Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 53
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 53 - Capítulo 53: Capítulo 52: Susurros de Acero
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 53: Capítulo 52: Susurros de Acero
El Bosque de las Agujas Negras hacía honor a su nombre.
Avanzábamos por un sendero que era poco más que una cicatriz de tierra congelada entre pinos milenarios. Las ramas, cargadas de hielo y escarcha, se entrelazaban sobre nuestras cabezas bloqueando casi toda la luz, creando un túnel perpetuo de penumbra azulada.
La espesura era tal que los caballos no podían maniobrar con carga. Los hombres llevaban las bolsas de provisiones al hombro, caminando con la nieve hasta las rodillas, mientras las bestias avanzaban ligeras para no atorarse en la maleza.
Vorden seguía al frente, incansable, una máquina de abrir camino. Raymond iba a su lado, consultando la posición del sol a través de los pocos claros que encontraban.
Un día más. Solo un día más para salir de esta trampa vegetal.
Miré a los soldados a mi alrededor. Temblaban de frío, con los labios agrietados y las cejas cubiertas de escarcha, pero nadie se quejaba. La moral seguía extrañamente alta. Se pasaban ánimos entre ellos, ajustaban las cargas de los compañeros más cansados.
—Vamos, chicos, el fuego de esta noche será grande —decía uno.
Era un grupo admirable. Una lealtad inquebrantable forjada en hierro.
—Lástima que le responden a un idiota —pensé con amargura, clavando la vista en la espalda de Vorden.
Unos metros más adelante, el Titán se detuvo en seco.
Levantó el puño cerrado por encima de su cabeza.
El efecto fue inmediato. El sonido de las botas cesó. El pelotón se congeló. Las manos fueron a los pomos de sus espadas al unísono. La formación se cerró instintivamente, protegiendo los flancos vulnerables y a los caballos.
Mis ojos buscaron a la Élite.
Ya no estaban.
Como humo en la ventisca, los cinco encapuchados se disolvieron. Vi a dos de ellos correr agachados hacia la maleza baja, desapareciendo en segundos. Los otros tres treparon por los troncos rugosos de los pinos con la agilidad de ardillas, perdiéndose en el dosel de ramas altas.
Unos segundos de silencio absoluto. Solo el viento silbando entre las agujas.
Vorden hizo un par de señas rápidas con la mano izquierda: dos dedos abajo, palma abierta, puño cerrado.
Me acerqué al soldado más cercano, un lancero joven que miraba nerviosamente a los arbustos.
—¿Qué significa? —pregunté en un susurro.
El soldado no apartó la vista del bosque.
—Nos rodearon… —murmuró, con el vapor de su aliento condensándose frente a su cara—. Bandidos del norte. Saqueadores de caravanas. Seguro quieren nuestras pro…
…
El sonido fue húmedo y seco a la vez.
El soldado dejó de hablar. Una flecha de plumas negras le había entrado por la garganta, asomando la punta ensangrentada por la nuca. Sus ojos se abrieron con sorpresa, boqueó buscando aire que ya no podía entrar, y se desplomó de rodillas.
—¡EMBOSCADA! —grité, desenfundando mi espada.
El bosque estalló.
Un alarido de guerra salvaje rompió la calma. De entre los árboles, decenas de figuras envueltas en pieles de lobo y cuero sucio se lanzaron sobre nosotros.
—¡Mantengan la línea! —rugió Vorden, decapitando al primer bandido que tuvo la mala suerte de llegar a él.
El caos se apoderó del sendero. El espacio era tan reducido que las lanzas eran inútiles; los hombres tuvieron que soltarlas y sacar dagas y espadas cortas. Era una carnicería cuerpo a cuerpo. El olor a sangre caliente se mezcló instantáneamente con el aroma a pino y resina.
Un bandido enorme, con un hacha oxidada, se lanzó hacia mí.
No lo pensé. Mi cuerpo reaccionó con la memoria muscular de mil peleas callejeras. Me agaché bajo su golpe torpe, giré sobre mis talones y le corté los tendones de la corva. El hombre cayó gritando y lo silencié con una estocada rápida en el riñón.
“Colmillo” estaba despierta.
Me moví con fluidez entre el acero, esquivando y atacando. Derribé a otro con una patada en la rodilla y usé su cuerpo como escudo contra un ataque lateral.
La presión era inmensa. Eran demasiados.
Retrocedí hasta recargarme contra el tronco masivo de un roble escarchado para cubrir mi espalda. Jadeaba, con el corazón bombeando adrenalina pura.
Entonces, lo sentí.
Una presencia al otro lado del árbol. Justo a mi espalda, separados solo por la corteza gruesa.
Me tensé. Mi oído se agudizó, filtrando los gritos de dolor y el choque de metales. Esperé. ¿Amigo o enemigo? Si era un bandido, intentaría rodear el árbol para matarme. Si era un soldado, estaría cubriéndose igual que yo.
Pero la figura no atacó. Se quedó ahí, quieta.
Y entonces lo escuché. Una voz que llegó a mí no como un grito, sino como un siseo distorsionado, deslizándose a través del ruido de la batalla como una serpiente, justo junto a mi oído.
—Extraño el aroma de tus bragas.
El mundo se detuvo.
Me congelé. El frío que sentí no venía del norte. Era un terror íntimo, viscoso, que me paralizó los pulmones.
Él está aquí. Está justo detrás de mí.
—¡Muere, perra!
Un bandido salió de la maleza frente a mí, sacándome del shock con un grito de guerra.
El instinto de supervivencia tomó el control sobre el pánico. Bloqueé su espada con la mía, desvié la hoja hacia la izquierda y le clavé mi daga en el cuello en un movimiento fluido y brutal. El hombre cayó gorgoteando sangre.
Sin perder un segundo, giré sobre el tronco del roble, con la espada en alto, lista para enfrentar al dueño de esa voz, lista para matar al fantasma que me atormentaba.
—¡Te tengo! —grité, rodeando el árbol.
Nadie.
Solo había nieve pisoteada y las raíces retorcidas del roble.
Miré hacia arriba, hacia las ramas. Nada. Miré a los lados. La batalla seguía rugiendo, soldados y bandidos matándose unos a otros.
—¿Dónde estás? —susurré, girando en círculo, con la respiración entrecortada.
No hubo respuesta. Solo más gritos, más acero.
—¡Flanco izquierdo, despejen! —la orden de Raymond resonó cerca.
No tenía tiempo para fantasmas. No tenía tiempo para el miedo. Un grupo de tres bandidos cargaba hacia mi posición.
Guardé el terror en el mismo lugar oscuro donde guardaba el recuerdo de esa noche, apreté los dientes y me lancé de nuevo a la batalla.
Peleé con una furia renovada, no por supervivencia, sino por rabia. Corté, esquivé y maté hasta que mis brazos ardieron.
Minutos después, el último bandido cayó bajo el martillo de guerra de un soldado.
El silencio volvió al bosque, roto solo por los gemidos de los heridos. La victoria estaba asegurada, la nieve estaba teñida de rojo, pero yo seguía mirando hacia los árboles, con la piel de gallina bajo la armadura, sintiendo que, aunque habíamos ganado, yo seguía siendo una presa.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com