Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 56
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Capítulo 56: Rostros de Cera
La mañana siguiente a la pira, el bosque amaneció en un solemne silencio.
El fuego se había consumido, dejando solo una mancha negra de ceniza y huesos calcinados sobre la nieve. El ejército —si es que a nuestra pequeña manada se le podía seguir llamando así— desmontó el campamento con una eficiencia militar, pero algo había cambiado.
El aire pesaba. La muerte del lancero había agrietado la armadura de invencibilidad que rodeaba al grupo. Los soldados no bromeaban mientras cargaban las mulas. Se movían con la cabeza gacha, con la mirada perdida, sintiendo por primera vez el frío real del Norte calándoles los huesos. La disciplina seguía ahí, férrea, pero la moral estaba golpeada.
Vorden lo notó al instante.
El comandante recorrió la fila con su caballo negro, observando los rostros sombríos. Sabía que un soldado triste es un soldado lento, y en estas tierras, la lentitud es muerte.
—¡Aceleramos el paso! —ordenó, su voz chasqueando como un látigo—. ¡Quiero perder de vista la línea de árboles antes del mediodía!
Apretamos la marcha. Dejamos atrás el Bosque de las Agujas Negras y el terreno se abrió en un páramo desolado de roca y viento.
Horas después, apareció ante nosotros.
No era una ciudad. Apenas merecía el nombre de pueblo. Era un asentamiento miserable aferrado a la ladera de una montaña, un puñado de casas de madera torcida y tiendas de campaña de piel remendada. Había un par de comerciantes descargando carretas viejas y un par de estructura de piedra que escupían humo por la chimenea: la taberna y un prostíbulo. Sexo y cerveza…¿Qué más podría necesitar un ejército golpeado?
—Descanso —anunció Vorden al llegar a la entrada del lodazal que servía de calle principal.
Los soldados se detuvieron, mirando el lugar con desinterés.
Vorden giró su montura para encararlos.
—Mañana estaremos a punto de completar el viaje. Mañana no habrá techo, ni fuego, ni consuelo —dijo, mirando a cada uno a los ojos—. Así que hoy, laven la muerte de sus cuerpos. Coman caliente. Beban hasta olvidar el nombre del caído. Y si tienen monedas, busquen calor entre las sábanas de alguna mujer hermosa, o fea, no importa, siempre que esté viva, caliente y con la entrepierna humeda.
Hizo una pausa, su mirada endureciéndose.
—Pero al amanecer los quiero sobrios y en sus monturas. El que falle, se queda. ¡Rompan filas!
La orden fue como un bálsamo. Los hombros se relajaron. Hubo algunos asentimientos y los hombres se dispersaron rápidamente hacia la taberna y las casas de placer improvisadas.
Vorden y Raymond se dirigieron a hablar con un comerciante de granos. Me quedé sola.
No quería estar cerca de Vorden. No quería ver a los soldados. Necesitaba, igual que ellos, olvidar.
Caminé hacia la taberna. El letrero de madera podrida chirriaba con el viento. Entré.
El lugar estaba abarrotado, olía a sudor, cerveza y humo de leña. Me hice un hueco en una mesa del fondo, en la penumbra, y pedí una jarra de vino fuerte. Bebí el primer trago con ansia, sintiendo cómo el alcohol empezaba a aflojar el nudo en mi pecho.
La puerta se abrió de nuevo y entró él.
No era un soldado. Llevaba una capa gris de viajero, desgastada, pero de buena calidad. Se sacudió la nieve del cabello rubio pajizo y sonrió al tabernero.
Era… magnético.
Tenía una barba corta y cuidada, y unos ojos claros que brillaban con picardía, llenos de una vida vibrante que contrastaba dolorosamente con la muerte que yo cargaba encima.
Recorrió el salón con la mirada y se detuvo en mí. No hubo duda, ni miedo. Caminó directo a mi mesa con una confianza que me resultó extrañamente atractiva.
