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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 51

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Capítulo 51: Capítulo 50: El Lago del Velo Gris

Al tercer día después de mi crisis nocturna, el paisaje cambió.

Las montañas escarpadas y los valles de roca gris dieron paso a una planicie blanca, inmensa y aterradora, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. No era nieve. Era hielo.

Habíamos llegado al Lago del Velo Gris. Un nombre que los soldados pronunciaban en voz baja, como si temieran invocar una maldición antigua.

—¡Desmonten! —bramó Vorden, su voz cortando el viento afilado—. ¡Nadie cruza a caballo! ¡Repartan el peso!

La orden recorrió la fila. Cruzar el Velo Gris nos ahorraría cuatro días de marcha rodeando la cuenca, pero el precio era el riesgo. El hielo era grueso, decían, capaz de soportar el peso de un mamut, pero un destacamento, aun de poco menos de 30 hombres con sus caballos marchando al unísono podía resquebrajar la superficie y enviarnos a todos al abismo negro que aguardaba debajo.

Bajé de mi caballo, acariciando su cuello para calmarlo. El animal estaba nervioso, resoplando vapor, sus cascos resbalando ligeramente en la superficie vidriosa.

Puse un pie en el hielo.

No hubo crujido, pero sí una vibración. Un zumbido grave que subió por la suela de mi bota y recorrió mis huesos.

—Sepárense —ordenó Raymond—. Diez metros entre cada hombre. Caminen en silencio. Sin movimientos bruscos.

La columna se deshizo, convirtiéndose en una constelación de figuras oscuras dispersas sobre el lienzo blanco. Empezamos a caminar.

El mundo se volvió silencioso. El único sonido era el viento y el roce de las botas. Miré hacia abajo. El hielo no era blanco opaco; era transparente, negro como la obsidiana, revelando profundidades insondables donde no llegaba la luz.

Caminé con la vista fija en mis botas, concentrada en no resbalar. Y entonces, sentí algo que me heló la sangre más que el aire del norte.

Con cada paso que daba, sentía una presión inversa bajo mis pies.

No era el eco de mi pisada. Era algo físico. Como si alguien caminara justo debajo de mí, al otro lado del hielo, haciendo coincidir sus pasos con los míos planta contra planta. Miré mi reflejo en la superficie oscura. Parecía normal, distorsionado por las imperfecciones del hielo, pero la sensación de peso era innegable.

Mi reflejo me devolvía la pisada.

—¿Escuchan eso? —susurré, buscando validación.

El soldado más cercano me miró confundido y negó con la cabeza, pidiendo silencio.

Pero el sonido empezó. No venía del viento. Venía de abajo, de esa figura que caminaba bajo mis pies.

…ven…

Me detuve en seco. Mi corazón se saltó un latido.

…hija de sangre… ven…

La llamada tiró de mí con una fuerza física, como un gancho en el ombligo. Sentí que el aire se volvía denso, como si estuviera caminando bajo el agua. Los sonidos del batallon se apagaron.

Mis pies se movieron solos, siguiendo el ritmo de los pasos fantasmas bajo el hielo.

Solté las riendas de mi caballo. Me desvié de la ruta marcada, caminando hacia una zona donde una grieta zigzagueaba como una vena abierta. Una luz tenue, violeta y pulsante, emanaba de allí.

…baja… te estamos esperando…

Estaba al borde de la grieta. Podía ver el agua negra lamiendo los bordes. Solo tenía que dar un paso más. Solo tenía que dejarme caer para unirme a mi reflejo.

Levanté el pie, hipnotizada.

—¡Aldariel!

El grito fue ruido. Yo quería la música. Me incliné hacia adelante.

Una mano de hierro se cerró alrededor de mi brazo.

El impacto fue brutal. El calor abrasador de la mano de Vorden chocó con el frío sobrenatural que me envolvía.

Una chispa visible, un arco de electricidad estática azulada, saltó entre nuestra piel.

El mundo real regresó de golpe. Jadeé, tomando una bocanada de aire helado que me quemó los pulmones, y mis rodillas cedieron. Vorden me arrastró violentamente lejos del borde hasta una zona segura y me giró para enfrentarme.

Sus ojos negros estaban muy abiertos. Había pánico en ellos.

—¡¿Qué demonios crees que haces?! —rugió, sacudiéndome—. ¡Casi te matas!

Parpadeé, aturdida, mirando la grieta silenciosa. La voz se había ido, pero la ira de Vorden era muy real. Me soltó la mano como si le quemara, frotándose la palma donde la chispa había saltado.

—El hielo me habló —dije, mi respiración agitada—. Me llamaba.

Vorden apretó la mandíbula, mirando a su alrededor con paranoia.

—Vuelve a tu caballo. Y si vuelves a escuchar voces, Aldariel, más te vale gritar antes de intentar suicidarte. No te saqué de la mierda del sur para que te ahogues como una rata en el norte.

La preocupación disfrazada de insulto encendió mi propia furia.

—¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé, comandante! —le grité en la cara, importándome poco quién nos mirara—. Tu preciosa llave debe llegar viva a la jodida cerradura para que sirva de algo. ¡Lo tengo claro!

Lo fulminé con la mirada, mis ojos verdes clavados en los suyos oscuros.

—¡Así que déjame en paz!

Vorden se quedó momentáneamente callado, sorprendido por el mordisco en mi respuesta. Pero no dijo nada más. Se dio la vuelta, ordenando a la columna avanzar.

Cuando volví a mi montura, miré mis manos. Aún sentía el eco de la electricidad. Él lo había sentido. Yo lo había sentido.

El Velo Gris sabía que yo estaba aquí. Y aunque le grité a Vorden para alejarlo, una parte de mí sabía que tenía razón: ahora, más que nunca, mi supervivencia dependía de no escuchar lo que caminaba bajo el hielo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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