Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 68
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Capítulo 68: Capítulo 2: La Maldición de la Eternidad
Me limpié la última mancha de sangre ajena de la mejilla y miré hacia el techo abovedado de la cueva, buscando alguna señal, algún mecanismo.
—Me pregunto cómo se abre la maldita puerta —dije en voz alta, mi voz resonando en el silencio sagrado.
En ese instante, el aire sobre mí vibró. No hubo sonido de piedras moviéndose, solo un rasguido húmedo, como tela rasgándose. La realidad misma se abrió por un segundo, escupiendo una figura larga y elegante que cayó al suelo con la gracia de un gato.
Rozen.
El Fae se incorporó de inmediato, sacudiéndose pétalos invisibles de la ropa. Sus ojos recorrieron la escena en un parpadeo: el Manantial en calma, yo de pie… y el cadáver del Titán a mis pies.
Un solo vistazo le bastó para entenderlo todo. Su expresión cambió de la cautela al asombro reverencial.
—Aceptaste el don, hermana… —susurró, acercándose—. Pero… ¿cómo? ¿Qué diablos pasó aquí?
Me dejé caer sentada en la orilla del manantial, sintiendo el agotamiento mental golpear ahora que la adrenalina bajaba.
—Para empezar, Brent… digo, Rozen —lo corregí, mirándolo con el ceño fruncido—, no me digas “hermana”. Es jodidamente raro escucharlo sabiendo que cogimos.
Rozen se detuvo en seco. Por un momento, la criatura milenaria pareció un muchacho avergonzado; un rubor violeta subió por sus pómulos perfectos.
—Disculpa… no lo pensé así —carraspeó, recuperando la compostura—. Es una costumbre Fae. Todos, de alguna forma, nos consideramos hermanos de sangre bajo la magia del Pozo. Pero entiendo la… incomodidad. Aldariel.
Se sentó en una roca frente a mí, manteniendo una distancia respetuosa.
—¿Por qué mencionaste que Vorden tenía que compartir el don conmigo? —pregunté, mirando el agua quieta—. Yo no lo compartí con él. Yo lo maté.
Rozen asintió gravemente.
—Para adquirir la vida eterna se debe aceptar la muerte. Morir en el Manantial, dentro de sus aguas, dejando que estas llenen tus pulmones.
—Así fue —dije, sintiendo un escalofrío fantasma—. El desgraciado me rompió el cuello y me hundí. El muy estúpido creyó que con solo bañarse y beber le daría lo que buscaba. Por eso me dio la espalda y una oportunidad.
Mientras hablaba, noté algo por el rabillo del ojo. El suelo de la cueva, cubierto de musgo y flores, comenzó a moverse. Pequeñas enredaderas brotaron de la roca a una velocidad antinatural, envolviendo las botas de Vorden. Luego sus piernas. El cuerpo masivo del Titán comenzó a hundirse en la tierra, como si la piedra se hubiera vuelto barro. Las manchas de sangre negra en las flores fueron absorbidas, dejando los pétalos inmaculados de nuevo.
—Vaya… —murmuré con asco y fascinación—. Este lugar se limpia solo.
Rozen ni siquiera miró el cuerpo desapareciendo.
—Aun si el Titán se hubiera ahogado voluntariamente en el pozo —explicó Rozen, su voz tomando un tono de maestro—, no hubiera regresado. La magia de los Fae considera el suicidio como una profanación a la vida. Un acto tan aberrante que mata cuerpo y alma.
Me miró fijamente.
—Por eso alguien debe asesinarte en el Manantial. Alguien para quién eres importante. Por eso se le llama “El Sacrificio”. Quizá a Vorden no le importabas tú como persona, Aldariel, pero le importaba profundamente lo que tú podías significar para él. Eras su llave, su obsesión. Eras vital para su plan.
Rozen señaló el lugar donde la cabeza de Vorden acababa de ser tragada por la tierra.
—Ese vínculo de “necesidad” validó el sacrificio cuando te quitó la vida. La ironía es… que, si tú lo hubieras amado, y lo hubieras ahogado en estas aguas con tus propias manos… ahora tendríamos a un monstruo inmortal ahí parado.
Miré el espacio vacío en el suelo. Ya no quedaba nada de Vorden’gom Zazgolam. Ni un hueso. Ni un rastro.
—Casi lo hago, ¿sabes? —confesé, mi voz rompiéndose—. Hubo un momento en el viaje… estuve a punto de sentir algo por él. Me doy asco por eso.
—Tranquila, Aldariel —dijo Rozen con suavidad—. Nada de esto fue tu culpa. Él era un manipulador experto.
Hizo una pausa, estudiándome.
—Dime algo… ¿por qué volviste? Yo sé lo que sucede “al otro lado” cuando el cuerpo muere en el agua. Tuviste la opción de quedarte ahí.
Cerré los ojos, recordando.
—Sí. La tuve. Estaba flotando en un vacío infinito, cálido, sin dolor. Debajo de mí pude ver mi cuerpo tejiéndose en el agua, rehaciéndose hueso por hueso. Y arriba… la luz. Una paz que nunca he conocido.
Las lágrimas comenzaron a fluir sin control por mis mejillas, calientes y saladas.
—Me ganó mi propia ignorancia, Rozen. Creí que la regla era solo ahogarse. Pensé que Vorden podría deducirlo tarde o temprano, que se resbalaría o se sumergiría por desesperación. Volví para detenerlo. No podía irme en paz y dejar un monstruo demente y eterno suelto en el mundo.
Me abracé las rodillas, sollozando.
—Yo… yo no quería esto. No me interesa vivir para siempre. No soy nada, solo una ladrona. No he tenido una buena vida, Rozen, ha sido miserable. No quiero ser una mierda eterna.
Rozen se movió entonces. Se arrodilló a mi lado y, con una delicadeza infinita, puso una mano en mi hombro.
—Tranquila, Aldariel. Siempre hay un modo. En nuestro caso, dos.
Levanté la vista, sorbiendo la nariz.
—¿Dos?
—Como dije, según la teología de los Fae, el suicidio rompe la inmortalidad, pero el precio es la inexistencia total. Se lleva el alma. Es el final absoluto.
—¿Y la otra opción? —pregunté, aferrándome a la esperanza.
Rozen miró alrededor de la cueva vacía.
—¿Ves a otro Fae por aquí, además de mí?
—No. Supongo que no. Vorden dijo que “trascendieron”.
—Así es —sonrió Rozen, y por primera vez, su sonrisa no tenía burla, sino anhelo—. Están en algún lugar. De alguna forma. No sé cuál, no sé cómo, no sé dónde… aún.
Me tendió la mano, ayudándome a levantarme.
—Pero sé que tenemos una eternidad para averiguarlo, Aldariel. No estamos condenados a vagar por este mundo para siempre. Nuestra misión ahora es encontrar el camino que ellos tomaron. Vamos a trascender con ellos.
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