—Esa es la cara de alguien que necesita compañía, o que está planeando un asesinato —dijo con una voz cálida y grave.
—Quizás ambas —respondí, pero no lo eché.
—Soy Brent —dijo, sentándose frente a mí—. Comerciante de paso. Y tú eres demasiado bonita para beber sola en este agujero.
—Y tu demasiado atrevido para tu propio bien
—Dos cervezas —Ordenó Brent ignorando mi advertencia.
Bebimos. Hablamos. Brent era encantador, rápido de mente, divertido. Me hizo reír, algo que creía haber olvidado cómo hacer. Y cuando su mano cubrió la mía sobre la mesa, sentí una descarga de adrenalina que bajó directa a mi vientre.
Era un deseo crudo. Una necesidad de sentirme viva, de usar mi cuerpo para algo que no fuera pelear o cabalgar.
—Tengo una habitación arriba —susurró, inclinándose hacia mí.
No lo pensé dos veces. Subí con él.
En la habitación, la urgencia nos consumió. Fue un sexo frenético, casi animal. Brent se movía con una seguridad experta. Sus manos eran fuertes, demandantes, al igual que sus brazos de roble.
Hubo un momento, mientras él se movía sobre mí, en que cerré los ojos y sentí un déjà vu vertiginoso.
Su peso. La forma en que sus dedos se clavaban en mi cadera. La cadencia de su respiración contra mi cuello.
Conozco esto, pensé entre la neblina del placer. Se siente familiar. Pero la sensación se ahogó en el clímax y dejé de pensar.
Cuando terminamos, el silencio llenó la habitación. Me senté en el borde de la cama, recuperando el aliento, sintiéndome extrañamente vacía ahora que la euforia pasaba. Tenía que volver antes de que Vorden notara mi ausencia.
—Tengo que irme —dije, buscando mi ropa esparcida por el suelo.
Brent seguía tumbado, con las manos detrás de la cabeza, mirándome con esa sonrisa perezosa y satisfecha.
—¿Tan pronto? Aún queda noche y tu cuerpo parece querer un poco mas.
—Mi grupo sale al amanecer.
Me puse las botas, me ajusté la túnica y caminé hacia la puerta. Mi mano tocó la madera fría del marco.
—Es una lástima —dijo él a mi espalda.
Me detuve, con la mano en el picaporte.
—¿Qué?
Su voz cambió. Ya no era la voz cálida de Brent. Se volvió un tono más bajo, sibilante, con un deje de burla fría.
—Que tú y esas maravillosas tetas tengan que irse tan rápido. Aunque… fue un placer repetir.
Me helé.
El corazón se me detuvo un segundo y luego arrancó a galope. Solté el picaporte y me giré lentamente.
—¿De qué mierda estás hablando? —pregunté, frunciendo el ceño—. Jamás te había visto en mi vida.
El hombre en la cama se sentó despacio. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose depredadora.
—¿Segura?
Levantó la mano derecha y se la pasó por la cara en un gesto lento, como si se estuviera quitando una máscara pegajosa.
Donde su mano tocaba, la carne se ondulaba como cera caliente.
La barba rubia se reabsorbió en la piel. La mandíbula cuadrada se afiló. La nariz se quebró y sanó en una forma aguileña. El cabello pajizo se oscureció hasta volverse negro como la noche.
Frente a mí ya no estaba Brent.
Había un hombre de rostro severo, pálido, con una cicatriz fina cruzando el labio superior y ojos grises, calculadores y fríos.
—¿Ahora me recuerdas? —preguntó con su verdadera voz.
El terror me golpeó en oleadas.
Tuve un recuerdo violento, una visión. La noche en la arena del fuerte. Los cinco Élite bajando sus capuchas para comer carne cruda. Esa quijada. La cicatriz en el labio.
Otro espasmo, otro recuerdo. La batalla en el bosque. El susurro distorsionado entre el acero: sonaba exactamente igual, esa voz “Extraño el aroma de tus bragas”.
