Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 6 Pelea Como si Estuvieras Muerta
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7: Capítulo 6: Pelea Como si Estuvieras Muerta 7: Capítulo 6: Pelea Como si Estuvieras Muerta Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de madera, ignorando el ardor en mis palmas despellejadas.
Me levanté.
Mis rodillas protestaron, pero la furia era un anestésico poderoso.
—Otra vez —repetí, no como una respuesta, sino como una promesa.
Esta vez no cargué de frente.
Me moví en círculos, trazando una línea en la grava, obligándolo a girar.
Él me seguía con la mirada, relajado, con esa quietud exasperante que precedía al ataque.
Arremetí hacia su izquierda, una finta rápida destinada a distraerlo.
Él mordió el anzuelo, levantando un brazo para bloquear.
Sonreí, mostrando mi diente de metal.
Giré sobre mis talones, cambiando la dirección del impulso, y lancé la daga verdadera hacia su costado derecho, justo debajo de las costillas.
Iba a darle.
Iba a borrar esa sonrisa de superioridad de su cara.
Pero él no había mordido el anzuelo.
Él era el anzuelo.
Antes de que la madera tocara su camisa, su mano libre salió disparada como una cobra.
Agarró mi garganta.
No apretó lo suficiente para asfixiarme, pero sí lo suficiente para detener mi impulso en seco.
El impacto me levantó de las puntas de los pies.
—Predecible —susurró.
Con un movimiento brutal de cadera, barrió mis piernas.
El cielo y la tierra se invirtieron.
Mi espalda golpeó el suelo compactado con un tud que me sacó todo el aire de los pulmones.
La daga salió volando de mi mano.
Pero esta vez, él no se quedó de pie.
Cayó conmigo.
O, mejor dicho, sobre mí.
Su peso me inmovilizó al instante.
Sus rodillas clavaron mis muslos contra la tierra, anclándome.
Sus manos apresaron mis muñecas y las golpearon contra el suelo a cada lado de mi cabeza, dejándome abierta, expuesta, totalmente a su merced.
Jadeé, luchando por respirar bajo la presión de su pecho contra el mío.
Estábamos tan cerca que nuestros alientos se mezclaban en una nube blanca en el aire frío.
Podía sentir cada músculo de su cuerpo, duro como la piedra, presionando contra mi suavidad.
—Suéltame —gruñí, retorciéndome inútilmente.
Mi pelvis chocó contra la suya en la lucha, y vi cómo sus pupilas se dilataban, tragándose el iris por completo.
Una chispa de algo oscuro y hambriento cruzó su rostro.
—¿Para qué?
—preguntó, su voz bajando a ese tono peligroso que hacía vibrar mis huesos—.
¿Para que puedas intentar apuñalarme de nuevo con esa técnica de aficionada?
Bajó la cabeza lentamente.
Su nariz rozó la mía —la que él había roto y luego mandado arreglar—.
El contacto fue eléctrico, íntimo de una manera que me revolvió el estómago.
—Mira a tu alrededor, elfa —ordenó, sin soltar mis muñecas.
Moví los ojos.
Los soldados habían dado un paso al frente.
El círculo se había cerrado.
Veía sus botas, sucias y pesadas, a solo unos metros de mi cabeza.
Escuchaba sus respiraciones agitadas, olía su excitación por la violencia.
—¿Crees que soy cruel?
—murmuró él, obligándome a mirarlo de nuevo a los ojos—.
Si yo me levanto ahora mismo y me voy…
ellos no van a entrenar contigo.
Ellos te van a despedazar.
Te van a devorar viva antes de que toques el suelo.
Apretó mis muñecas, el dolor agudo mezclándose con la presión sofocante de su cuerpo sobre el mío.
—Yo soy lo único que se interpone entre tú y ellos.
Soy el monstruo que mantiene a raya a los otros monstruos.
Así que deja de pelear contra mí como si fuera tu enemigo y empieza a aprender.
—Eres mi enemigo —escupí, las lágrimas de frustración y dolor picando en mis ojos.
Él sonrió.
Fue una sonrisa lenta, terrible y hermosa.
—Soy tu dueño, Cielo.
Acéptalo y tal vez sobrevivas a la semana.
Se inclinó un poco más, su boca a milímetros de la mía.
Por un segundo de locura, mi corazón dejó de latir, esperando…
¿qué?
¿Un beso?
¿Un mordisco?
La tensión era una cuerda de violín a punto de romperse, vibrando entre la violencia y el deseo.
