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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 53: El Peso de los Muertos

El eco de la batalla se apagó, reemplazado por el gemido del viento entre las agujas de los pinos y el sonido de los hombres limpiando sus armas.

Vorden, con la armadura salpicada de sangre fresca que no era suya, se irguió en medio del sendero, una torre negra entre la nieve teñida de rojo.

—¿Bajas? —bramó, su voz resonando entre los troncos como un trueno.

Hubo un momento de silencio mientras los sargentos hacían el recuento rápido.

—Una, comandante —respondió Raymond, acercándose con el rostro sombrío—. El chico de la lanza. Flecha en la garganta.

Vorden asintió una sola vez, apretando la mandíbula.

—¿Heridos?

—Algunos con cortes y golpes, nada que impida marchar, pero cuatro necesitan atención seria.

Vorden miró los cuerpos de los bandidos esparcidos por el suelo, bultos de pieles sucias y extremidades torcidas.

—Recojan todo lo que sea útil —ordenó con frialdad—. Pieles, monedas, armas, botas. Si tenían pan duro en los bolsillos, lo quiero. Y dejen a los malditos ahí tirados como alimento para los carroñeros. Que los lobos coman caliente hoy.

Los soldados se movieron rápidamente para cumplir la orden, despojando a los muertos con la eficiencia de quien sabe que en el norte nada se desperdicia.

—Raymond —llamó Vorden de nuevo—, ¿cuántos necesitan ayuda para caminar?

—Unos cuantos, señor. Los cortes en las piernas son los peores.

—¿Camillas suficientes para el muerto y los heridos graves?

Raymond miró alrededor, analizando el batallón y los suministros improvisados con ramas y capas.

—Sí, señor. Cuatro heridos que requieren transporte y el cuerpo de nuestro hermano caído.

Vorden se quitó el guantelete derecho, sacudiendo la sangre, y se acercó a la camilla improvisada donde yacía el joven lancero, cubierto ahora con su propia capa.

—Tú y yo cargaremos el cuerpo —dijo Vorden, agarrando las varas delanteras de la camilla.

Raymond parpadeó, sorprendido por un instante, pero se recuperó rápido.

—comandante, los hombres pueden…

—He dicho que tú y yo —cortó Vorden—. Murió bajo mi mando. Yo llevaré su peso. Que los soldados más fuertes ayuden con las otras cuatro camillas. Nadie se queda atrás.

Raymond asintió con respeto y tomó las varas traseras.

—¿La Élite? —preguntó Vorden, mirando hacia las copas de los árboles.

Uno de los cinco descendió de entre las ramas con un salto silencioso, aterrizando en la nieve sin levantar polvo. Limpiaba una daga negra con un trapo.

—Todo bien, comandante —dijo la voz amortiguada bajo la capucha—. Al parecer solo eran bandidos desesperados buscando ropa, dinero y comida. No había estrategia real.

—Pues cenarán en el infierno —gruñó Vorden.

Me quedé mirando la escena desde mi posición junto al roble, todavía con el corazón acelerado por el susurro fantasma. Vi cómo el gigante mestizo levantaba la camilla con el cadáver sin esfuerzo aparente. Era un monstruo, sí, pero un monstruo que cargaba a sus muertos.

—¡Vámonos! —ordenó Vorden.

La columna se reformó. El ambiente era más pesado ahora, cargado con la realidad de la muerte, pero nadie flaqueó.

Vorden y Raymond marchaban cerca de la vanguardia, cargando al chico muerto. Yo me uní a la fila, ajustándome la capa, mirando de reojo a los árboles, a las sombras, a la Élite que volvía a desaparecer.

Extraño el aroma de tus bragas.

La frase seguía ahí, clavada en mi mente. Caminé, obligando a mis pies a seguir el ritmo, sabiendo que el peligro real no eran los bandidos muertos en la nieve, sino el monstruo vivo que caminaba entre nosotros, invisible y hambriento.

La marcha continuó en silencio hasta que la luz gris del día se rindió ante la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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