Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 4 Una Sonrisa de Metal
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5: Capítulo 4: Una Sonrisa de Metal 5: Capítulo 4: Una Sonrisa de Metal La luz gris del amanecer apenas se filtraba por las ventanas altas cuando la puerta se abrió.
Mi cuerpo se tensó bajo las sábanas de seda, preparándose para la silueta imponente y la arrogancia oscura de mi captor.
Pero no fue él quien entró.
Era un hombre bajo, con túnicas color hueso y una bolsa de cuero gastado colgada al hombro.
Un curandero.
No me saludó.
No hubo cortesías.
Solo se acercó a la cama con la eficiencia de quien ha remendado a demasiados soldados y ha perdido la paciencia para la compasión.
—Siéntate —ordenó, dejando su bolsa sobre la mesa de noche con un golpe sordo.
Obedecí, no por sumisión, sino porque respirar por la boca me había dejado la garganta seca como un desierto y el dolor en la cara era un latido constante y nauseabundo.
—El comandante quiere que estés presentable —murmuró el hombre, sus manos brillando con una luz tenue, de un verde pálido y enfermizo.
Sin previo aviso, colocó las manos sobre mi nariz.
Grité, pero el sonido se ahogó en mi garganta cuando la magia invadió mis tejidos.
No se sintió cálida ni suave.
Se sintió como si mil hormigas de hielo corrieran bajo mi piel.
Hubo un crac repugnante y húmedo, un sonido que resonó dentro de mi propio cráneo, seguido de una presión inmensa mientras el cartílago y el hueso se obligaban a volver a su lugar.
Las lágrimas brotaron de mis ojos, nublando mi visión.
—Quédate quieta —espetó cuando intenté apartarme.
El dolor agudo se desvaneció, reemplazado por un entumecimiento hormigueante.
Me toqué la nariz.
Estaba recta.
La piel estaba sensible, pero el hueso estaba entero.
Como si nunca hubiera pasado.
—Abre la boca.
Dudé.
El curandero suspiró, impaciente.
—No tengo todo el día, chica.
Y él vendrá pronto.
No querrás que te encuentre lloriqueando.
Esa amenaza fue suficiente.
Abrí la boca, exponiendo el hueco sangriento en mi encía.
El curandero frunció el ceño, inspeccionando el daño.
Luego, rebuscó en su bolsa y sacó algo pequeño que brilló bajo la luz tenue.
No era un diente orgánico.
No iba a regenerar el hueso perdido.
Era metal.
Plata pulida, fría y dura.
—Esto servirá —dijo.
Antes de que pudiera protestar, introdujo la pieza de metal en el hueco.
Canalizó más magia, y sentí cómo la encía crecía y se endurecía alrededor de la base artificial, sellándola en mi mandíbula.
El dolor fue agudo, un pinchazo de fuego localizado, y luego…
nada.
Solo una extraña pesadez.
El curandero se apartó, limpiándose las manos en sus túnicas.
—Listo.
En cuanto la puerta se cerró tras él, salté de la cama y corrí hacia el espejo de cuerpo entero en la esquina de la habitación.
Mi reflejo me devolvió la mirada.
La nariz estaba perfecta, sin moretones, con la misma curva altiva de siempre.
Pero cuando separé los labios, el destello plateado captó la luz.
Pasé la lengua por el diente nuevo.
Era liso.
Frío.
Un intruso en mi propia boca.
Sabía a acero y a violencia.
No era una curación.
Era una marca.
Cada vez que comiera, cada vez que hablara, cada vez que besara…
sentiría ese metal frío contra mi lengua.
Un recordatorio eterno e imborrable de que, aunque mi cara estaba arreglada, el hombre de la habitación contigua me había roto.
Y ahora, llevaba una parte de su brutalidad incrustada en mi propia sonrisa.
La puerta principal se abrió de golpe detrás de mí.
Vi su reflejo en el espejo antes de darme la vuelta.
Estaba allí, vestido con ropa de entrenamiento negra ajustada, mirándome con esa intensidad depredadora.
Sus ojos fueron directamente a mi boca.
Y sonrió.
—Te queda bien —dijo, su voz ronca deslizándose por mi columna—.
Te hace parecer…
peligrosa.
Antes de que pudiera reaccionar o decir algo más, él me empujó dentro de una habitación que era más grande que mi casa entera.
El baño era una caverna de mármol negro y piedra volcánica, dominada por una bañera hundida en el suelo del tamaño de un lago pequeño.
El vapor ya llenaba el aire, denso y húmedo, empañando los espejos de pared a pared.
