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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 63

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Capítulo 63: La Inmortalidad tiene tus Ojos

Después de su retorcida clase de historia y de revelar su verdadera ambición, Vorden se dio la vuelta y comenzó a caminar, siguiendo el rumbo invisible que mis instintos —y mi sangre— marcaban en el aire.

Me quedé parada un segundo, mirando su espalda ancha, esa montaña de músculo y obsesión que se alejaba en la nieve. La rabia y el dolor se mezclaron en mi pecho, formando un nudo caliente que me quemaba la garganta.

Di un par de pasos tras él, mis botas crujiendo en el hielo.

—Sabes, comandante… —dije, mi voz temblando ligeramente, no por miedo, sino por la humillación de admitirlo—. Por un segundo lograste engañarme. Hubo un instante, en este viaje maldito, en el que creí que yo… te importaba.

Vorden no se detuvo, pero ladeó la cabeza para escucharme.

—Claro que me importas, Cielo. Más que nada.

—No, Vorden. No me refiero a eso… —Apreté los puños—. Me refiero a que creí que sentías algo más. Que debajo de esa armadura y esa ambición, tu corazón podría latir por mí. Por quien soy, no por lo que tengo dentro.

El Titán se detuvo. Se giró lentamente, y su expresión era de genuina confusión, como si le estuviera hablando en un idioma muerto.

—Y así es, Aldariel. Te amo. ¿No lo ves? ¿No lo entiendes?

Abrió los brazos, como si quisiera abrazarme a mí y al paisaje helado al mismo tiempo.

—¿No estarías tú enamorada de la inmortalidad si la tuvieras frente a ti? —preguntó con una devoción fanática—. Eres lo más importante en el mundo para mí. Eres la puerta a mi eternidad. Sin ti, no sería nada más que polvo que se lleva el viento. ¿Qué amor puede ser más grande que ese?

Sentí náuseas.

Su “amor” no era afecto. Era idolatría, no hacia mí, hacia su forma divina. Era el amor de un adicto por su droga, de un avaro por su oro. Yo no era una mujer para él; era un objeto sagrado.

—No puedo permitir que encuentres el pozo, comandante —dije, y mi voz se endureció, fría como el acero—. Estás podrido hasta la médula. Y yo soy una estúpida por haber pensado otra cosa… pero soy una estúpida que te hará sangrar.

Me planté en la nieve, separando las piernas, bajando mi centro de gravedad. Mi mano fue a la empuñadura de mi daga. Adopté una pose defensiva, lista para morir antes que dar un paso más.

La cara de Vorden cambió. La devoción desapareció, reemplazada por una furia volcánica. Sus ojos negros se oscurecieron aún más.

—Estamos tan cerca que hasta mi sangre siente ese tirón… —gruñó, dando un paso hacia mí que hizo vibrar el suelo—. Camina, Aldariel. No te vuelvas desechable tan pronto.

—Oblígame.

—¡Te quiero reinando a mi lado! —bramó, perdiendo la compostura—. ¡Quiero que mi primogénito tenga tus ojos! ¡Quiero tu coraje, tu valentía en mi linaje!

Se detuvo a un metro de mí, su sombra cubriéndome por completo. Su voz bajó a un susurro letal, cargado de una promesa terrible.

—Pero si te niegas… si me obligas a elegir entre tenerte como compañera o tenerte como ingrediente… te aplastaré aquí mismo. Te romperé las piernas y te arrastraré por el pelo hasta el agua. Tú eliges cómo llegas a la meta, Colmillo: caminando como una reina, o arrastrada como un sacrificio.

—Veremos quién arrastra a quién, comandante… —dije, sintiendo cómo la adrenalina borraba el frío de mis venas—. Porque solo hay una certeza entre nosotros: no vamos a dar un solo paso más estando juntos.

Vorden parpadeó, sorprendido por la finalidad en mi tono.

No le di tiempo a procesarlo. No esperé a que desenfundara esa espada bastarda que podía partirme en dos.

Me lancé.

No ataqué como un soldado. Ataqué como lo que era: una rata de callejón acorralada.

Me dejé caer al suelo en un deslizamiento suicida sobre la nieve, pasando por debajo de su guardia. Mi daga brilló buscando el punto débil en su armadura: la parte interna del muslo, donde la arteria femoral latía expuesta.

