Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 71
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Capítulo 71: Piel sin Memoria
Cerré la puerta con el talón, dejando fuera el ruido del pasillo y el perfume empalagoso de Zafiro. El silencio de la habitación azul nos envolvió, roto solo por el sonido del agua caliente humeando en la tina de cobre.
Me apoyé contra la madera, soltando un suspiro que llevaba semanas reteniendo.
—Primero que nada —dije, señalando a Rozen—, quítate esa cara. No me voy a bañar con un fantasma mirándome, y mucho menos con uno que tiene la cara del hombre al que acabo de amenazar con clavarle una daga en el ojo.
Rozen asintió. Pasó su mano por el rostro y “Brent” desapareció. Sus rasgos Fae, afilados y violetas, regresaron. Su estatura aumentó, recuperando esa elegancia depredadora natural.
—Mejor —murmuré.
Me acerqué a la tina y empecé a desabrocharme la ropa sucia, rígida por la sangre seca y el barro. Me quité la túnica, las botas, los pantalones. No sentí vergüenza. Después de morir tres veces y renacer en un pozo mágico, la desnudez me parecía el menor de mis problemas.
Rozen se quedó quieto junto a la ventana, respetuoso, pero sus ojos no se apartaron de mí ni un instante.
Entré en el agua. El calor fue un bálsamo bendito. Gemí de placer mientras me sumergía hasta la barbilla, sintiendo cómo la suciedad de la montaña se desprendía de mi piel.
Me froté el brazo izquierdo, buscando la vieja cicatriz en forma de medialuna que me hizo un carnicero cuando intenté robarle una salchicha a los diez años.
Mis dedos resbalaron sobre piel lisa.
Fruncí el ceño. Froté más fuerte. Nada.
Me incorporé de golpe, salpicando agua al suelo. Me miré el muslo, donde Vorden me había cortado superficialmente antes de morir la primera vez. Nada. Ni una marca.
Busqué en mis costillas la quemadura de una antorcha. Desaparecida. La marca de viruela en mi hombro. Borrada.
—Mis cicatrices… —susurré, sintiendo un pánico absurdo—. Rozen, mis cicatrices no están.
El Fae se acercó a la tina, arremangándose la camisa negra que llevaba.
—Te lo dije, Aldariel —explicó con suavidad, tomando una esponja y jabón de lavanda—. El Manantial teje un cuerpo nuevo. Perfecto. Ideal.
Empezó a frotar mi espalda con movimientos lentos.
—El Pozo no entiende de “historia” o de “supervivencia”. Solo entiende de perfección biológica. Para la magia, una cicatriz es un daño que debe ser reparado.
Me miré las manos. Eran mis manos, pero sin los callos, sin los cortes pequeños de los cuchillos. Eran manos de una dama, no de una ladrona.
—Me siento… extraña —confesé, dejando que me lavara—. Como si me hubieran borrado el mapa de mi vida. Cada marca contaba una historia de cómo sobreviví. Ahora soy un lienzo en blanco.
—Ahora eres eterna —corrigió Rozen, vertiendo agua sobre mi cabello para quitar la sangre de Vorden—. Y tendrás una eternidad para escribir nuevas historias en esta piel. Aunque te advierto… estas nuevas marcas tardarán mucho más en quedarse. Los inmortales somos difíciles de marcar.
Me senté de nuevo, dejando que el agua me cubriera.
—Odio ser perfecta —mascullé.
Rozen soltó una risa suave.
—No te preocupes. Tu carácter sigue igual de roto y sucio que siempre. Eso el Manantial no lo arregló.
Sonreí bajo el agua, lanzándole un chorro a la cara.
—Rozen…
—¿Sí, Aldariel?
—Tú también hueles a mierda. Entra al agua conmigo.
El Fae sonrió, desabrochándose la camisa con calma.
—Con gusto.
Se deslizó dentro de la tina, sentándose frente a mí. El agua se desbordó un poco por los bordes, pero no nos importó.
Mientras estábamos en el agua, limpiando mutuamente nuestras pieles perfectas en un silencio cómodo, se escucharon unos golpecitos discretos en la puerta.
