Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 70
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Capítulo 70: Gorriones y Cuervos
Caminamos entre los callejones laberínticos de la ciudad, donde la sombra es la única ley. El aire aquí era denso, cargado de humo y desesperanza, un aroma que conocía demasiado bien.
—Dame tu capucha, Rozen —ordené en voz baja, deteniéndome bajo un saliente podrido—. Por motivos muy diferentes, pero en esta ciudad también hay quien pagaría por mi cabeza.
El Fae obedeció riendo por lo bajo mientras se desabrochaba la capa de lana gris que había portado por tanto tiempo como soldado de la elite del titan.
—Seguramente también pagarían por un Fae —dijo divertido, entregándome la prenda—. Aunque dudo que sepan qué hacer con uno.
Me cubrí la cabeza, ocultando mi rostro en la penumbra de la tela. Cuando volví a mirarlo, me detuve en seco.
Rozen se pasó la mano por el rostro con ese gesto fluido que ya empezaba a resultarme familiar. Sus rasgos afilados y aristocráticos se derritieron como cera, reformándose en segundos. La mandíbula se volvió más cuadrada, la nariz un poco torcida, los ojos cambiaron de violeta a un castaño cálido.
Ahí estaba. El viajero. El hombre que compartió una copa y su habitación conmigo en el pueblo. El hombre al que me entregué.
—”Brent” —susurré con veneno.
—Pensé que te gustaría ver una cara familiar —dijo él con la voz del soldado, guiñándome un ojo.
Lo miré por un segundo, sintiendo una mezcla confusa de atracción residual y ganas de vomitar.
—No sabría si besarte o clavarte una daga en el ojo, “Brent”. Vamos, camina.
Avanzamos hasta llegar a una esquina desde donde se veía el edificio del burdel. Era una estructura de tres pisos, pintada de un rojo descolorido, con luces cálidas filtrándose por las ventanas cerradas. Música y risas lejanas escapaban hacia la calle.
—Hay que rodear —dije, tirando de su manga.
—Pensé que entraríamos —respondió él, mirando la puerta principal donde un par de hombres negociaban la entrada.
—Así será, Rozen. Pero por la puerta de atrás. Las ratas no entran por el frente.
Rodeamos el edificio entre charcos de agua estancada hasta llegar a una puerta negra de madera reforzada en el callejón trasero.
Me acerqué y golpeé la madera con los nudillos. Toc. Toc-toc. Toc. Un golpe rítmico, preciso. Claramente no había nada aleatorio en el golpeteo.
Silencio. Luego, una ventanilla pequeña se deslizó abriéndose. Unos ojos oscuros nos miraron desde dentro.
—¿Gorriones? —preguntó una voz grave y rasposa.
—Cuervo —respondí de inmediato—. Los gorriones vuelan a lo lejos.
Hubo una pausa. El sonido de cerrojos pesados deslizándose llenó el callejón. La puerta crujió y se abrió hacia adentro.
—Adelante —gruñó un hombre corpulento, un gigante con cara de pocos amigos que se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Entramos en un pasillo estrecho iluminado por candelabros de grasa. El olor a perfume barato y tabaco era intenso.
Apenas dimos tres pasos cuando un grito agudo resonó desde el final del pasillo.
—¡ALDARIEL!
Una mujer apareció como un torbellino de sedas de colores y joyas falsas. Madame Zafiro. Era una mujer grande, hermosa en su exageración, con el cabello teñido de un rojo furioso y maquillaje excesivo.
Se abalanzó sobre mí con los brazos abiertos.
—¡Por fin de vuelta, mi niña! ¡Cuánto tiempo! —exclamó, su voz llenando todo el espacio—. Creí que la guardia por fin había dado contigo y te tenían pudriéndote en alguna celda.
Se detuvo un momento, mirando a Rozen (en su forma de Brent) con ojos expertos de tasadora.
—¿Quién es tu acompañante? —ronroneó—. Es apuesto… Ven, pasen, cuéntame to…
De repente, Zafiro se frenó en seco. Arrugó la nariz pintada y retrocedió un paso, abanicándose con la mano.
—¡Espera! No, niña, así no se puede. ¡Puaj! —Hizo una mueca de asco—. Hueles a mierda de caballo, a sangre vieja y a pantano.
Nos miró a ambos con severidad maternal.
—Les daré la habitación azul, la del baño privado. Tienen agua caliente y jabón de lavanda. Úsenlo. Cuando estén listos y huelan a gente decente, búscame en mi oficina. Tenemos mucho de qué hablar.
—Tomense su tiempo cariño…con un hombre como el, yo lo haría.
Sin esperar respuesta, chasqueó los dedos a una chica que pasaba para que nos guiara y desapareció por donde vino, dejando una estela de perfume dulce.
—Gracias, Madame Zafiro —dije con voz tranquila, en total contraste con el vendaval que acababa de pasar.
Rozen me miró, sorprendido, mientras subíamos las escaleras tras la chica.
—¡Esa mujer es un huracán! —susurró—. ¿Cómo diablos te reconoció bajo la capucha? Ni siquiera te vio la cara.
Me encogí de hombros.
—Ella conoce bien a sus chicas. Reconoce mi forma de caminar, mi postura… hasta mi respiración, supongo.
Rozen soltó una risita burlona.
—Creí que habías dicho que no trabajabas aquí.
Me detuve en el rellano y lo fulminé con la mirada.
—Te dije que, no vendiendo el cuerpo, imbécil… —gruñí—. Vendía otras cosas. Zafiro me cuidaba a cambio de… servicios logísticos.
Abrí la puerta de la habitación que nos indicaron. Una tina de cobre nos esperaba en el centro.
—En fin, hay que prepararnos —dije, empujándolo dentro—. Ya escuchaste a la dama. No nos va a recibir oliendo a muerte y mierda.
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