Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 49: Una Noche Más
Otro día cabalgando. Otro día siendo una más en el destacamento de elite del Titán mestizo.
La rutina se había vuelto un anestésico. Despertar, desmontar la tienda, cabalgar, comer carne seca, montar el campamento, dormir. Repetir. Los días se fundían en una masa gris y blanca, y yo me fundía con ellos, convirtiéndome en una sombra de mí misma.
Cae la noche, pesada y absoluta, pero el sueño no llega.
Salgo de mi tienda de campaña deslizándome como un espectro. Nadie me ve. Nadie me escucha. Los centinelas están en el perímetro exterior, y el resto del campamento duerme el sueño de los justos o de los agotados.
Me alejo unos metros, buscando el borde de la oscuridad, y ahí, en la soledad helada, dejo que se rompa la presa. Dejo entrar todos esos pensamientos que mantengo a raya durante el día bajo la máscara de soldado obediente.
Estoy envuelta en mi propia paranoia.
Me abrazo a mí misma, no por el frío, sino porque mi piel se siente ajena. Paso el día buscando miradas furtivas, analizando si algún soldado se detiene demasiado tiempo en mis pechos o en mis caderas. Trato de recordar el tacto, el peso, o al menos el aroma del hombre que estuvo entre mis piernas aquella noche.
Pero no hay nada. Solo un vacío negro y aterrador.
Pienso con cabeza fría, respirando el aire cortante. ¿Por qué no puedo recordar?
He bebido en las tabernas más inmundas del reino. He competido contra enanos y gané. He despertado con resacas que matarían a un caballo, pero siempre, siempre recordaba. A veces mi mente omitía detalles, momentos borrosos, ¿pero una noche entera? Jamás.
—Piensa como la ladrona que eres —me susurro, repitiendo el mantra que me mantuvo viva en las calles.
La única explicación lógica era aterradora, pero obvia: había algo en mi bebida.
¿Y si fue un grupo de soldados? ¿Si fue más de uno? Mi sangre se helaba con el mero pensamiento, imaginándome usada como un trapo sucio por una fila de hombres sin rostro.
Pero luego, la lógica volvía a imponerse. No son tan estúpidos. Ellos saben que a Vorden no le gusta que toquen sus juguetes. Raymond lo dijo. El miedo al comandante es más fuerte que cualquier lujuria.
Entonces, ¿quién?
Raymond… Recuerdo sus palabras: “Fue muy valiente lo que hiciste”. Raymond sabía entrar y salir de los muros del castillo, moverse sin ser visto. Es, sin duda, sigiloso. ¿Podría haber sido él? ¿El hombre recto y leal escondía un deseo oscuro?
¿O los cinco de Élite? Son aún más leales que los soldados rasos, pero viven bajo sus propias reglas. Son sombras con espadas. Si uno de ellos quisiera tomarme, ni siquiera me habría enterado hasta que fuera demasiado tarde.
—No, no son tan idiotas, no tocarían los juguetes do Vorden…Además, no soy su puto juguete —siseo a la noche, pateando un montículo de nieve—. Soy Colmillo… Aldariel.
¿Soy Aldariel?
Soy…Elfa. Llave. Colmillo. Puta. Juguete.
—No… solo soy una estúpida por seguir aquí.
Pero cada noche lo siento. Cada noche es más fuerte, más claro. Ya no son sueños febriles ni visiones de fuego. Nada de eso. Es un constante sentimiento de pertenencia.
De que debo llegar a donde sea que Vorden me quiere llevar.
Ese lugar… me llama. Tira de mi ombligo como un anzuelo invisible. No sé qué es. No sé qué buscamos. No sé para qué me necesita el Titán realmente.
“No me sirves muerta” dijo.
¿Y si solo me lleva para matarme allí? ¿Y si me mantiene viva, alimentada y protegida, solo para sacrificarme en el momento correcto, en el altar correcto?
—¡Carajo!
Mi mente es un desastre. Un laberinto de espejos rotos.
Necesito dejar de pensar. Necesito coger. Necesito distraerme, perderme un momento en el placer físico para escapar de mis propios pensamientos, para sentir que al menos tengo el control de mi cuerpo, aunque sea por unos minutos.
Pero no será esta noche.
Suspiro, soltando una nube de vapor blanco, y me doy la vuelta para regresar a mi tienda.
Me detengo en seco.
Ahí, parado a unos diez metros, inmóvil como una estatua de obsidiana, está Vorden.
No sé cuánto tiempo lleva ahí. No hizo ningún ruido. Está mirando hacia la lejanía, hacia el norte, pero sé que sabe que estoy aquí. Su presencia es tan pesada como la montaña misma.
El instinto me grita que corra o que pelee, pero estoy cansada.
Camino hacia mi tienda. Tengo que pasar junto a él.
Mis botas crujen en la nieve. Me acerco. Él no se inmuta. No gira la cabeza. Sus ojos negros están fijos en el horizonte oscuro, perdidos en sus propios cálculos, ¿en sus propios demonios?
Paso a su lado, tan cerca que podría tocar su capa, tan cerca que huelo el cuero y el acero frío.
Me detengo un segundo antes de entrar en la tienda. Giro la cabeza para mirarlo una última vez.
Vorden sigue ahí. De pie. Solo. Un monstruo vigilando a otro monstruo, mirando a la lejanía.
—Imbécil —murmuro, lo suficientemente alto para que me escuche si quiere.
No responde.
Me metí en la tienda y me deje caer en el saco de dormir, cerrando los ojos con fuerza, rezando para que el sueño me lleve antes de que la locura lo haga.
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