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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 46

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Capítulo 46: Capítulo 45: Vino y Olvido

Esperaba una cena fría y silenciosa, un velatorio por la muerte de la confianza entre Vorden y yo. Pero el Gran Salón del fuerte fue todo lo contrario.

Era un caos de celebración.

En la mesa principal, elevada sobre una tarima de piedra, Vorden y Raymond comían con la voracidad de quienes han sobrevivido a un asedio. El comandante ni siquiera me miró cuando entré. Mantenía su atención en un mapa desplegado entre las jarras de cerveza y los platos de carne asada, con esa indiferencia gélida que me hacía hervir la sangre.

Pero el resto del salón… el resto era un estruendo.

Los soldados bebían y festejaban la victoria contra los huargos y la toma del fuerte. No había rastro de la Élite; esas sombras habían desaparecido como siempre, dejando a la infantería disfrutar del botín.

—¡Por el Colmillo de Plata! —gritó alguien cuando pasé cerca de una hoguera central.

—¡Por la elfa que mata campeones! —secundó otro, alzando su tarro de metal.

Algunos me golpeaban la espalda con camaradería tosca, otros chocaban sus copas contra la mía. Querían brindar conmigo, celebrar que una “orejas largas” había tenido las agallas de salvar a su líder. Quería disfrutar el momento, quería saborear ese reconocimiento que Vorden me negaba, pero la ira no me lo permitía.

Cada vez que miraba hacia la mesa principal, veía la espalda ancha de Vorden, ignorándome deliberadamente. Eres una llave, no un soldado. Sus palabras resonaban en mi cabeza más fuerte que los vítores.

Así que bebí.

Apenas probé bocado de la carne que me ofrecieron. En su lugar, agarré una jarra de vino oscuro y espeso, saqueado de las bodegas de Tharvok, y me la llevé a los labios. Como había dicho una vez uno de los titanes de la corte del norte para burlarse de mi raza: esa noche bebí como un jabalí. Bebí para apagar la voz de Vorden en mi mente, para ahogar el miedo y avivar la furia.

El resto es niebla. Recuerdo risas, recuerdo el calor del fuego, y luego… la oscuridad.

———————————————————-

Desperté a la mañana siguiente con la sensación de que alguien me había abierto el cráneo con un cincel.

Estaba tirada en el suelo del Gran Salón. La luz gris del amanecer se colaba por las ventanas altas, hiriéndome los ojos. A mi alrededor, el ejército era un paisaje de cuerpos dormidos y ronquidos. La mitad de los soldados había caído donde había bebido, igual que yo.

Me incorporé lentamente, apoyándome en un codo. El mundo dio un vuelco vertiginoso.

El sabor rancio del vino en mi boca era asqueroso, como si hubiera lamido una moneda de cobre oxidada. Miré a mi alrededor. Era evidente que hoy no iríamos a ningún lado. Los caballos necesitaban recuperar fuerzas, y por el aspecto de los hombres que empezaban a removerse entre gemidos de dolor, el ejército necesitaba recuperar la sobriedad antes de poder marchar.

Pero la resaca no fue lo peor.

Al moverme para sentarme, sentí algo más. Una sensación física, aguda y persistente, que me hizo congelarme en el sitio.

Sentía un ardor inconfundible entre mis muslos. Una sensibilidad en la piel, un eco de fricción y humedad que conocía demasiado bien.

Bajé la vista, alarmada.

Aún llevaba la capa negra de la Élite cubriéndome como una manta pesada. Debajo, mi túnica estaba arrugada y subida hasta la cintura. Mis pantalones no estaban puestos; estaban en el suelo, a un metro de distancia, junto a mis botas.

Me llevé la mano bajo la túnica, el corazón martilleando contra mis costillas más fuerte que el dolor de cabeza.

Mi ropa interior no estaba.

Busqué con la mirada, apartando la capa, removiendo la paja del suelo. Nada. Se había desvanecido.

Un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del norte me recorrió la espina dorsal. Traté de forzar a mi memoria, de retroceder en la neblina de la noche anterior. ¿Qué había pasado? ¿Quién…?

Miré hacia la tarima. La mesa principal estaba vacía y limpia. Vorden no estaba.

—No… —susurré, mi voz ronca.

La sensación en mi cuerpo no era de dolor por violencia. Era… uso. Era el rastro de una actividad frenética. ¿Había sido él? ¿Me había buscado en la oscuridad del salón borracho? ¿O lo había buscado yo, impulsada por el vino y esa atracción tóxica que me arrastraba hacia él? ¿O había sido otro?

La idea de que fuera cualquier otro me revolvió el estómago, pero al mirar a los soldados roncando a mi alrededor, supe instintivamente que no. Nadie se atrevería a tocar a la “Llave” de Vorden. Nadie excepto el propio Vorden.

Sin que nadie lo notara en la penumbra del amanecer, estiré el brazo y recogí mis pantalones del suelo. Me vestí con movimientos torpes y apresurados, sintiendo el roce de la tela contra mi piel sensible como una acusación. Me calcé las botas, me envolví en la capa de la Élite para ocultar mi desorden y me puse de pie.

El mundo volvió a dar vueltas, pero me obligué a caminar. Tenía que salir de allí.

Crucé el salón sorteando cuerpos dormidos y copas volcadas. Salí al pasillo de piedra, donde el aire era más fresco, y busqué la primera habitación vacía que encontré. Parecía un antiguo cuarto de guardia, polvoriento y abandonado, con un camastro de madera desnuda en una esquina.

Me dejé caer en él, cerrando los ojos con fuerza, abrazándome las rodillas contra el pecho.

Decidí quedarme en soledad hasta que fuera hora de comer. Necesitaba que el mundo dejara de girar. Necesitaba que el latido en mi cabeza cesara. Pero, sobre todo, necesitaba recordar por qué mi cuerpo se sentía reclamado, mientras mi mente estaba completamente en blanco.

Si algo había pasado, lo descubriría después. Si Vorden había tomado lo que creía suyo mientras yo estaba perdida en el vino, habría consecuencias. Pero por ahora, el silencio era mi único refugio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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