—Eres tú… —susurré, retrocediendo hasta chocar con la puerta—. Tú eres uno de la Élite.
El hombre volvió a pasar su mano rápidamente por su rostro. En un parpadeo grotesco, “Brent” el rubio encantador estaba de vuelta, guiñándome un ojo.
—Nos vemos en el camino, Colmillo —dijo el con una risa suave.
Abrí la puerta y salí corriendo al pasillo, con las piernas temblando y el estómago revuelto. El pánico me impulsó los primeros metros, pero la rabia me frenó en seco.
Me detuve en medio del corredor oscuro. Mi respiración era un rasguido en el silencio.
¿Huir? ¿Yo?
Pensé en lo que acababa de decir. “Un placer repetir”. Me había manipulado. Me había usado. Y ahora se reía.
Apreté los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas y di media vuelta. No iba a dejar que se saliera con la suya. Volví sobre mis pasos, pateé la puerta de la habitación y entré lista para clavarle mi daga en ese rostro cambiante.
—¡Tú, hijo de p…!
Me callé.
La habitación estaba vacía.
La ventana estaba cerrada. No había rastro de ropa, ni de botas, ni del hombre que hace segundos estaba sentado en la cama. Solo quedaba el lecho revuelto y el olor a sexo en el aire. Se había desvanecido como el fantasma que era.
Me dejé caer contra el marco de la puerta, deslizándome hasta el suelo.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, buscando una salida, una estrategia.
Debo decirle a Vorden.
Fue el primer pensamiento lógico. Un soldado de su Élite me violó. Me manipuló, y me engañó para hacerlo de nuevo. Vorden debería saber que tiene una serpiente en su guardia personal.
Pero luego, el terror real se asentó.
Si le digo… lo matará. Vorden despedazará al Élite sin dudarlo. Pero ¿y a mí?
Si Vorden sabe que alguien más me tocó, que alguien “manchó” su Llave… ¿qué me hará? Probablemente me dejará al borde de la muerte. Me verá como mercancía dañada, o peor, su posesividad tóxica estallará. Me arrastrará medio muerta hasta el destino final si es necesario, porque lo único que le importa es mi sangre o mi cuerpo o lo que sea que el imbécil quiera de su maldita llave, no mi integridad…yo…no le importo en lo mas mínimo.
Y había algo más. Algo político.
Vorden se esforzaba demasiado en mostrar indiferencia. Me había cargado como un maldito costal de papas frente a sus hombres solo para probar que no le importaba, para que no pensaran que había algo más entre nosotros.
Si ahora ataca a uno de sus propios Élite —sus mejores hombres— por tocar a su “prisionera”… ¿cómo se verá eso? Podrían verlo como un ataque de celos. Como debilidad. Y un líder débil no sobrevive en el Norte. Él no querrá eso.
Sacudí la cabeza, golpeándome suavemente contra la madera.
—¿Pero qué mierda estoy pensando? —mascullé—. No hay nada entre nosotros.
¿Por qué debería importarme si parece celoso o no? ¿Por qué debería importarme su reputación? Yo solo quería coger. Necesitaba escapar, necesitaba sentir algo, y lo hice. El acto en sí fue mío… el engaño fue suyo.
Me levanté, limpiándome una lágrima de frustración furiosa.
No podía decirle a Vorden. No todavía. Era demasiado peligroso para mí.
Pero esto no se quedaba así.
Miré la cama vacía una última vez.
—Necesito volver a hablar con Brent —susurré a la oscuridad—. O como sea que te llames.
Tenía que saber qué pasó en el fuerte. Tenía que saber por qué no podía recordar nada y, sobre todo, por qué arriesgarse a hacerlo de nuevo.
Salí de la habitación y bajé las escaleras, mezclándome de nuevo con el ruido de la taberna, con un nuevo secreto ardiendo en mi pecho y una nueva presa en la mira.
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