Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 47: Un Secreto en la Bota
La marcha comenzó bajo un cielo de plomo.
El batallón de Vorden salió del fuerte como una pequeña serpiente de acero negro, dejando atrás los muros de piedra y la tumba fresca del Titán. El viento del norte nos golpeó en la cara nada más cruzar el umbral, un recordatorio de que cada paso nos alejaba más de la civilización y nos acercaba al hielo profundo.
Yo cabalgaba en mi posición habitual, en el centro de la columna, pero me sentía como un fantasma.
Mi cuerpo dolía con cada trote del caballo. No era el dolor muscular de la batalla, sino esa sensibilidad persistente, ese eco fantasma entre mis piernas que me gritaba que algo había ocurrido.
Me mantuve envuelta en la capa, con la mirada baja, evitando los ojos de los soldados. ¿Fuiste tú?, pensaba cada vez que veía a un hombre mirarme. ¿O tú?
Delante de mí, Vorden cabalgaba erguido, su espalda ancha bloqueando el viento. No se había girado ni una sola vez. Su indiferencia era un muro más alto que los del fuerte. Si él me veía como una herramienta, entonces yo actuaría como tal. Fría. Dura. Inerte.
Pero mi mente era un hervidero.
—Mantengan el paso —ordenó Raymond, pasando a mi lado. Me dedicó un asentimiento breve, respetuoso, antes de seguir hacia la vanguardia.
Aceleré el paso de mi caballo para cerrar la brecha, pero una molestia en mi pie derecho me distrajo.
Empezó como algo pequeño, una presión incómoda en el arco del pie, dentro de la bota. Una piedra, pensé. Debió entrar cuando corría por el salón esta mañana, o quizás un pliegue del calcetín.
Traté de ignorarlo. Apreté los dientes y seguí cabalgando, dejando que el dolor físico me distrajera del caos mental.
Pero la molestia creció. Con cada paso del caballo, el objeto se clavaba más, rozando mi tobillo, moviéndose de una forma que no se sentía como una piedra. Se sentía… suave. Y a la vez, intrusivo.
Aguanté dos horas. Dos horas de tortura silenciosa y paranoia creciente.
—¡Descanso! —gritó Vorden desde la cabeza de la columna. Se detuvieron junto a un risco que protegía del viento—. ¡Veinte minutos! Revisen las cinchas y den agua a las bestias.
Desmonté casi cayéndome, mis piernas entumecidas por el frío y la tensión. Llevé a mi caballo hacia el abrevadero natural que formaba el hielo derretido, pero no esperé.
Me alejé cojeando hacia un grupo de rocas solitarias, dándole la espalda al batallón de hombres. Necesitaba sacarme esa maldita piedra antes de que me hiciera una ampolla.
Me senté en una piedra fría, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie me seguía. Los cinco de la Élite estaban apostados en el perímetro, estatuas negras vigilando el horizonte. Mi mirada se detuvo en uno de ellos por un segundo, un escalofrío recorriéndome la espalda, pero me obligué a concentrarme.
Desabroché las correas de mi bota derecha con dedos torpes por el frío. Tiré del cuero rígido, haciendo muecas, hasta que mi pie, cubierto por un calcetín de lana gruesa, quedó libre.
Volqué la bota y la sacudí.
No cayó ninguna piedra.
Fruncí el ceño. Metí la mano dentro, palpando el interior, buscando el objeto que me había estado torturando. Mis dedos rozaron algo en el fondo, cerca del talón. Algo de tela fina.
Tiré de ello.
El aire se congeló en mis pulmones.
En mi mano, arrugada y tibia por mi propio calor corporal, sostenía mi ropa interior. La seda grisácea y el encaje sencillo que había llevado la noche anterior. La prenda que había desaparecido.
La solté como si fuera una brasa ardiendo. Cayó sobre la nieve blanca, una mancha de pecado y secreto.
Mi corazón se detuvo y luego arrancó a galope tendido.
—No… —susurré, llevándome las manos a la boca.
Me había puesto esas botas esta mañana. Estaba segura. Había metido los pies y no había nada dentro. Estaban vacías. Lo recordaba. ¿Lo recordaba?
Mi mente, ya fragmentada por el olvido del alcohol, empezó a resquebrajarse. ¿Estaban ahí todo el tiempo y estaba tan aturdida que no las sentí hasta ahora? ¿O alguien las puso ahí después?
Miré hacia el campamento. A los soldados. A la Élite.
Alguien se había acercado a mí. Alguien había deslizado esto dentro de mi bota mientras estaba distraída, o mientras dormía en el cuarto vacío antes de salir.
Era un mensaje. Sé lo que hiciste. Tengo tu secreto. Y te lo estoy devolviendo.
—¿Pasa algo?
La voz profunda de Vorden me hizo saltar.
Me giré violentamente, interponiendo mi cuerpo entre él y la prenda en la nieve. Vorden estaba a unos pasos, mirándome con el ceño fruncido. Había bajado del caballo y se había acercado sin hacer ruido, como el depredador que era.
Sus ojos negros escanearon mi postura defensiva, mi pie descalzo sobre la roca, mi respiración agitada.
—Te vi cojear —dijo, su tono carente de calidez, puramente pragmático—. Si tienes una herida en el pie, dímelo. No voy a parar la marcha porque se te infecte una ampolla.
Mi corazón latía tan fuerte que temí que pudiera escucharlo. Mi pie descalzo estaba a centímetros de la ropa interior. Si él daba un paso más a la derecha… si la veía…
La matanza empezaría aquí mismo.
—Es solo una piedra —mentí, mi voz saliendo más aguda de lo normal. Me agaché rápidamente, fingiendo masajearme el tobillo, y con un movimiento rápido de mi otra mano, agarré la prenda y la metí dentro de mi manga, apretándola contra mi muñeca—. Ya la saqué. Estoy bien.
Vorden me miró un segundo más, sus ojos entrecerrados, como si pudiera oler la mentira en el aire gélido.
—Bien —dijo finalmente.
Dio media vuelta, pero se detuvo. Sin mirarme, habló de nuevo.
—No vuelvas a alejarte sola. Hay cosas en estas montañas peores que el frío.
Cuando se alejó, volviendo con sus hombres, solté el aire que había estado conteniendo.
Saqué la prenda de mi manga y la miré una última vez. Mis manos temblaban.
Alguien estaba jugando conmigo. Alguien sabía.
Apreté la tela en mi puño hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Una extraña mezcla de terror y poder me invadió.
Vorden me veía como un objeto. Una llave. Una propiedad. Bien. Pues su propiedad tenía secretos.
Si no me das mi lugar como mujer, pensé con una furia renovada, guardando la prenda en mi bolsillo interior, contra mi pecho, haré lo que quiera con quien quiera. Mi cuerpo es lo único que es mío.
Me calcé la bota de nuevo. La molestia había desaparecido, pero el peso del secreto ahora era mucho más pesado que cualquier piedra.
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