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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 46: La Tumba y el Fantasma

El hambre terminó por sacarme de mi refugio cuando el sol ya estaba alto.

Bajé al comedor con la capucha de la capa echada hacia adelante, ocultando mis ojos inyectados en sangre y mi desorden. El olor me golpeó antes de entrar: especias fuertes, carne grasa y sudor rancio.

Las mesas estaban llenas. Los soldados, pálidos y ojerosos, se inclinaban sobre cuencos de barro humeantes. Comían un estofado rojo y picante, de esos que queman la garganta y hacen sudar la resaca. Nadie prestaba mucha atención a nada que no fuera su comida o su dolor de cabeza.

Me deslicé en un banco libre al final de una mesa larga. Un cocinero pasó y dejó un cuenco frente a mí sin decir palabra. El caldo era espeso, con trozos de carne fibrosa. Comí la primera cucharada y el picante me hizo toser, pero el calor asentó mi estómago revuelto.

A mi lado, un soldado joven con una cicatriz de quemadura en la mejilla sorbía su caldo ruidosamente.

—¿Has visto al comandante? —pregunté, intentando que mi voz sonara casual, solo una soldado más buscando órdenes.

El hombre se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con ojos vidriosos.

—Escuché de otros que se fue anoche —respondió, encogiéndose de hombros—. Algunos dicen que lo vieron arrastrando el cuerpo de su hermano en el exterior, cerca de la arena.

Me detuve con la cuchara a medio camino.

—¿Anoche? —repetí, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿A qué hora?

—Justo después de que empezó la borrachera grande. Yo no sé, estaba ocupado bebiendo aquí.

—Es verdad —intervino otro soldado sentado enfrente, un veterano de barba gris que partía un trozo de pan duro—. El comandante pasó la noche fuera del castillo. Enterrando al titán.

El veterano bajó la voz, inclinándose sobre la mesa.

—Quizá le afectó más de lo que muestra. Matar a tu propia sangre… eso deja marca. Estuvo cavando solo hasta que salió el sol. Nadie se atrevió a acercarse. Sabes que hay cosas que no debemos preguntar. Solo somos soldados.

Siguieron comiendo, ajenos a cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies.

El miedo, frío y viscoso, se apoderó de mí, reemplazando la resaca en un segundo.

El comandante pasó la noche fuera.

La cuchara cayó de mis dedos al cuenco, salpicando caldo rojo en la mesa.

Si Vorden estuvo cavando una tumba en la tierra toda la noche… entonces no fue él.

No fue él quien estuvo entre mis piernas.

Mi respiración se aceleró. Miré mis manos, que empezaron a temblar incontrolablemente. El ardor en mi entrepierna seguía ahí, un recordatorio físico y doloroso de algo que mi mente había borrado.

¿Quién fue?

¿Fue forzado? ¿Me resistí y me golpearon la cabeza? ¿O estaba tan borracha que lo pedí? ¿Abrí las piernas para un extraño pensando que era Vorden?

Y mi ropa interior… se la habían llevado. No se había perdido. Alguien se la había quedado. Un trofeo. Una prueba.

Miré a los hombres que me rodeaban. A todos ellos. Rostros curtidos, manos grandes, miradas cansadas. Cualquiera de ellos podría tener mis bragas en su bolsillo ahora mismo.

El pánico me cerró la garganta. Si corre el rumor… Si alguien empieza a alardear de que el “Colmillo de Plata” es una puta fácil cuando bebe… estoy perdida.

Y si Vorden se entera… Dioses. No me matará a mí. Matará a cada hombre en este fuerte hasta encontrar al culpable. Despedazará a su propio ejército por tocar su propiedad.

—Maldita sea… —susurré, clavando las uñas en la madera de la mesa—. ¿Por qué no recuerdo nada?

Me obligué a agarrar la cuchara de nuevo. Comí el estofado mecánicamente, tragando sin masticar, tratando de disimular el terror que me hacía querer gritar. Actúa normal. Nadie sabe que no sabes.

El sonido de botas pesadas sobre la piedra hizo que el comedor se callara.

Vorden entró.

Llevaba la armadura puesta, pero estaba sucia de tierra fresca y barro. Su rostro estaba demacrado, más pálido de lo habitual, con ojeras profundas bajo los ojos negros. Irradiaba un frío que heló el ambiente festivo.

Caminó hasta el centro del salón, su presencia llenando el espacio.

—¡Partimos al amanecer! —ladró, su voz ronca por el esfuerzo y el frío nocturno.

Su mirada barrió la sala, pasando por encima de las cabezas de sus hombres. Sus ojos negros se cruzaron con los míos por una fracción de segundo.

Esperé ver algo. Una señal. Culpa. Lujuria. Algo que me dijera que los soldados mentían, que él había estado conmigo.

Pero no hubo nada. Pasó su mirada por mí sin detenerse, como si yo fuera parte del mobiliario, y siguió su camino hacia la salida, retirándose a sus aposentos sin decir una palabra más.

Confirmación. No había sido él.

Me quedé paralizada, sintiéndome sucia y expuesta.

Minutos después, la silla a mi lado se movió. Raymond se sentó con un suspiro cansado. Olía a jabón y acero limpio.

Me miró de reojo, evaluando mi estado.

—Fue muy valiente lo que hiciste ayer —dijo en voz baja, refiriéndose a la arena—. Muy estúpido, pero valiente.

Hizo una pausa, y por un momento temí que fuera a decir algo sobre la noche anterior. Que él sabía. Que él había visto.

—Tienes mi respeto, Colmillo —concluyó, dándome una palmada breve en el hombro.

Se levantó y se fue a organizar a las tropas, dejándome sola con mis fantasmas.

Me quedé sentada un rato más, atrapada entre los soldados que volvían a sus risas y sus cuchicheos. Empecé a analizar cada rostro.

¿Ese de allá me está mirando demasiado? ¿Por qué se ríe aquel grupo? ¿Están hablando de mí? ¿Saben lo que pasó?

Me levanté y caminé entre ellos hacia la salida, agudizando el oído, buscando una frase, un rumor, una burla sobre la elfa borracha.

Nada. Solo hablaban de la marcha, del frío y de las mujeres que habían dejado en el sur.

Volví a la habitación vacía donde me había despertado. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, deslizándome hasta el suelo. El silencio de la habitación era aplastante.

Me abracé a mí misma, sintiendo el vacío donde debería estar mi ropa interior.

—¿Qué mierda estás haciendo, Aldariel? —susurré a la oscuridad, mi voz quebrándose—. No perteneces aquí. No eres un soldado. No eres una llave. No eres suya…

Las lágrimas de frustración y miedo rodaron por mis mejillas.

—¿Qué mierda estás haciendo? ¿Qué hiciste anoche?

Y la peor respuesta era el silencio. Porque en ese silencio, cualquier monstruo podía esconderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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