No había cortinas.
Ni biombos.
Nada donde esconderse.
Escuché el clic del cerrojo detrás de mí.
Un sonido definitivo.
Me giré, cruzando los brazos sobre la camisa enorme que llevaba, intentando proteger la poca dignidad que me quedaba.
Él estaba apoyado contra la puerta cerrada, ocupando todo el espacio, bloqueando la única salida.
—Báñate —ordenó.
Su voz rebotó en los azulejos, imperiosa y fría—.
Apestas a estiércol de caballo y a sangre seca.
No pienso entrenar con alguien que huele a establo.
La indignación me subió por la garganta, tan caliente como el vapor.
—Entonces lárgate —espeté, señalando la puerta con un dedo tembloroso—.
No voy a desnudarme contigo ahí parado como una gárgola.
Él ni se inmutó.
De hecho, se cruzó de brazos, acentuando la anchura de sus hombros y la tensión de los bíceps bajo la tela negra de su ropa.
—Ya te he visto, elfa.
Conozco cada cicatriz, cada peca y cada curva de tu cuerpo.
No tienes nada que no haya visto anoche mientras te limpiaba la sangre.
—Su mirada se oscureció, bajando lentamente hasta mis pies descalzos y subiendo de nuevo, pesada y tangible—.
Además, no confío en que no intentes ahogarte o romper algo para fabricar un arma.
Me quedo.
Apreté la mandíbula tan fuerte que mi nuevo diente de metal chocó contra los inferiores, un sabor férreo llenando mi boca.
No iba a ceder.
Pero la picazón de la suciedad y el olor rancio de mi propia piel eran insoportables.
Y él no se iba a mover.
Lo vi en la línea obstinada de su mandíbula.
Con dedos furiosos, agarré el dobladillo de la camisa.
Lo miré a los ojos, desafiante, esperando que apartara la vista.
No lo hizo.
Me quité la camisa y la dejé caer al suelo.
El aire húmedo golpeó mi piel, pero fue su mirada la que realmente me quemó.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, no con lujuria descarada, sino con una intensidad clínica, depredadora, que hacía que mis pezones se endurecieran traicioneramente y mi piel se erizara.
Se sentía como si me estuviera tocando sin mover un dedo.
Entré al agua hirviendo, silbando cuando el calor tocó mis heridas superficiales.
Me lavé con rabia.
Froté mi piel hasta dejarla roja, intentando quitarme la suciedad y, de paso, la sensación de sus ojos clavados en mi espalda.
El agua se volvió turbia a mi alrededor.
Él no dijo nada.
Solo observaba.
Cada vez que me giraba para alcanzar el jabón, él seguía allí, rastreando cada gota de agua que resbalaba por mi cuello, por mi pecho, por mis muslos.
La tensión en la habitación era tan espesa que costaba respirar.
Era una tortura silenciosa, una mezcla de humillación y una corriente eléctrica que zumbaba entre nosotros, cargada de todo lo que no estábamos diciendo.
Finalmente, salí.
El agua goteaba de mi cuerpo al suelo de piedra.
No me cubrí.
Me negué a darle la satisfacción de verme acobardada.
Levanté la barbilla, mi cuerpo desnudo y expuesto bajo la luz implacable.
Él se despegó de la puerta.
Caminó hacia mí y mi corazón se detuvo un segundo.
Pero no me tocó.
Se agachó y recogió un saco de tela basta que había dejado en el suelo.
Lo lanzó contra mi pecho.
Lo atrapé por instinto, la tela áspera raspando mi piel sensible.
—Vístete —dijo, su voz había bajado un tono, volviéndose áspera, como grava triturada.
Miré el contenido del saco.
Pantalones de entrenamiento, una faja para el pecho y una túnica gris sin forma.
Ropa de recluta.
Ropa de nadie.
Levanté la vista hacia él, sosteniendo el saco contra mí como un escudo inútil.
Él no se había dado la vuelta.
Seguía allí, a un metro de distancia, devorándome con la mirada, con las pupilas dilatadas tragándose el iris.
—¿Te vas a quedar mirando mientras me visto también?
—pregunté, mi voz temblando por la mezcla de furia y la adrenalina de su cercanía.
Él dio un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para verle la cara.
Su expresión era de pura exasperación, pero había fuego en el fondo de esos ojos oscuros.
—¿Eres sorda o tonta, elfa?
—gruñó, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oreja húmeda—.
He dicho que te vistas.
No tengo la paciencia ni el autocontrol para repetirlo una tercera vez.
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