Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 59
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 59 - Capítulo 59: La Frontera del Silencio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 59: La Frontera del Silencio
Las siguientes dos noches se disolvieron en una bruma blanca y repetitiva, pasando casi sin que yo lo notara.
El tiempo se volvió líquido en el vacío del Norte. Cabalgaba en una especie de trance, aislada dentro de mi propia cabeza. Apenas cruzaba palabra con nadie. De vez en cuando, algún soldado me saludaba con un gesto rígido, una mezcla de respeto y miedo hacia la mujer que se atrevía a retar al comandante, pero nadie se acercaba. Nadie rompía el círculo de soledad que Vorden había trazado a mi alrededor.
El propio Vorden era una estatua sobre su caballo negro. No miraba atrás. No descansaba. Tenía la mente clavada en el horizonte, obsesionado con un objetivo que solo él veía.
A su derecha, Raymond cabalgaba con el rostro pálido y tenso. Cada paso de su montura era una tortura para su entrepierna magullada, y aunque intentaba disimularlo, el odio en sus ojos cada vez que me miraba era un recordatorio constante de mi pequeña victoria. Y luego estaban los de la Élite… sombras perpetuas que devoraban el camino sin quejarse, sin cansarse.
Nadie veía realmente a “Colmillo”, pero sabía que todos notarían mi ausencia si decidiera desaparecer.
Sin embargo, no hui.
Seguí al pelotón no solo por las amenazas de Vorden o por el frío mortal que esperaba a cualquier desertor. Seguí por esa pequeña voz en mi interior, ese susurro que se hacía más fuerte con cada kilómetro que avanzábamos hacia la nada.
…Ya llegaste hasta aquí… me decía. …Veamos qué es lo que te llama…
Sin duda, mi primera suposición lógica era que la misma Muerte me estaba llamando a su puerta. Pero, por extraño y retorcido que parezca, la idea no me aterraba. Después de todo lo vivido, después del dolor, la violación y la manipulación… la muerte no parecía un castigo. Parecía un descanso. Y si el final del camino traía silencio, yo iría a buscarlo.
Al tercer día, las formas irregulares de unas ruinas aparecieron entre la ventisca.
El último asentamiento. No era más que los huesos de piedra de una aldea olvidada hace siglos, muros derruidos que apenas ofrecían protección contra el viento aullante.
Vorden levantó el puño y detuvo la columna en el centro de lo que alguna vez fue una plaza.
—¡Desmonten! —ordenó. Su voz sonó extraña, carente del eco de mando habitual, más íntima y grave—. Aquí termina el camino para el destacamento.
Los soldados se miraron entre sí, confundidos pero aliviados de detener la marcha.
—Acampen entre las ruinas —continuó Vorden—. Cacen si encuentran algo vivo, recolecten lo que puedan, mantengan el fuego bajo. Colmillo y yo volveremos en una semana.
Raymond se acercó, cojeando visiblemente al bajar de su caballo.
—¿Yo también me quedo, señor? —preguntó, con la incredulidad pintada en el rostro. Siempre había sido la sombra de Vorden; la idea de ser dejado atrás lo golpeaba más que mi patada.
—Sí, Raymond. Tú y la Élite también se quedan —sentenció Vorden, sin dejar lugar a réplicas—. El final del camino no es para ustedes. La cerradura solo admite a dos. De aquí en adelante, voy solo con ella.
Vorden se quitó un guante y sacó de su alforja un cilindro de cuero: el mapa. Se lo tendió a Raymond.
—Dos noches de ida. Una en el destino. Dos de regreso, Capitán. —La formalidad del título sonó a despedida—. Si no volvemos para entonces, el pelotón regresa a casa.
Raymond tomó el mapa como si pesara una tonelada.
—¿Y yo, señor?
—Si no vuelvo en una semana —dijo Vorden, bajando la voz para que solo Raymond y yo escucháramos—, tú y la Élite vienen a buscarnos. O a buscar lo que quede de nosotros.
Vorden se inclinó desde su montura, agarrando a Raymond por el hombro en un gesto que parecía de camaradería, pero que vi tensarse con advertencia.
—Y Raymond… vigila a los encapuchados —susurró el Titán, con los ojos negros fijos en las cinco figuras que esperaban inmóviles junto a las ruinas—. Quédate con el mapa, no dejes que lo toquen. Parece que uno de ellos puede tener sus propios intereses en mi Llave.
Raymond tomó el mapa como si pesara una tonelada, pero la duda cruzó su rostro al ver partir a su líder hacia el vacío sin guía.
—¿Seguro no necesita el mapa, comandante? —preguntó, aferrando el cilindro de cuero—. Yo puedo rastrearlos si algo llegara a…
—Tranquilo, viejo amigo —lo cortó Vorden con una suavidad inusual, casi paternal—. La Llave es la brújula.
Apretó el hombro de su segundo con más fuerza, clavándole una mirada intensa.
—Te necesito aquí, Raymond. Aquí es donde no están mis ojos. Tú serás mi sombra entre ellos.
Raymond se tensó, comprendiendo la gravedad de la misión: no era solo esperar, era vigilar a los traidores. Asintió con firmeza, guardando el mapa contra su pecho como si fuera la vida misma.
Vorden se giró entonces hacia mí. Ya no había ejército. Ya no había muros.
—¿Lista para matar a tu comandante, Colmillo? —preguntó con una sonrisa torcida.
—Más lista que nunca —respondí.
—Entonces anda —dijo, señalando el vacío blanco más allá de las ruinas—. El destino nos espera y a mis puños les encantaría volver a probar la dulce sangre de tu rostro.
—No llegaras vivo a ningún destino…Imbécil.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com