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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 58

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Capítulo 58: Sangre Voluntaria

El amanecer llegó con un grito, no con el sol.

—¡A las monturas! —bramó Vorden, su voz restallando como un trueno en la calle principal de Kaldheim.

El ejército salió de los callejones y del burdel como una procesión de espectros resacosos. El estado de la tropa era deplorable. Vi a soldados ajustándose los cinturones con manos temblorosas, otros con manchas de vómito seco en las túnicas, y algunos aun tratando de guardar sus miembros en los pantalones mientras corrían hacia los establos.

Prepararon los caballos con torpeza, maldiciendo el frío y la luz.

Vorden, impoluto y fresco como si hubiera dormido en un bloque de hielo, encabezaba la marcha. A sus costados, como sombras inmutables, iban los cinco de la Élite.

Los miré fijamente mientras montaba. Buscaba un gesto, una mirada, una cicatriz en el labio. Pero todos parecían iguales bajo las capuchas.

¿También pueden alterar sus cuerpos?, pensé con un escalofrío. No recordaba que ninguno de ellos fuera tan robusto como el tal “Brent”, ni tan fuerte. Estos parecían más esbeltos, ágiles como víboras.

—Malditos… —mascullé.

Mi mirada se desvió hacia la derecha del comandante. Raymond cabalgaba con la espalda rígida y una mueca de dolor contenida. Cada paso que daba su caballo le provocaba una notoria incomodidad en la entrepierna. Me devolvió la mirada un segundo, con los ojos entrecerrados de odio, antes de volver a mirar al frente.

La columna se puso en marcha, dejando atrás el vicio de Kaldheim para volver al vacío blanco.

Mantuve mi lugar en el pelotón, pero mi mente estaba lejos.

Un par de noches, un asentamiento, y un par de noches más…

Un manantial. ¿Qué significaba? ¿Por qué me llamaba? Lo de “Hija de los Fae” no tenía sentido. Yo era una rata de alcantarilla, una ladrona que sangraba y sentía frío como cualquier humano. Y mis sueños… esas visiones de ahogarme.

¿Y si me quiere ahogar en ese manantial? ¿Si Vorden solo me mantiene viva y alimentada para matarme en el momento adecuado, como un cerdo para el matadero?

Estaba tan absorta en la espiral de mi propia muerte que no noté que mi caballo se había desviado.

—¿Qué pasa, Cielo?

El retumbar de la voz de Vorden me devolvió al mundo real de golpe.

Levanté la vista. Él había frenado su inmenso semental negro y estaba a mi lado. Me di cuenta de que estaba a diez metros a la izquierda de la caravana, casi cabalgando hacia un barranco.

—Estás lejos de la formación —dijo él, escrutándome—. ¿De nuevo intentarás suicidarte?

Lo miré, sintiendo el terror burbujear en mi garganta, pero lo tragué y lo convertí en veneno.

—Quizás debería, comandante. Para que no tengas tu preciosa llave.

Vorden soltó una risa seca, carente de humor.

—Eso sería desafortunado —dijo con una tranquilidad pasmosa—. Especialmente después de tanto esfuerzo.

Se inclinó ligeramente hacia mí desde su montura. Sus fosas nasales se dilataron.

—Supe de tu “encuentro” con Raymond —dijo, y luego su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Y apestas a un encuentro con alguien más.

Me quedé helada. Mis manos se tensaron en las riendas.

—Te dije que los Titanes olerían mi semilla en ti —continuó, sus ojos negros clavados en los míos—. ¿Crees que yo no puedo oler que te revolcaste con otro? Hueles a sexo, Aldariel. Y no es el mío.

El pánico intentó asfixiarme. Lo sabe. Pero mi orgullo, esa cosa estúpida que me mantenía de pie, se encendió.

—Mientras tengas tu llave, lo demás no importa, ¿o sí, comandante? —le solté con tono retador.

Vorden me miró con una frialdad que heló el aire entre nosotros.

—Creo que no lo entiendes, Cielo. Nadie toca mis cosas. Nadie. Pero por el momento… seguiremos avanzando.

Hizo ademán de girar su caballo.

—¿Y no me dirás hacia dónde? —pregunté, interrumpiéndolo.

Vorden se detuvo. Giró la cabeza lentamente.

—Hoy tienes la boca floja, Aldariel. No querrás otro “Colmillo de Plata” en esa sonrisa, ¿o sí?

Me toqué instintivamente la cicatriz fantasma en mi labio, recordando el golpe del callejón. Lo miré con odio puro, sin importar las consecuencias.

