Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 67
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Capítulo 67: Saga de Hueso y Plata. Arco 2: Inmortal
Capítulo 1: A una Palma de la Eternidad
—Estás ante la presencia de un Dios —bramó Vorden, su voz rebotando en las paredes de la cueva con una distorsión fanática—. ¡Ríndete de una maldita vez, Cielo!
Me limpié la sangre de la boca con el dorso de la mano, escupiéndole a los pies.
—Te golpeaste la cabeza al caer, Vorden. Eres un maldito loco, nada más. No un Dios. Y no permitiré que salgas de aquí con vida.
Apenas las palabras salieron de mi boca, la cueva respondió.
No fue un temblor, fue un despertar. El interior de la caverna comenzó a resplandecer con una bioluminiscencia etérea. Las flores cristalizadas y muertas se sacudieron el polvo de los siglos, llenándose de vida y color púrpura vibrante en un parpadeo. El hielo que cubría las paredes retrocedió como una marea asustada, y el aroma estéril de la roca fue reemplazado de golpe por un olor embriagador a pasto húmedo, jazmín y lavanda.
El agua del manantial se agitó. Una pequeña cascada surgió de la nada en un muro de roca, alimentando el pozo con un rugido cristalino. La vida, la magia Fae pura y antigua, nos rodeó, vibrando en el aire como electricidad estática.
Los ojos de Vorden se dilataron, reflejando el brillo del agua.
—¡Lo ves, Aldariel! —gritó, extasiado—. ¡El manantial me reconoce! ¡Sabe quién soy! Ahora solo debo bañarme en sus aguas para reclamar mi herencia.
«No lo sabe…», pensé, mi mente trabajando a mil por hora mientras mis músculos se tensaban. «El idiota no sabe que debe morir en él para renacer.»
Si se metía al agua vivo, solo se mojaría. Pero no podía dejar que lo descubriera. Si veía que no funcionaba, sospecharía que falta un paso. Es un monstruo, pero es un monstruo astuto. Tenía que mantenerlo ocupado. Tenía que hacerlo creer que yo era el único obstáculo.
—¡No pasarás, Titán! —grité, escupiendo mi propia sangre al piso de piedra.
Él atacó con una furia que ya no era humana.
Logré esquivar su primer golpe, un puñetazo que habría derribado un muro, y me arrastré por el suelo hasta alcanzar la daga negra que él mismo se había arrancado de la espalda. Mis dedos se cerraron en torno a la empuñadura fría.
Él me ignoró. Su obsesión era el agua. Caminó hacia el manantial como un hombre hipnotizado.
Me levanté y corrí hacia él para apuñalarlo por la espalda, pero Vorden era rápido. Giró sobre sus talones y esquivó mi ataque con una elegancia letal. El impulso me hizo trastabillar y mis botas chapotearon en el borde del manantial.
El agua era tibia. Y mucho menos profunda de lo que creí; no me llegaba ni a las rodillas.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, una mano inmensa se cerró alrededor de mi garganta. Vorden me levantó en el aire como si no pesara nada. Sus ojos negros estaban vacíos de empatía.
—Fin del camino, Cielo.
Apretó.
Escuché el crujido asqueroso de mis propias vértebras antes de sentir el dolor. Mi visión se apagó. Solté un último suspiro y caí en la oscuridad.
Entonces, sucedió.
El suelo del manantial dejó de ser piedra bajo mis pies. Se convirtió en un pozo sin fondo. Mi cuerpo muerto se hundió en una negrura líquida y cálida. Sentí el agua entrar por mi boca abierta, llenando mis pulmones colapsados, impidiéndome tomar ese último aliento que mi cerebro exigía.
Morí.
Y no pasó ni un segundo.
Un solo parpadeo después, el agua me escupió.
Salí disparada desde la superficie del manantial como una flecha, viva, entera, furiosa.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Salté desde el agua y acerté un golpe seco con la rodilla directo en la barbilla del Titán.
¡CRACK!
Pude sentir el crujir de sus dientes estrellándose y rompiéndose bajo el impacto. Vorden retrocedió tres pasos, llevándose la mano a la boca destrozada, mirándome con incredulidad absoluta.
—¡Noooooo! —rugió, escupiendo muelas y sangre—. ¡Noooooooooooooo! ¡Tú no puedes tener el don de la vida! ¡Yo debo ser el único! ¡Yo soy el inmortal!
Aterricé en la orilla, con la daga negra en la mano y una energía inagotable recorriendo mis venas.
—Muy tarde para eso, comandante.
Me lancé al ataque de nuevo, buscando su cuello.
