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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 51: Hija de los Fae

Al anochecer, las botas del destacamento tocaron tierra firme.

Habíamos llegado al otro extremo del Lago del Velo Gris. A nuestras espaldas, la inmensa planicie de hielo se desvanecía en la oscuridad, cubierta ahora por una fina capa de neblina que parecía exhalada por la boca del abismo.

El alivio era palpable. Los hombres se movían con rapidez, pero en silencio, montando el campamento en la ladera rocosa que bordeaba la orilla. Los caballos, con los bozales puestos, comían grano con avidez nerviosa, felices de no tener que resbalar más.

Se encendieron un par de fogatas, puntos de luz anaranjada luchando contra la inmensidad azul oscura de la noche norteña. La plática de los soldados era apenas un leve susurro, un murmullo respetuoso como si temieran que levantar la voz pudiera despertar a lo que fuera que dormía bajo el hielo.

Yo me alejé del calor de los fuegos.

Me senté en un tronco caído, cubierto de escarcha, dándole la espalda al campamento y mirando hacia el lago. Mis ojos intentaban penetrar la neblina que empezaba a espesarse sobre la superficie.

Hija de sangre…

Las palabras del hielo seguían resonando en mi cráneo.

Escuché el crujido de botas acercándose. No necesitaba girarme para saber quién era. El peso de su presencia era inconfundible. Vorden caminaba por el perímetro, revisando a la tropa, pero sus pasos se desviaron hacia mí.

Se detuvo a un par de metros. No dijo nada al principio. Sentí su mirada en mi nuca, evaluando, quizás buscando señales de locura en su “Llave”.

Abrió la boca para hablar, tal vez para dar una orden o una advertencia, pero se detuvo.

Vi cómo su postura se tensaba. Un escalofrío visible recorrió su cuerpo, erizando el pelaje de su capa negra.

La temperatura cayó en picada. No fue gradual. Fue un golpe.

La neblina frente a mí, que hasta hace un segundo era una bruma perezosa, cobró vida. Se volvió densa, sólida, antinatural. Se abalanzó sobre la orilla con una velocidad imposible, como una ola rompiente de vapor blanco.

—¡Aldariel! —escuché la voz de Vorden, pero sonó lejana, ahogada.

En segundos, el mundo desapareció.

La niebla nos envolvió a todos. Era tan espesa que, al levantar la mano frente a mi cara, apenas distinguía mis propios dedos. El brillo de las fogatas se extinguió como si nunca hubiera existido.

Me puse de pie de un salto, el corazón martilleando.

—¡Vorden! —grité, girando sobre mis talones—. ¡Raymond!

Nada. El sonido moría en cuanto salía de mi garganta, absorbido por la blancura algodonosa. Caminé a ciegas, tropezando con piedras invisibles, buscando una forma, una sombra, algo.

Pero estaba sola en el vacío blanco, no había árboles, no estaba el pequeño batallon, no haba titan.

Entonces, el aire frío rozó mi oreja. No fue el viento. Fue un aliento.

—Ven…

Me congelé. La voz era antigua, ni masculina ni femenina. Sonaba a hojas secas y a tierra mojada.

—Ven, hija mía…

Mis rodillas temblaron. ¿Hija?

—El ciclo te llama… el ciclo espera… la vida regresa…

La voz se movió alrededor de mí, envolviéndome como la propia niebla.

—Ven… Hija de los Fae.

La palabra me golpeó como una bofetada. Fae. Una raza de cuentos, de leyendas extintas, de monstruos hermosos que robaron el mundo antes que los humanos y los titanes.

—¿Qué…? —susurré.

Y tan rápido como llegó, la presión desapareció.

La niebla se disipó, rasgándose como tela podrida, revelando la noche clara y las estrellas frías.

Parpadeé, desorientada. Me había alejado unos veinte metros del tronco, casi entrando de nuevo en la zona del hielo.

Escuché pasos apresurados, pesados, corriendo hacia mí.

