Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 62
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Capítulo 62: Serán Dioses
Vorden bebió un trago largo de la bota de vino y se limpió la boca con el dorso de la mano. Me miraba con esa calma exasperante que solía usar antes de ordenar una ejecución.
—Como ya te había dicho, Aldariel, la peor parte de la pobreza es que usualmente viene acompañada de la ignorancia. —Su voz era suave, casi didáctica, como si estuviera hablando con una niña lenta—. Yo tuve libros, tutores, historias antiguas y canciones de cuna que hablaban de los Fae. Tú solo tienes rumores lejanos y supersticiones de taberna.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—El manantial… es una historia conocida para los que saben dónde buscar. “El Pozo de las Almas”, le dicen en los libros prohibidos. El lugar donde los primeros habitantes con magia en este mundo, los Fae, escondieron su verdadero poder.
Me removí incómoda en el tronco.
—¿Alguna vez escuchaste de alguien que viera el cadáver de un Fae? —preguntó de repente.
Fruncí el ceño, buscando en mi memoria.
—No, Vorden. Jamás. Se dice que desaparecieron hace milenios.
—No desaparecieron —corrigió él—. Trascendieron.
Vorden ignoró mi confusión y continuó, con la mirada perdida en el fuego invisible de su ambición.
—Los Fae no murieron. No se extinguieron como dicen los ignorantes. Dejaron atrás este plano físico porque se les quedó pequeño. El pozo… el manantial que viste en tu sueño, se “secó”, se congeló en un instante infinito cuando la magia de los Fae decidió retirarse de este mundo para dormir.
Me miró fijamente.
—Ahí es donde entra la sangre. El linaje. La Llave.
Se levantó y comenzó a caminar lentamente alrededor de mí.
—La mayoría de los Fae eran fanáticos de la pureza de la casta. Se negaban al mestizaje con las criaturas “inferiores” que nacían en el mundo, aun sabiendo que sin su magia no habría elfos, titanes, dríades… ni vida tal como la conocemos.
En un sentido abstracto, todos somos sus hijos bastardos. En uno más tangible… sangre de los antiguos corría por las venas de mi madre. Y corre por las de la tuya.
Se detuvo a mi espalda.
—Pero el mapa, herencia de mi familia —o del lado élfico de mi madre, al menos—, jamás respondió a mi llamado. Lo intenté durante décadas. Sangré sobre él hasta casi desmayarme. Nada.
Su risa fue corta y seca.
—Aquí viene la ironía, Cielo. Mis ancestros Fae eran humildes. Sirvientes, soldados rasos, “ratas callejeras” en su propia sociedad perfecta. Pero tú…
Volvió a ponerse frente a mí, agarrándome del mentón para obligarme a mirarlo.
—Tu casta… la sangre que corre por tus venas sucias es de la realeza. Perteneces a una de las tres familias nobles originales. Tienes la magia más pura que ha pisado este hielo en eones.
Me solté de su agarre con un manotazo.
—Linda clase de historia, comandante. Pero aún no me dices nada importante. ¿Qué ganamos con despertar un pozo viejo?
Vorden suspiró, como si mi estupidez le doliera físicamente.
—¿Cuál era el verdadero poder de los Fae, Aldariel?
Lo miré, dudando.
—No lo sé… ¿Magia pura? ¿Controlar la luz en lugar de los elementos?
Vorden negó con la cabeza, una sonrisa de lástima curvando sus labios.
—Me compadezco de ti, viviendo con una venda en los ojos. El poder de los Fae es la Vida.
Extendió los brazos, abarcando el bosque helado.
—Su magia impregnada en el mundo no solo dio origen a más especies. Ellos… son inmortales. Cuando llegaban a la madurez, el tiempo dejaba de hacer efecto en sus cuerpos eternos. Y si alguno caía en batalla, si era asesinado o destrozado… su cuerpo se convertía en polvo al instante.
Se acercó un paso más, bajando la voz a un susurro reverencial.
—Y tan solo un parpadeo después, emergía del Pozo de las Almas.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.
