, haciéndome daño, recordándome que esto era real.

—Sí, mi comandante —respondí, mi voz temblorosa pero audible.

Vorden siguió caminando y desapareció en la oscuridad del túnel de entrada.

Bajé la mirada hacia mis manos. Estaban cubiertas de sangre seca. Sangre del campeón. Sangre de los lobos. Había tomado vidas para salvar la suya.

—Salvé su vida… —susurré para mí misma, una lágrima solitaria cayendo sobre mis nudillos manchados—. No soy solo su maldita llave.

Y, sin embargo, mis pies se movieron. Sin saber siquiera por qué, comencé a caminar hacia el fuerte, obedeciendo la orden del monstruo al que acababa de salvar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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