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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 57

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Capítulo 57: Lealtad de Perro

Aún era de noche, pero en Kaldheim nadie dormía.

Los soldados de nuestra unidad, hombres que por la mañana eran máquinas de matar disciplinadas, ahora se tambaleaban por las calles lodosas, con jarras en la mano y mujeres risueñas colgadas del brazo. Algunos desaparecían en los callejones oscuros, otros entraban a empujones en el burdel local, buscando calor a cualquier precio.

Yo caminaba entre ellos como un espectro, con la capucha echada hacia adelante.

Mi mente era un torbellino de vidrios rotos. Brent. El Élite. La violación. El olvido. Cada paso que daba resonaba con las palabras del cambiante: “Un placer repetir”.

Estaba tan aislada en mi propia pesadilla, tan ciega por la rabia y el asco, que no vi la figura parada en la esquina hasta que choqué contra su pecho duro como una pared de ladrillos.

Unas manos rápidas me sostuvieron antes de que resbalara en el lodo.

—¡Ey, Colmillo! ¿Qué pasa? —La voz de Raymond sonó divertida, oliendo ligeramente a cerveza—. Tienes la mirada perdida. ¿Viste un fantasma o se te acabó el vino?

Me solté de su agarre con un tirón brusco, el corazón saltándome en el pecho.

—¿Dónde está él? —pregunté, escaneando la calle con pánico—. ¿El comandante?

Raymond soltó una risa corta y se apoyó contra un poste de madera podrida.

—¿Quién sabe? El Titán también necesita descansar, aunque su idea de descanso suele ser diferente a la nuestra. —Hizo un gesto vago hacia el burdel, donde las llamas rojas parpadeaban—. Quizás esté caminando en las afueras, vigilando la nada como siempre… o quizás esté entre las piernas de alguna chica robusta. Le gustan los muslos anchos y fuertes, por si tenías la duda.

El tono burlón, esa trivialización de Vorden como un hombre con apetitos simples, me revolvió el estómago.

—Pues ojalá que se divierta —escupí, dándome la vuelta—, porque yo me voy. Estoy harta de esto. Harta de ustedes, del norte y de sus juegos mentales.

Di un paso hacia la salida del pueblo, hacia la oscuridad del camino.

No di el segundo.

El movimiento de Raymond fue borroso. En un parpadeo, ya no estaba recargado en el poste. Estaba a mi espalda. Un brazo de acero rodeó mi cintura y sentí el frío inconfundible de una daga presionando contra mi tráquea.

—Lo siento, Aldariel —susurró en mi oído, su tono de broma evaporado—. Sabes que no puedo permitir que te vayas.

La furia estalló en mí, caliente y líquida.

—¡Entonces dime a dónde mierda me llevas! —grité, ignorando el acero en mi piel—. ¡O tendrás que explicarle al imbécil de tu comandante por qué mi cadáver está a tus pies!

Hice lo impensable. En lugar de alejarme del filo, empujé mi cuello contra él.

La piel se abrió. Un hilo de sangre caliente bajó por mi garganta.

Raymond maldijo por lo bajo y aflojó la presión de inmediato, luchando contra mi propia fuerza suicida para no cortarme más.

—¡¿Te has vuelto loca?! —siseó, girándome para enfrentarlo, pero sin soltarme—. ¡Colmillo, detente!

—¡No soy Colmillo! —le grité en la cara, con los ojos llenos de lágrimas de frustración—. ¡Y no soy su puta llave! ¡Dime a dónde vamos o tendrás que arrastrar mi cuerpo muerto hasta la tienda de tu comandante! ¡Dímelo!

Raymond me miró, viendo la desesperación real en mis ojos. Suspiró, bajando la daga, pero manteniéndome sujeta por los hombros.

—No lo sé, Aldariel —confesó, y por primera vez, sonó honesto—. No lo sé con certeza.

—¡Mientes!

—¡No miento! —replicó él—. Vi el mapa. El dibujo… la marca final parece un manantial. Pero en este frío, a esta latitud… es imposible que haya agua líquida. Puede ser solo simbología antigua. El comandante no comparte esa información, ni siquiera conmigo.

Me quedé quieta, procesando la información. Un manantial.

—Sé que hay un último asentamiento en ruinas a dos noches de aquí —continuó Raymond—. Después, una o dos noches más de travesía en el hielo hasta… el lugar. Eso es todo lo que sé.

Lo miré con desprecio, limpiándome la sangre del cuello con el dorso de la mano.

—¿Tan poca cosa eres? —le espeté—. ¿Un perro fiel que lo sigue a ciegas hacia la nada? ¿También le olfateas el culo cuando te lo pide?

La mandíbula de Raymond se tensó. El insulto dio en el blanco.

—Por lo que he visto estas semanas, eso podrías hacerlo tú —respondió con veneno tranquilo—. Yo lo sigo por lealtad, Aldariel. Porque sin él, yo seguiría siendo un esclavo sin nombre en las minas del sur.

Se inclinó hacia mí, sus ojos duros.

—A diferencia de ti… que eres capaz de matar, de sangrar y de vestirte como uno de nosotros solo para que tu captor te admire un poco. Eres tú la que busca que él le abra las piernas, no yo.

La bofetada verbal me dejó sin aire.

Lloré. No de tristeza, sino de coraje puro, de impotencia. Porque una parte retorcida de mí sabía que tenía razón, aunque fuera por supervivencia.

—¡Hago lo que necesito para sobrevivir, imbécil! —grité, mi voz quebrándose—. ¡No es como si tuviera muchas opciones rodeada de monstruos como ustedes!

Me liberé de su agarre con un empujón violento. Él me dejó hacerlo.

—Sigue repitiendo eso hasta que te lo creas, Colmillo —dijo él, enfundando su daga.

Me quedé parada allí, temblando, respirando el aire helado. Raymond me observó un momento, y su expresión se suavizó ligeramente. La culpa de soldado le ganó al cinismo.

—Lo siento, Colmillo —murmuró, rascándose la nuca—. No quise decir eso. Fue… excesivo.

No respondí. Me quedé con la vista fija en el cielo nocturno, como si buscara algo en las estrellas.

—¿Qué miras? —preguntó él, la curiosidad ganándole.

Raymond levantó la vista hacia arriba, siguiendo mi mirada.

Fue su error.

En el instante en que su barbilla subió, bajé la mirada y lancé mi pierna derecha con toda la fuerza de mi odio.

El eco de un golpe seco y nauseabundo resonó por la calle vacía. La punta reforzada de mi bota se hundió en la entrepierna de Raymond con precisión quirúrgica.

—¡Gggghhh!

El aire salió de sus pulmones en un silbido agónico. Raymond se desplomó de rodillas en el barro, llevándose las manos a la ingle, con la cara roja y los ojos desorbitados.

—¡Perra! —gimió, con la voz convertida en un chillido—. ¡Me partiste la verga!

Me alisé la túnica con dignidad, mirándolo desde arriba.

—Un perro de guerra me enseñó a jugar sucio. Partimos al amanecer, Raymond —dije con frialdad—. Procura que puedas caminar para entonces.

Me di la vuelta y comencé a caminar de regreso hacia la taberna, con la cabeza alta. Pero mientras me alejaba, mis ojos no dejaban de moverse, buscando en cada sombra, en cada esquina, la silueta de un encapuchado que no estaba ahí.

La victoria sobre Raymond era dulce, pero vacía. El verdadero monstruo seguía suelto en mi mente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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