—Ahora…
—Susurró contra mis labios, tan cerca que pude saborear el licor residual de la noche anterior—.
Quítame de encima.
Si puedes.
Soltó mis muñecas de golpe.
No me dio tiempo a pensar.
Fue instinto.
Levanté la rodilla con todas mis fuerzas, buscando su entrepierna.
Él se rió, rodando hacia un lado en el último segundo, esquivando el golpe bajo con una facilidad insultante y poniéndose de pie en un movimiento fluido.
Yo me quedé allí, tirada en la tierra, jadeando, con la piel ardiendo donde su cuerpo me había tocado y el sabor a metal y odio llenándome la boca.
—Mejor —dijo él desde arriba, limpiándose el polvo de las manos—.
Pero sigues siendo lenta.
Levántate.
Hora de comer elfa, ese cuerpo escuálido necesita fuerza, sígueme El insulto golpeó casi tan fuerte como el suelo.
Escuálida.
Me miré los brazos.
Estaban delgados, sí, fibrosos por años de supervivencia y semanas de huida, pero había fuerza en ellos.
Fuerza que él subestimaba.
O tal vez, fuerza que él planeaba moldear a su antojo.
Mi estómago rugió en ese momento, un sonido gutural y traicionero que resonó en el silencio tenso entre nosotros.
Odié a mi cuerpo por darle la razón.
—No soy un perro al que puedas silbar para que coma —repliqué, limpiándome la tierra de los pantalones con manos temblorosas.
Él ya se había dado la vuelta, caminando hacia una puerta lateral del patio sin esperarme.
—Los perros son leales, elfa.
Tú eres solo una inversión costosa.
—Su voz flotó sobre su hombro, indiferente—.
Y si no te das prisa, comerás las sobras de los sabuesos.
Apreté los dientes, sintiendo el metal frío, y lo seguí.
No porque él lo ordenara, me dije a mí misma.
Sino porque si iba a matarlo, necesitaba calorías para sostener el cuchillo.
El comedor era un barracón largo de piedra, lleno de humo de antorchas y el olor denso a estofado de carne, pan rancio y sudor masculino.
El ruido de cientos de soldados comiendo y gritando era ensordecedor…
hasta que entramos nosotros.
El silencio se extendió desde la puerta como una ola.
Cientos de cabezas se giraron.
Sentí el peso de sus miradas como una manta física y asfixiante.
No había curiosidad en esos ojos; había odio puro.
Yo era la enemiga.
La elfa.
La “llave”.
Si él no estuviera caminando un paso por delante de mí, abriendo el mar de soldados con su sola presencia, me habrían despedazado allí mismo sobre las mesas de madera.
Él caminó hasta la mesa principal, elevada sobre una tarima.
Se sentó en la cabecera, en una silla de madera oscura que parecía un trono, y señaló el taburete a su derecha con un gesto seco de la barbilla.
—Siéntate.
Me senté, rígida, con la espalda recta.
Un sirviente dejó un plato hondo frente a mí.
Estofado.
Trozos de carne oscura y verduras raíces flotando en un caldo espeso.
Olía a gloria.
Olía a vida.
Agarré la cuchara de madera, mis manos todavía sucias de tierra del entrenamiento.
—Come —ordenó él.
Él no estaba comiendo.
Tenía una copa de vino en la mano y me miraba fijamente.
Me llevé la primera cucharada a la boca.
El calor del caldo quemó mi lengua, pero no me importó.
Comí con hambre, con desesperación, ignorando los modales de la corte que me habían enseñado de niña.
—Despacio —advirtió él en voz baja.
—Tengo hambre —dije con la boca llena, desafiante.
—Tienes hambre porque tu cuerpo está consumiéndose a sí mismo tratando de curar lo que te rompí.
—Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
Sus ojos oscuros bajaron a mis labios, donde una gota de caldo se había escapado—.
Come todo.
Necesito que recuperes el peso.
No puedo follar…
digo, entrenar con un esqueleto.
La corrección fue deliberada.
Lo vi en la curva perversa de su sonrisa.
Me atraganté con el estofado, tosiendo violentamente mientras el calor subía por mi cuello hasta las orejas.
Él se recostó en su silla, observando mi reacción con una satisfacción perezosa, como un gato que acaba de empujar un vaso de la mesa solo para ver cómo se rompe.
—¿Te he puesto nerviosa, Cielo?
—preguntó, tomando un sorbo de su vino—.
Deberías comer.
Necesitarás fuerzas para la tarde.
El entrenamiento de combate cuerpo a cuerpo…
requiere mucho contacto.
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