Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 Sin Cortinas
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6: Capítulo 5: Sin Cortinas 6: Capítulo 5: Sin Cortinas No esperé a que se le acabara la paciencia.
La amenaza en su voz era real, y la oscuridad en sus ojos prometía que, si él tenía que vestirme, no sería con delicadeza.
Me metí en los pantalones de tela basta con movimientos torpes.
La tela raspaba mi piel todavía húmeda, adhiriéndose de forma incómoda.
Mis manos temblaban —de frío, de rabia, de la adrenalina residual— haciendo que la tarea fuera el doble de difícil.
Me puse la faja alrededor del pecho, apretándola hasta que me costó respirar, buscando esa contención, esa armadura que protegiera mi corazón desbocado.
Por último, la túnica.
Me la pasé por la cabeza, pero las cintas de cuero de la espalda eran un laberinto imposible de alcanzar con mis hombros doloridos.
Luché con ellas, maldiciendo por lo bajo, sintiendo cómo mi nuevo diente de metal rozaba mi lengua con cada sílaba de frustración.
—Deja de hacer el ridículo —gruñó él.
Antes de que pudiera girarme para gritarle, él estaba detrás de mí.
Sentí su presencia como un muro de calor.
Sus manos apartaron las mías con un golpe seco, asumiendo el control de las cintas.
—Quieta —ordenó.
Me quedé helada.
Tiró de los cordones.
El cuero se tensó, obligando a mi columna a enderezarse, pegando mi espalda contra su pecho.
No había aire entre nosotros.
Podía sentir el contorno duro de sus pectorales contra mis omóplatos, el ritmo lento y constante de su corazón golpeando contra mi espalda.
Sus nudillos rozaron la piel desnuda de mi columna vertebral mientras ajustaba los nudos.
El toque fue un rastro de fuego que bajó directo a mis rodillas.
—Estás temblando —murmuró cerca de mi oído.
Su voz vibró a través de mi cuerpo, grave y burlona.
—Tengo frío —mentí, apretando los puños a los costados.
—No.
Tienes miedo —corrigió él, tirando del último nudo con fuerza, haciéndome jadear—.
Y deberías.
Sus manos no se alejaron cuando terminó.
Se deslizaron desde mi espalda baja hasta mis caderas, descansando allí con una posesividad pesada.
Sus pulgares presionaron ligeramente mis huesos ilíacos a través de la tela áspera.
Me tenía anclada contra él, atrapada en su gravedad.
—Escúchame bien, elfa —susurró, y su aliento caliente chocó contra la piel sensible de mi cuello, haciendo que se me erizara el vello—.
Ahí fuera, en el patio de entrenamiento, no soy el hombre que te salvó en el callejón.
No soy el que te dio sábanas de seda.
Apretó el agarre en mis caderas, un dolor delicioso que bordeaba la violencia.
—Ahí fuera soy tu comandante.
Si te caes, te dejaré en el suelo.
Si te rindes, dejaré que te destrocen.
Vas a tener que ganarte cada bocanada de aire que respires a partir de ahora.
¿Entendido?
Tragué saliva, mi garganta seca.
El miedo y la excitación se mezclaban en un cóctel venenoso en mi estómago.
—Entendido —logré decir.
Me soltó de golpe, empujándome suavemente hacia adelante, rompiendo el contacto.
El frío del baño me golpeó al instante, haciéndome sentir expuesta a pesar de estar vestida.
—Bien.
—Caminó hacia la puerta y la abrió de un tirón, dejando entrar una ráfaga de aire gélido de pasillo—.
Mueve el culo.
Vamos tarde.
Salí del baño detrás de él, con la barbilla en alto y el corazón en la garganta, siguiéndolo a través de los pasillos de piedra oscura.
No caminamos mucho.
El sonido de acero chocando contra acero llegó a mis oídos antes de que viéramos nada.
El olor a sudor, a tierra revuelta y a ozono mágico llenó el aire.
Salimos a un patio interior enorme, rodeado de muros altos de obsidiana.
Había docenas de soldados entrenando.
El ruido cesó en el momento en que él apareció.
Un silencio sepulcral cayó sobre el patio.
Cientos de ojos se volvieron hacia nosotros.
O mejor dicho, hacia mí.
Miradas de odio.
De curiosidad.
De hambre.
Él se detuvo en el borde de la arena, se giró hacia mí y me dedicó una sonrisa que era todo dientes y crueldad.
