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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 61

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Capítulo 61: La Moneda de Dos Caras

La espesura de árboles parecía no tener fin, una cárcel de troncos negros y agujas congeladas que se extendía por lo que pareció una eternidad.

El cansancio empezó a hacer mella incluso en la constitución antinatural de Vorden. Lo vi tropezar una vez, solo un leve fallo en su paso, pero suficiente para delatar que su cuerpo estaba llegando al límite. La impaciencia le quemaba, pero la biología no perdona.

—Alto —gruñó finalmente, dejando caer su pesado costal al pie de un pino—. Descansamos. Dos horas. Comemos, dormimos y seguimos.

No discutí. Me dejé caer sobre las raíces, envolviéndome en mi capa, y el sueño me reclamó antes de que pudiera siquiera masticar la carne seca.

No fue un sueño normal. Fue una inmersión.

Vi una cueva.

No estaba en este bosque. Estaba en una grieta de la realidad. Dentro, la roca negra daba paso a un jardín imposible. Un manantial de agua clara y humeante fluía en el centro, rodeado de arbustos verdes, flores púrpuras que latían con luz propia y animales pequeños que bebían sin miedo. Era un parche de vida vibrante en medio de la desolada roca muerta.

Pero después… todo cambio cambio.

El aire se quebró. Todo se congeló en un parpadeo. Las flores se volvieron cristal y estallaron. El agua se detuvo. La entrada de la cueva crujió y se cerró como las fauces de una bestia de piedra, tragándose la vida, y la estructura entera se hundió en la tierra profunda, desapareciendo.

El ciclo. Se abre. Se cierra.

Desperté de golpe, con el corazón martilleando.

La visión no se desvaneció como un sueño. Se quedó grabada en mi mente como un mapa. De alguna manera, con una certeza absoluta que vibraba en mi sangre, sabía dónde emergería de nuevo esa cueva. Y sabía cuándo.

Pero esa no fue mi mayor sorpresa al abrir los ojos.

Fue el frío del acero contra mi garganta.

Vorden estaba inclinado sobre mí, con su espada desenvainada presionando justo sobre mi pulso. Sus ojos negros estaban inyectados en sangre, febriles.

—¿Qué viste, Cielo? —preguntó, su voz un susurro rasposo.

No me moví. No parpadeé.

—La verdad —respondí, mirándolo directamente a los ojos, sin miedo, sin dudas—. Vi la cueva. Vi el manantial rebosando de vida, flores, calor… y después vi cómo se congelaba. Se cerró y se ocultó en la tierra.

Vorden apretó un poco más la hoja.

—¿Dónde?

Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, peligrosa.

—Esa parte… Cielo —dije, probando el apodo con el que me había estado burlando, devolviéndoselo con veneno—, no la sabrás si no la pides con educación.

El Titán retiró la espada unos milímetros, mirándome con una mezcla de furia y evaluación.

—No juegues con fuego, elfa.

—Tú tampoco, mestizo —repliqué, sentándome despacio y apartando su hoja con un dedo, un gesto suicida que lo dejó pasmado—. Si mi cadáver fuera suficiente para abrir esa puerta, ya no estaría respirando. Me habrías degollado hace semanas.

Me puse de pie, sacudiéndome la nieve.

—Sí, sé dónde saldrá la cueva. Y sé exactamente cuándo. Pero si no me dices qué mierda piensas encontrar ahí dentro, te aseguro que no estarás frente a ella cuando eso ocurra. Y algo me dice que, si se vuelve a cerrar sin nosotros dentro, permanecerá así mucho tiempo… ¿O me equivoco,comandantee?

Vorden envainó la espada con un golpe seco. Me miró, y por primera vez, no vi al captor mirando a su presa. Vi a un igual reconociendo a otro.

—Me gusta esa actitud, Aldariel —admitió, cruzándose de brazos—. Me recuerdas… a mí.

—No soy como tú, Vorden —escupí—. Yo no mato a mis hermanos por poder.

—Somos la misma cara de una moneda, Aldariel —insistió él, dando un paso hacia mí—. Y si ya no somos amigos…

—¡Nunca lo fuimos, maldito demente! —grité, mi voz rompiendo la calma del bosque—. ¡Me secuestraste! ¡Me golpeaste! ¡Me rompiste en pedazos para ver si encajaba en tu maldito rompecabezas!

Vorden se mantuvo impasible ante mi estallido. Su rostro se volvió solemne, casi regio.

—Entonces háblame con la propiedad que merece mi título y mi sangre, rata callejera —dijo con una voz profunda que hizo vibrar el suelo—. Yo soy Vorden’gom Zazgolam. Hijo de Varokan’gom el Titán… y de Nareida, la Elfa.

El silencio cayó entre nosotros como una losa.

Parpadeé, confundida.

—Creí que tu madre era humana… —murmuré. La historia oficial, lo que se decía en los barracones, era que era mestizo de humano.

—Eso creen todos —dijo Vorden con desdén—. Cielo, no te sientas especial por ser engañada. La verdad es peligrosa en el Sur. Un mestizo de humano es tolerado como carne de cañón. Un mestizo de elfa con sangre de los Fae… es cazado.

Mi mente empezó a conectar puntos a una velocidad vertiginosa. Por eso sabía del mapa. Por eso sabía de la magia antigua. Por eso olía diferente.

—Entonces… —dije, mi voz bajando de tono—. Vas a hablar.

Vorden se descolgó una bota de vino del cinturón y la tiró al suelo, a mis pies.

—Siéntate, Aldariel —ordenó, dejándose caer él mismo sobre un tronco caído—. Bebe. Tendremos una larga conversación, Hija de los Fae.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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