—Te diré cuando sea el momento, Hija de los Fae —sentenció él.

—¿Quién te dijo eso? —respondí de inmediato, mi voz subiendo de tono

—¿Es lo que escuchaste en la niebla? ¿Es lo que te llama? Dijo Vorden y un instante después me sonrió, una sonrisa de suficiencia.

Agaché la cabeza, sintiéndome expuesta.

—Yo no soy hija de los Fae —murmuré—. Soy mestiza. Una rata de callejón. Nadie.

—Lo único malo de nacer en la miseria es la ignorancia, Colmillo —dijo él—. A diferencia de mí, a ti se te negó el conocimiento. Sé lo que eres mejor de lo que tú lo sabes. Sé que el Mapa de Sangre solo responde a los Fae. Y el mapa respondió a ti.

Levanté la vista de golpe.

—¿Por eso me manipulaste para que sangrara en él? ¿Esa noche en la biblioteca?

—No, Cielo —negó suavemente—. Ya habías sangrado en él antes.

Lo miré con sorpresa. Mi mente viajó atrás en el tiempo, buscando…

Me toqué la nariz, horrorizada. El golpe. La sangre en el suelo de piedra.

—¿El callejón…?

—Astuta —respondió Vorden—. Así es. Probé tu sangre en el mapa esa misma noche, mientras estabas inconsciente en el suelo. Reaccionó, sí. Las líneas brillaron. Pero no mostró el camino.

Se encogió de hombros, como si hablara del clima.

—Supuse que la ofrenda tenía que ser voluntaria. La magia antigua es caprichosa con el consentimiento. Por eso estás aquí, vestida y alimentada, y no con la cara hecha mierda en las calles donde te encontré. Necesitaba que me dieras tu sangre, no que te la robara.

La revelación me golpeó más fuerte que su puño. Todo había sido teatro. Su “protección”, su paciencia… todo era para conseguir mi voluntad.

—Ahora lo entiendes, ¿verdad?

—Sí, comandante —susurré, sintiendo un vacío en el estómago—. Siempre lo supe. Solo soy tu presa y tu llave… y a veces, tu puta.

Vorden guardó silencio un momento. Miró hacia el horizonte blanco.

—La cena con los titanes no era parte del plan. Improvisé. —Su mirada volvió a mí, menos dura por un instante—. Pero en la montaña… en esa cueva, durante la tormenta… no mentí. Tu aroma me llamaba.

—Y el pobre comandante tenía que sacudirse la necesidad —escupí mirando al suelo—. ¿Por qué darme un lugar, un arma y un apodo si no soy nada más que una prisionera? Si no soy nada de todas formas.

—Te dije, elfa: si la llave es débil, se rompe en la cerradura. Necesito que seas fuerte.

Suspiré profundamente, sintiendo el peso del destino aplastándome. Repetí las palabras de Raymond en mi cabeza.

—Dos noches. Un asentamiento. Dos noches más y el destino.

Vorden me miró, sorprendido de que supiera los tiempos.

Me enderecé en la silla, clavando mis ojos verdes en los suyos.

—Estoy cansada, comandante. En dos noches, en ese asentamiento, te mataré.

La amenaza flotó en el aire helado.

—Lo que me haga tu gente después no me importa —continué—. Quizás el imbécil de la Élite que me ha estado cogiendo me defienda. O quizás no. Pero tú estarás muerto.

Vorden tensó su agarre en las correas de cuero de su caballo. El cuero crujió.

Por un segundo, pensé que sacaría la espada y terminaría con esto aquí mismo. Pero en su lugar, una luz extraña brilló en sus ojos. Anticipación.

—El pelotón se queda en el asentamiento —dijo con voz grave.

Parpadeé.

—De ahí en adelante, cabalgamos solos —continuó Vorden—. Ahí tendrás tu oportunidad. No habrá pelotón que te ataque, ni cambiaformas que te defienda. Solo tú y yo, Colmillo.

Giró su caballo hacia el frente.

—Veremos quién rompe a quién.

Lo vi alejarse al galope hacia la vanguardia, una figura negra e imponente contra la nieve.

Me quedé allí un segundo, temblando no de frío, sino de adrenalina. Él había aceptado el desafío. Iba a aislarme. Iba a llevarme sola al final del mundo.

—Vamos —le dije a mi montura, dándole una palmada en el cuello—. No queremos que el idiota te rompa las patas. Volvamos a la formación.

El camino continuaba, pero ahora, al final del sendero, no solo esperaba un manantial. Esperaba un duelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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