Las chicas de Zafiro entraron, risueñas y eficientes, dejando sobre la cama un montón de ropa limpia y planchada.
—Cortesía de la casa —dijo una de ellas, guiñando un ojo—. Madame dice que se pongan algo adecuado para una audiencia. Los espera abajo.
Las chicas salieron riendo, cerrando la puerta tras de sí. Rozen se quedó mirando la pila de ropa con una ceja arqueada.
—Esa mujer está en todo —dijo, impresionado, mientras salía del agua chorreando sobre la madera del suelo.
—Así es. Por eso es justo el tipo de aliado que necesitamos, Rozen —respondí, envolviéndome en una toalla gruesa—. En esta ciudad no pasa nada que ella no sepa. Tiene ojos y oídos por todas partes, desde las alcantarillas hasta los palacios de la nobleza. Podemos confiar en ella.
Rozen tomó una camisa de seda negra de la cama y comenzó a secarse.
—Deberías usar la piel que vio Madam Zafiro. —le sugerí a Rozen
El obedeció cambiando su rostro al tiempo que continuaba la conversación.
—¿Confías tanto en ella como para contarle que eres inmortal? —preguntó, su tono volviéndose serio.
Me detuve con la toalla a medio camino de mi cabello.
—Veremos, Rozen. Veremos —murmuré, sopesando los riesgos—. Le confiaría mi vida cuando sabía que podía perderla, porque Zafiro protege a los suyos. Pero no sé qué tanto quiero involucrarla en todo esto. La magia Fae atrae problemas, y la inmortalidad atrae monstruos.
—Entiendo, Aldariel. ¡Vaya! Esa mujer es muy hábil —Se puso los pantalones, que le quedaban perfectos, como si Zafiro le hubiera tomado medidas con la mirada.
Me vestí en silencio, poniéndome una túnica de color vino que era mucho más fina que cualquier cosa que hubiera usado antes. Mientras me ajustaba el cinturón, la duda que me carcomía volvió a surgir.
—¿Rozen?
—¿Sí?
Me giré para mirarlo a los ojos.
—¿Por qué mierda eras un soldado de la élite de un Titán loco? —solté—. Eres un Fae antiguo. Podrías haber estado en cualquier parte, viviendo mil vidas. ¿Por qué servir a Vorden?
Él se rio, una risa suave mientras se abotonaba el chaleco.
—Son muchas preguntas, pero por suerte, siempre tengo la respuesta. Te lo dije antes, Aldariel; yo también necesitaba que el Manantial despertara.
Se acercó a mí, terminando de arreglarse los puños de la camisa.
—Cuando este cuerpo prestado muera, cuando este Cambiapieles se quede sin latidos por vejez o por una espada, mi alma necesita un lugar a donde ir. Necesitaba que mi cuerpo real volviera a tejerse en la cueva para dejar de ser un parásito.
Su expresión se endureció por un segundo.
—Me quedé con Vorden sabiendo lo que hacía, porque él era el único con la obsesión y los recursos para encontrar la Llave. Lo usé como mi sabueso. Mi plan era asegurarme de que él no obtuviera la inmortalidad en el último momento, matarlo justo antes de la meta. Tu aparición… bueno, destrozó un poco mis estrategias y complicó los tiempos, pero al final todo salió bien.
Abrió los brazos, mostrándome la habitación, la ropa limpia, la libertad.
—Aquí estamos. El pozo está despierto, mi futuro asegurado, y estamos sin la sombra del gigante vigilando.
Lo miré, buscando alguna mentira en sus ojos violetas, pero solo encontré una pragmática verdad milenaria.
—Te creo, Rozen… —suspiré, terminando de atarme las botas—. Creo que no tengo más preguntas… por ahora.
Él sonrió, esa sonrisa encantadora y peligrosa que usaba tan bien.
—Yo sí tengo una, Aldariel.
—Te escucho…
Se inclinó ligeramente hacia mí, bajando la voz.
—¿Quieres repetir?
Solté una carcajada, negando con la cabeza mientras caminaba hacia la puerta.
—Jajaja, no, Rozen. No quiero repetir… por ahora. —Abrí la puerta y le hice un gesto para que pasara—. Vamos. Madame Zafiro no es conocida por su paciencia.
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