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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 48: La Calma de la Manada

El tiempo en el norte se medía en kilómetros de hielo y raciones de carne seca.

Habían pasado dos semanas desde que dejamos atrás el fuerte de Tharvok y la tumba sin nombre. Dos semanas de marcha implacable bajo un cielo que rara vez veía el sol, donde el viento aullaba una canción constante y monótona.

Para mi sorpresa, la vida en la columna no era el infierno que esperaba.

Sin las murallas de un castillo y sin la opulencia decadente de la corte, las jerarquías se aplanaban. Aquí, en el camino, el frío no distinguía entre elfas y titanes.

Los soldados habían dejado de mirarme como a una curiosidad o una presa. Después de la arena, después de verme matar y sangrar, algo había cambiado. No me saludaban con formalidad, pero me pasaban el odre de agua sin dudar. Me hacían espacio junto al fuego por las noches. Cuando repartían el guiso, mi cuenco se llenaba igual que el de los demás.

Por primera vez en años, me sentía… persona.

Vorden se mantenía distante. Cabalgaba siempre en la vanguardia, una figura solitaria envuelta en pieles negras, liderando con una eficiencia aterradora. Raymond estaba siempre a su lado, ocupado con la logística y los mapas. Apenas cruzábamos palabra, salvo alguna orden rápida para mantener la formación. Su indiferencia, que al principio me enfurecía, ahora se sentía como una tregua.

Sin su mirada constante quemándome la nuca, casi podía olvidar lo que era.

Casi.

Porque la noche siempre llegaba.

Dormíamos en campamentos improvisados, aprovechando cuevas naturales o montando tiendas bajas de cuero curtido cuando el terreno lo permitía. Para una elfa que había aprendido a dormir en los callejones traseros de la capital durante lo peor del invierno, esto era casi un lujo. Un saco de dormir seco y fuego cerca eran bendiciones que no daba por sentado.

Pero el sueño era ligero.

Cada crujido de una rama, cada paso de los centinelas en la nieve, me hacía abrir los ojos en la oscuridad, con la mano aferrada a la daga bajo mi almohada.

La paranoia se había convertido en mi segunda piel.

Durante dos semanas, había esperado. Esperaba que una mano se deslizara dentro de mi tienda. Esperaba ver la silueta de un encapuchado, o del propio Vorden, viniendo a reclamar lo que fuera que creyeran suyo.

Pero no venía nadie.

Los cinco de la Élite eran espectros. Cabalgaban en la retaguardia o en los flancos, separados del resto, viviendo en su propio mundo de silencio y letalidad. No se acercaban a los soldados, no se acercaban a Vorden salvo que fuera necesario, y definitivamente no se acercaban a mí. Si alguno de ellos era mi “visitante” de aquella noche, era un actor consumado.

La disciplina de los soldados era férrea. Las provisiones habían disminuido, pero no había hambre. Los arqueros eran letales; si una liebre blanca o un zorro ártico asomaba el hocico a cien metros, terminaba en la olla esa misma noche. El alcohol, causante de mi tormento y mi olvido, había desaparecido de la vista, guardado celosamente para emergencias o fríos extremos.

Sin borracheras, sin batallas, sin acoso. Solo el ritmo hipnótico de los cascos sobre la nieve y la rutina de la supervivencia.

Era una más. Una sombra entre el pequeño batallón, buscando no destacar ni para bien ni para mal.

Me ajusté la bufanda, cubriéndome hasta la nariz mientras cabalgaba. Miré a los hombres a mi alrededor, bromeando en voz baja sobre el frío. Me sentía parte de algo, aunque fuera una ilusión.

Pero en el fondo, sabía que esta calma era frágil. Éramos una manada de lobos cruzando un desierto de hielo. Y yo no era un lobo. Yo era la Llave que colgaba del cuello del alfa, y tarde o temprano, alguien intentaría girarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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