—Las leyendas cuentan que el pozo les tejía un cuerpo nuevo en sus aguas —continuó Vorden—. Resguardaba sus almas y las regresaba a la vida casi al instante, perfectos, jóvenes, eternos. Aquellos que no han visto el mapa creen que solo son mitos, que los Fae sucumbieron al paso del tiempo.
—Pero tú sabes que es verdad… —susurré, entendiendo por fin el horror de su plan.
—Yo sé que el pozo duerme —afirmó Vorden con fuego en los ojos—. Y sé que solo un descendiente de sangre real de una de las tres familias puede despertarlo.
Me señaló con un dedo enguantado.
—Eres especial, Cielo, pero no tanto. Hay más como tú dispersos por el mundo, ignorantes de su sangre. Pero te encontré a ti. Te tengo a ti. Y aquí estamos.
Su sonrisa se ensanchó, mostrando dientes demasiado blancos, demasiado perfectos.
—No busco riquezas, Aldariel. No busco un reino más grande. Busco lo que se le negó a mi madre y a mi padre.
—Quieres ser un Fae —dije, con la boca seca.
—Quiero ser eterno —corrigió—. Tú eres mi llave a la inmortalidad. Voy a usar tu sangre para despertar el pozo, y cuando sus aguas fluyan de nuevo… me bañaré en ellas hasta que mi carne de Titán se queme y renazca como algo que no puede morir.
Me quedé mirándolo, paralizada por la magnitud de su locura. No quería abrir una puerta. Quería convertirse en un dios. Y para eso, necesitaba exprimirme hasta la última gota.
O al menos eso pensé por un instante, sintiendo el pánico helado subir por mi garganta.
Pero entonces, como una chispa en la oscuridad, recordé las palabras de Brent en la copa del árbol:
“Lo que busca el comandante… no puede obtenerlo sin ti. Tiene que compartirlo contigo.”
La respiración se me atascó.
Vorden hablaba de “usar mi sangre”, de “bañarse él”. En su arrogancia de Titán, en su desesperación por borrar su propia mortalidad, creía que podía tomar la magia y dejarme seca como a una bota de vino viejo.
Pero si el Cambiapieles tenía razón… si la magia de los Fae requiera equilibrio… entonces Vorden estaba equivocado. O mentía.
Si el pozo requería que la Llave también recibiera el don, entonces no podía matarme. Me necesitaba viva. Me necesitaba consciente. Y si el poder se compartía…
Miré sus manos enormes, capaces de aplastarme el cráneo, y luego miré las mías, pequeñas y llenas de cicatrices.
Si el poder se comparte, entonces al final del camino no habrá un dios y una víctima. Habrá dos dioses. O dos cadáveres.
Vorden interpretó mi silencio como terror puro. Se puso de pie, sacudiéndose la nieve de los pantalones con un gesto regio.
—No pongas esa cara, Cielo —dijo, malinterpretando mis pensamientos—. No soy un monstruo desagradecido. Cuando consiga lo que quiero, cuando el tiempo deje de tocarme… tú tendrás tu recompensa.
—Ah, ¿sí? —pregunté, forzando la voz para que no temblara, ocultando mi nueva epifanía—. ¿Cuál es la recompensa para la llave después de que la giran? ¿Ser fundida?
Vorden se acercó y me acarició la mejilla con el dorso de sus nudillos. El toque fue suave, pero posesivo.
—La vida, Aldariel. Eres de la realeza, aunque hayas crecido en la mierda. Serás mi consorte. Mi reina . Vivirás bajo mi sombra, protegida, vestida con seda en lugar de harapos, viendo cómo el mundo cambia mientras yo permanezco igual.
Sus ojos brillaron con una locura romántica y retorcida.
—Me darás herederos que bañare en el pozo, resguardando sus almas eternas, serán Dioses, conquistadores…
—Tú envejecerás, morirás, serás un lindo recuerdo que no permitiré que se olvide, mil eones después de tu muerte, me asegurare que el nombre de Aldariel no se olvide, ese será tu legado, esa será tu propia inmortalidad.
—¿No es eso mejor que morir en un callejón por una moneda de cobre?
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