—Bienvenida a tu nuevo infierno, Cielo.
Trata de no morir en la primera hora.
Me costó mucho dinero ese diente de plata.
Te recuerdo, si intentas huir, entrar en otra habitación antes que yo…bueno, no detendré a mis soldados.
Rezaras porque te maten antes de divertirse, toma un arma de entrenamiento, elige la que mejor sepas usar.
Veamos de que estas hecha Sus palabras cayeron sobre mí como plomo derretido.
Miré de reojo a los soldados que formaban el círculo.
Ya no eran siluetas sin rostro.
Eran lobos.
Sus miradas recorrían mi cuerpo con una lascivia hambrienta y violenta que hacía que se me revolviera el estómago.
Entendí perfectamente la amenaza.
En este patio, él era el único monstruo que me mantenía a salvo de los demás monstruos.
—Elige —ladró él, cruzándose de brazos, sus bíceps tensando la tela negra de su camisa.
Me acerqué al estante de armas con las piernas temblando, no de miedo, sino de esa energía estática que precede a la violencia.
Había espadas bastardas, hachas pesadas, lanzas…
armas de fuerza bruta.
Armas de humanos.
Mis dedos rozaron la madera astillada de una espada de entrenamiento.
Demasiado pesada.
Demasiado lenta.
Si intentaba pelear con fuerza contra él, perdería.
Él era una montaña; yo tenía que ser el viento.
Al final del estante, encontré lo que buscaba.
Dos dagas de madera.
Eran toscas, sin el equilibrio perfecto del acero elfo al que estaba acostumbrada, pero se adaptaban a mis manos.
Las sopesé.
Ligeras.
Rápidas.
Me giré hacia él, girando las dagas en mis manos con un movimiento fluido, casi inconsciente, que hizo que el aire silbara.
El cambio en su postura fue inmediato.
Sus ojos, que habían estado llenos de aburrimiento arrogante, se entrecerraron.
Hubo un destello de interés, agudo y brillante, en la oscuridad de sus pupilas.
Bajó los brazos lentamente, separando los pies, anclándose al suelo.
—Dagas —dijo, y la palabra sonó casi como un cumplido, o tal vez como una sentencia—.
Rango corto.
Tienes que acercarte mucho para matarme con eso, Cielo.
—Ese es el plan —respondí, mi voz sonando mucho más segura de lo que me sentía.
El sabor metálico de mi diente rozó mi lengua, un recordatorio constante de lo que pasaba cuando bajaba la guardia.
—Ven entonces.
—Hizo un gesto con la mano, invitándome a atacar.
No cogió ningún arma.
Iba a pelear con las manos desnudas.
La arrogancia del gesto me hizo hervir la sangre—.
Muéstrame de qué estás hecha.
Y no te contengas.
Porque yo no lo haré.
El mundo se redujo a él.
Al ritmo constante de su respiración.
A la forma en que sus manos se cerraron en puños letales.
Me lancé.
No fue un ataque de ira ciega.
Fue calculado.
Me moví rápido, borrosa, buscando sus puntos débiles: la garganta, los riñones, la parte interna del muslo.
Pero él era rápido.
Inhumanamente rápido.
Esquivó mi primer tajo con un giro de cintura que apenas pareció costarle esfuerzo.
Bloqueó el segundo agarrando mi muñeca en el aire.
El impacto de su agarre fue como chocar contra una pared de ladrillos.
—Lenta —susurró, torciendo mi brazo hasta que solté un grito ahogado y la daga cayó al polvo.
Me hizo girar y me estrelló la espalda contra su pecho, inmovilizándome.
Su brazo rodeó mi cuello, no para asfixiarme, sino para controlarme.
Sentí su corazón latiendo contra mi espalda, un ritmo de guerra tranquilo y aterrador.
—Estás peleando como si quisieras sobrevivir —gruñó en mi oído, su aliento caliente mezclándose con mi sudor—.
Error.
Si quieres vencerme, tienes que pelear como si ya estuvieras muerta.
Me empujó hacia adelante, lanzándome al suelo.
Aterricé sobre mis manos y rodillas, raspándome las palmas contra la grava.
Los soldados a nuestro alrededor se rieron.
El sonido fue crudo, burlón.
Levanté la vista, escupiendo un mechón de pelo plateado que se me había pegado a la cara.
Él me miraba desde arriba, ni siquiera había roto a sudar.
—Otra vez —ordenó.
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