Pero él seguía siendo un guerrero experimentado y yo seguía siendo pequeña. Me interceptó en el aire, me tomó del cuello una vez más y, con un giro brutal de su cadera, me arrojó contra la pared de roca de la cueva.
El impacto fue devastador. Sentí mi cabeza estallar contra la piedra, mi cráneo fragmentándose como una cáscara de huevo. Oscuridad instantánea.
Un parpadeo después.
Ya estaba de pie en el centro del manantial, gritando de guerra, atacando de nuevo.
Vorden me recibió esta vez con la daga que se me había caído al morir la primera vez. La enterró en mi corazón con precisión quirúrgica.
Bajé la vista, viendo el acero en mi pecho. Mi cuerpo se deshizo en polvo brillante y ceniza.
Un parpadeo después.
Emergí del agua una vez más y lancé un golpe cruzado que logró alcanzar el rostro del Titán iracundo, abriéndole el pómulo.
—¡¿Cuántas veces tendré que matarte para que entiendas, Aldariel?! —gritó él, frustrado, agarrándome del pelo y estampando mi cara contra su rodilla—. ¡Saldré de aquí como un DIOS y tú serás mi mascota eterna!
Sentí mi nariz romperse, mi consciencia oscilar.
—¡Toda la mierda que has vivido hasta hoy será la mejor parte de tu vida! —prometió—. ¡Te juro que serás miserable por los siglos de los siglos!
Dio un paso más hacia el pozo, arrastrándome. Intenté golpearlo, pero aún quedaba demasiada fuerza bruta en él. Levantó su puño blindado y destrozó mi cráneo de un solo golpe descendente.
Morí.
Cuando emergí del agua, él ya estaba ahí.
Estaba de pie en el centro del manantial, conmigo a su lado. El agua le llegaba a las pantorrillas. Se frotaba los brazos, el pecho, la cara, con los ojos rojos y desorbitados, esperando la transformación, bebiendo del manantial, esperando el poder.
Me puse de pie, el agua escurriendo por mi cuerpo intacto.
—Eres un hijo de puta, Vorden —dije, jadeando no por cansancio, sino por la adrenalina de morir tres veces en un minuto.
—No… —susurró él, mirando sus manos—. Soy un dios. El agua ahora me conoce… me reconoce.
Dio un paso fuera del agua, ignorándome de nuevo, caminando hacia la salida cerrada con arrogancia.
—Abre… —ordenó a la pared—. Ábrela, llave, si no quieres que nuestros primeros cien años de eternidad sean un millón de muertes para ti.
Caminé detrás de él, con el agua goteando de mis ropas, y recogí la daga negra del suelo.
—Olvidas algo, Vorden… —dije a su espalda.
Él se detuvo, impaciente.
—Para emerger como un dios inmortal… primero debes morir.
Clavé la daga negra justo en su nuca, en el hueco vulnerable entre el casco y la armadura, cortando la conexión con su espina dorsal.
Vorden emitió un sonido ahogado y cayó de rodillas pesadamente.
Se llevó las manos al cuello, sintiendo la sangre caliente brotar a borbotones. Miró sus manos manchadas de rojo con pánico creciente.
—No… —graznó—. No… no me hago polvo…
Logró girar la cabeza para verme. Por primera vez en nuestra historia, pude ver terror puro y sin adulterar en su mirada de alquitrán.
Me incliné sobre él, fría como el invierno que habíamos dejado fuera.
—La vida eterna requiere el sacrificio de la muerte, Vorden. Tenías que morir ahogado en sus aguas, igual que yo. Pero tú… tú solo te estás desangrando en la orilla.
Vorden intentó gatear hacia el agua. Estaba ahí, a centímetros. Solo tenía que arrastrarse y sumergir la cabeza.
—N-no…
Levanté mi bota y asesté una patada brutal en su cabeza.
El impacto movió su cuello con un crujido repugnante, cambiando el ángulo de la daga que aún tenía clavada, desgarrando carne y arterias. La hemorragia fue obscena. Un torrente rojo manchó las flores púrpuras.
El cuerpo del Titán quedó tendido en el suelo, convulsionando, con la mano extendida hacia el manantial.
Estaba a una palma de distancia de su sueño de eternidad. Y nunca había estado tan lejos.
Me acerqué un paso más, mirando cómo la vida se le escapaba entre jadeos. Me agaché a su lado, cerca de su oído, para asegurarme de que fuera lo último que escuchara en este mundo.
—Te compadezco, cielo —susurré, devolviéndole su propia arrogancia—. Todo ese conocimiento… y tu muerte la causó la ignorancia.
Vorden soltó un último gorgoteo, su mano cayó inerte sobre la roca, y el “Dios” murió como un hombre cualquiera: solo, engañado y sangrando.
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