El acero mordió, pero no lo suficiente. Vorden giró la cadera en el último segundo, y el filo solo abrió un tajo superficial en el cuero reforzado y la carne.

—¡Maldita…! —rugió el Titán, retrocediendo.

No me detuve. Aproveché mi impulso para ponerme de pie, girando sobre mis talones, y lancé una patada cargada de nieve directo a sus ojos.

Vorden se cubrió la cara instintivamente con el antebrazo. Era mi oportunidad.

Me abalancé sobre su espalda, trepando por su enorme armadura como un gato rabioso. Enrosqué mis piernas alrededor de su torso y busqué su cuello con la daga.

—¡Te voy a abrir la garganta! —grité, ciega de furia.

Pero Vorden era demasiado fuerte. Demasiado grande.

Sintió mi peso y reaccionó con una violencia brutal. Se echó hacia atrás, lanzándose de espaldas contra el tronco de un pino centenario.

El impacto me sacó el aire de los pulmones. Sentí que mis costillas crujían bajo la presión de su armadura y la madera dura. El dolor fue cegador. Mi daga se resbaló de mis dedos entumecidos y cayó en la nieve.

Vorden aprovechó mi aturdimiento. Me agarró por la pechera de mi túnica y me lanzó lejos de él como si fuera una muñeca de trapo.

Aterricé rodando en la nieve, tosiendo, buscando aire desesperadamente.

El comandante se puso de pie, respirando con dificultad, con una mano sobre el corte en su pierna. Sus ojos ya no tenían rastro de ese “amor” retorcido. Ahora solo había la frialdad del guerrero.

—Te di una opción, Aldariel —dijo, desenvainando su espada con un sonido metálico que resonó en el silencio del bosque—. Te ofrecí el mundo.

Se acercó a mí, paso a paso, la espada arrastrando una línea en la nieve.

—Ahora te daré las cadenas.

Me puse de pie tambaleándome. Me dolía todo. No tenía fuerza para vencerlo, pero tenía algo mejor: ubicación.

De repente, lo sentí. Un zumbido en la nuca, un calor que irradiaba desde la roca negra a mi espalda.

—¡Tenías razón, Vorden! —grité, mi voz rompiendo con una risa histérica—. ¡Siempre la tienes! La cueva no se queda mucho tiempo en el mismo lugar.

Podía sentirla. Su poder vibraba justo detrás de mí, invisible pero innegable, como el calor de una hoguera que no puedes ver. Yo era lo único que se interponía entre el Titán y el Manantial.

Tracé un plan tan peligroso como estúpido en mi mente. Un segundo. Eso era todo lo que tenía.

Arrojar mi daga hacia su rostro. Tendría que tomarse un instante para desviarla o cubrirse. Ese instante sería suficiente para dar media vuelta, correr hacia la grieta en la realidad y cerrarla… conmigo dentro. Y él afuera.

Si la Llave puede abrir, seguro que también puede cerrar.

Mi mente corrió más rápido que mi pulso. Sin mí, eventualmente morirá. ¿Buscará a otra como yo? Pensé, dudando por un segundo. ¿Le alcanzará la vida para encontrar a alguien más con el linaje en este mundo vasto y vacío?

Y si lo logra… ¿qué encontrará en el manantial cuando lo abra dentro de cien años? ¿El esqueleto de una elfa que murió de hambre negándole su primer intento de vivir para siempre? ¿O una guerrera inmortal que lo degollará en cuanto la luz toque su rostro?

La idea me aterraba: encerrarme en la oscuridad con la magia pura. Pero también podía sentir la seductora promesa que a él lo volvía loco. La eternidad. El poder.

No hay más opción, decidí, sintiendo el peso de la daga en mi mano. Tendré tiempo para pensar si viviré o moriré cuando esté dentro.

Vorden dio un paso hacia mí. Lento. Arrogante. Creyendo que ya había ganado porque yo estaba acorralada contra la nada.

—No lo hagas más difícil, Cielo —gruñó.

Sonreí, con la sangre manchándome los dientes.

Vorden dio un paso hacia mí, justo como lo imaginé, lento…arrogante.

—Fin del camino, comandante.

El brazo se me tensó y solté el acero.

Arrojé mi daga con toda la fuerza que me quedaba, directo a su ojo izquierdo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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