Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 55
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Capítulo 55: Capítulo 54: La Muralla de Lanzas
Esa noche, el Bosque de las Agujas Negras no fue nuestro enemigo, sino nuestro proveedor.
A las afueras de la espesura, bajo un cielo despejado que mostraba las costillas de la galaxia, el batallón trabajó con una sincronización religiosa. No hubo órdenes gritadas, solo el golpe rítmico de las hachas contra la madera congelada y el sonido de arrastre sobre la nieve.
Todos trabajaron.
Vi a los cinco de la Élite, esas sombras intocables que solían mirar desde las ramas, bajando al barro. Cargaban troncos con la misma eficiencia con la que degollaban bandidos. Vi a Raymond con la túnica arremangada, apilando ramas de pino resinoso. Y vi a Vorden.
El comandante no dirigía desde una roca. Arrastraba los troncos más grandes él mismo, hundiendo las botas en la nieve, con los músculos de la espalda tensos bajo la tela negra, construyendo con sus propias manos el último lecho de su soldado.
La pira se alzó alta y digna, una torre de madera y honor.
Colocaron el cuerpo del chico lancero en la cima, envuelto en su capa, con su arma sobre el pecho.
Cuando Vorden acercó la antorcha, la madera resinosa prendió con un rugido voraz. Las llamas naranjas y azules lamieron la noche, enviando una columna de chispas hacia las estrellas, como si quisieran devolverle el alma al cielo a la fuerza.
No hubo llantos.
Los soldados formaron un círculo cerrado alrededor del fuego. Sacaron las reservas de vino —el que se guardaba para el frío extremo— y los odres empezaron a circular.
—Por Jaren —dijo un soldado, alzando su trago hacia el fuego.
—Que su acero nunca se oxide en el otro lado —respondió el coro de voces graves.
Empezaron a cantar. No eran canciones de victoria ni himnos de guerra estridentes. Eran baladas bajas, profundas y melancólicas sobre el hogar, sobre el frío y sobre hermanos que se esperan en la oscuridad.
Me quedé en el borde exterior del círculo, sosteniendo un tarro que apenas probé. El calor de la pira me golpeaba la cara, pero por dentro estaba helada.
Observé sus rostros iluminados por el fuego. Reían suavemente recordando anécdotas del caído, se abrazaban por los hombros, compartían el pan y el vino. Era una escena de una belleza terrible. Una hermandad forjada en sangre y acero que nada podía romper.
Y eso era lo que me aterraba.
Esa unión… esa lealtad ciega era un arma de doble filo.
Miré a Vorden, que bebía junto a sus hombres, siendo uno más de la manada por esta noche. Miré a Raymond, a los Élite que permanecían en los bordes como gárgolas protectoras.
Mi mente, envenenada por la paranoia y el susurro del bosque, empezó a atar cabos oscuros.
Míralos, pensé. Son un solo organismo.
Si empezaban a creer que yo era la causante de la neblina, si pensaban que mi “magia” atraía desgracias o retrasaba su marcha… no tendría que enfrentarme a un solo hombre. Me enfrentaría a todos.
Si uno solo se ofendía con mi presencia, si me ganaba el odio de uno… todos serían mis enemigos al instante, los 19 soldados restantes, los 5 de elite, Raymond y cientos más en el fuerte de Vorden. No dudarían. No preguntarían. Me despedazarían con la misma eficiencia con la que construyeron esa pira.
Y el pensamiento más oscuro floreció mientras miraba las llamas:
Quienquiera que hubiera estado entre mis piernas esa noche… estaba ahí. Protegido por esa muralla de carne y lealtad.
Sea un soldado raso, un Élite o un comandante, ese hombre era parte de la hermandad. Yo era la intrusa. Yo era la Llave, el objeto, la curiosidad. Él era el hermano.
Si yo señalaba a alguien, si gritaba una acusación… ¿me creerían? ¿O cerrarían filas para proteger a uno de los suyos contra la “bruja” extranjera?
Mi mirada se cruzó con la de un soldado al otro lado del fuego. Me sonrió, levantando su copa en un gesto de invitación genuina.
Le devolví una sonrisa tensa, falsa, mientras mi mano acariciaba inconscientemente la daga oculta en mi bota.
—Brinden —susurré para mí misma, mientras las chispas del muerto se elevaban al cielo—. Canten su honor. Porque sé que, si la orden llega, usarán ese mismo fuego para quemarme a mí.
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