Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 64
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Capítulo 64: La Última Pregunta
—¿Espera? ¿Cuerpos prestados? ¿Un hijo verdadero? —sacudí la cabeza, retrocediendo un paso hacia la grieta invisible que pulsaba a mi espalda—. No entiendo un carajo, Brent… Rozen, quienquiera que seas.
El Fae, en su forma gloriosa y terrible, dio un paso suave hacia mí. Sus movimientos eran fluidos, carentes de la rigidez humana.
—Lo entiendo, hermana. Es mucha información para una vida tan corta —dijo con una paciencia milenaria—. Te explicaré. Si un Fae que ha sido tocado por la inmortalidad natural muere y no hay un cuerpo tejido por el Pozo esperando su alma… la inmortalidad se convierte en una maldición. Nos convertimos en parásitos. “Robamos” un cuerpo al azar, desplazando el alma del dueño original.
Su rostro perfecto se contorsionó en una mueca de disgusto.
—Pero estos envases mortales son débiles. Envejecen, se enferman y mueren, obligándome a repetir el ciclo una y otra vez. Necesito del Pozo para retomar mi cuerpo verdadero, mi forma eterna la que tiene la capacidad de…trascender.
Lo que ves ahora… —se señaló a sí mismo— es solo una aproximación. Lo más parecido que este cuerpo de cambiaformas puede mostrar de mi verdadero ser.
—Suena terrible… y complicado —admití, sintiendo el calor del Manantial acariciándome la nuca a través de la grieta—. Pero creo que entiendo, solo quieres ir a casa. Una vez dentro, ¿cómo lo despierto?
Caminamos lentamente hacia la grieta. Él avanzaba con hambre, yo con cautela.
—Es fácil, Aldariel —susurró Rozen, sus ojos brillando con anticipación—. El Pozo reconocerá la sangre de tus ancestros. El hielo se volverá líquido. Solo tienes que… entregarte.
Lo miré, y la comprensión me golpeó como un balde de agua helada al recordar mis pesadillas recurrentes.
—Ahogarme… —susurré—. Mi sueño. Debo morir en él.
—Sí —confirmó él sin titubeos—. Debes dejar que el agua llene tus pulmones. Debes morir para que la magia teja un cuerpo nuevo para ti. Un cuerpo que no sangra, que no envejece.
—¿Y qué pasa si no quiero ser inmortal? —pregunté, deteniéndome justo en el umbral—. Además de dejarte atrapado en ese ciclo en el que despojas almas de sus cuerpos…
Rozen ladeó la cabeza, como si la pregunta fuera absurda.
—Vorden no lo sabía todo, Aldariel. Hay algo que debes saber sobre la vida eterna, un detalle que…
—Espera —lo corté, levantando una mano—. Primero dime algo. Ya que estamos aquí, y antes de que decida si muero o no para salvarte el pellejo…
Lo miré a los ojos, necesitando saber la verdad sobre la única cosa que me había hecho sentir realmente viva en todo este viaje, aunque fuera una mentira.
—¿Por qué mierda me cogiste?
Rozen parpadeó, sorprendido. Una sonrisa lenta y genuinamente divertida curvó sus labios perfectos.
—Vaya momentos que eliges para tus interrogatorios, Colmillo. Verás, lo que pasa es que…
No terminó la frase.
Un rugido salvaje, inhumano, rompió el aire a nuestras espaldas.
—¡¡LA INMORTALIDAD SERÁ MÍA!!
Me giré justo a tiempo para ver una masa de acero y sangre cargando hacia mí.
Vorden.
No estaba muerto. Estaba maltrecho, con la daga aún clavada en la espalda y sangre brotando de la boca, pero la furia lo mantenía en pie. Había ignorado el dolor, la gravedad y la lógica para un último ataque.
—¡No! —gritó Rozen, lanzándose hacia adelante, pero fue demasiado lento.
Vorden me embistió con la fuerza de un toro de asedio.
Sus hombros chocaron contra mi pecho con un impacto brutal, sacándome el aire y levantándome del suelo.
—¡AAAAAGHH!
El impulso nos llevó hacia atrás. Cruzamos el umbral.
Sentí un cambio de presión violento. El frío del norte desapareció, reemplazado por un aire denso y húmedo con olor a jazmín. Caímos sobre suelo blando, rodando entre hierba y flores luminosas cristalizadas.
—¡Estás dentro! —escuché el grito de Rozen, pero sonaba lejano, distorsionado como si hablara bajo el agua.
Me giré hacia la entrada.
Al otro lado del velo, vi el rostro de Rozen Brentwood contorsionado en una máscara de horror y desesperación, estirando la mano hacia nosotros.
Pero la violencia de la entrada había roto el equilibrio. La presencia del Titán, un ser sin magia pura, actuó como un veneno en la herida de la realidad.
¡CRAAAAACK!
La puerta de roca invisible se cerró de golpe. No hubo desvanecimiento gradual. Fue un portazo cósmico. La luz del exterior se cortó, dejando a Rozen fuera, gritando en la nieve.
Y dejándome a mí atrapada en el paraíso congelado…
Con un monstruo.
Me puse de pie a duras penas, tosiendo. El lugar era hermoso, una cueva inmensa iluminada por bioluminiscencia, con el Manantial en el centro, congelado y silencioso como un espejo de plata.
Pero no pude admirarlo.
A unos metros de mí, Vorden se levantaba. Se arrancó la daga de la espalda con un gruñido agónico y la arrojó al suelo. Sangraba profusamente, respiraba como un fuelle roto, pero sus ojos… sus ojos estaban fijos en mí con una promesa de muerte absoluta.
Estábamos solos. Encerrados.
—Ahora… —dijo el Titán, escupiendo sangre negra en las flores sagradas—. Terminemos lo que empezamos, Cielo.
Fin del arco 1: La llave rota…
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