Me giré. Vorden corría con la espada desenvainada, con el rostro pálido y perlado de sudor frío. Se detuvo frente a mí, escaneando el entorno frenéticamente antes de clavar sus ojos en los míos.

—¿Qué demonios acaba de pasar? —preguntó, jadeando.

Lo miré, todavía con el eco de la palabra “Fae” rebotando en mi mente.

—¿La escuchaste? —pregunté, con la esperanza estúpida de no estar loca.

Vorden me miró con el ceño fruncido, bajando ligeramente la espada.

—¿De qué hablas? —espetó, incrédulo—. En esa maldita neblina espectral no se escuchaba nada. Absolutamente nada. Era silencio puro. Los soldados están desconcertados, nos envolvió a todos en un parpadeo y luego… nada.

Me miró con intensidad, buscando respuestas en mi expresión.

—¿Qué escuchaste tú, Aldariel?

Tragué saliva. Hija de los Fae. Si le decía eso… si le decía que la magia antigua me reclamaba como pariente… Vorden me vería como una amenaza aún mayor. O peor, como un experimento.

Forcé una sonrisa torcida, cubriéndome con mi armadura de cinismo.

—Nada importante, comandante. Lo de siempre. El llamado “ven”, voces de fantasmas aburridos… —Me encogí de hombros, restándole importancia—. Pero sigo viva, ¿no? Es lo único que importa. Que la Llave esté bien para abrir tu puerta.

Vorden apretó la mandíbula, sabiendo que le ocultaba algo, pero incapaz de probarlo.

—Ahora, si me disculpa, mi comandante —dije con desdén, pasando por su lado sin esperar permiso—, iré a mi tienda a dormir. Estoy harta de su norte y de sus climas dramáticos.

Caminé hacia el campamento, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que entré en mi tienda y cerré la solapa.

Me dejé caer en las pieles, pero el sueño fue esquivo.

Me quedé mirando el techo de cuero, repitiendo la palabra. Fae. ¿Mi madre? Era una elfa cualquiera ¿Mi padre? Hasta donde sé, el maldito era humano ¿Qué era yo realmente?

Entré en un letargo inquieto, a medio camino entre la vigilia y la pesadilla.

Horas después, o quizás minutos, sentí una presencia.

No dentro de la tienda, sino fuera. Justo al otro lado de la tela delgada. Podía sentir el peso de un cuerpo bloqueando el viento, una sombra proyectada por las brasas moribundas de las fogatas.

Me tensé, llevando la mano a la daga que escondía bajo la manta.

—La neblina… —la voz de Raymond sonó como un susurro arrastrado por el suelo, tan bajo que solo yo podía escucharlo—. Olía a ti.

Me quedé inmóvil.

—El comandante cree que algo en ti lo provocó —continuó Raymond. Su tono no era de acusación, sino de advertencia, teñido de un miedo reverencial—. No olía a humedad ni a hielo. Olía a flores silvestres y algo más…A tu magia.

La frase me sacó de mi letargo de golpe. Me senté en el saco de dormir.

—Si esa neblina es un reflejo de algo dentro de ti, debes tener cuidado, Colmillo —insistió la voz al otro lado—. El comandante cree… él está empezando a creer que no eres tú quien controla el poder, sino el poder quien te controla a ti. Y él no tolera lo incontrolable.

La duda se filtró en mi pecho. ¿Yo había hecho eso? ¿Yo había invocado la niebla para escuchar el mensaje?

El miedo se transformó en defensa agresiva.

—El comandante es un imbécil paranoico —respondí, mi voz cortante a través de la tela—. Y tú eres su perro faldero. Lárgate, Raymond. Déjame en paz.

Sentí el silencio al otro lado. La sombra vaciló por un segundo, como si quisiera añadir algo más, quizás una oferta de ayuda, quizás otra amenaza.

Pero finalmente, escuché el crujido suave de la nieve. Raymond se alejó, dejándome sola con el peso de la duda y una verdad que empezaba a florecer en mis venas.

Hija de los Fae.

Y olía a mí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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