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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 72

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Capítulo 72: La Vieja Araña

Bajamos las escaleras en silencio, limpios y vestidos con sedas que costaban más que toda mi vida anterior entera. La camisa negra de Rozen resaltaba su palidez, y mi túnica vino se ajustaba a mi cuerpo nuevo como una segunda piel.

Llegamos a la puerta de roble macizo al final del pasillo. No hizo falta tocar.

—Entren —dijo la voz de Zafiro desde el interior.

Entramos. La oficina era tal como la recordaba, pero ahora mis ojos veían más detalles. Era un santuario de terciopelo rojo, madera oscura y olor a tabaco de clavo. Madame Zafiro estaba sentada tras un escritorio inmenso, contando monedas de oro con una rapidez mecánica. Se detuvo en cuanto cerramos la puerta, cruzando las manos sobre la mesa.

Nos miró fijamente, como estudiándonos. Sus ojos, delineados con tinturas negras, parecían taladrar hasta el fondo de mi cráneo.

—Mi niña, has estado muy ocupada —dijo finalmente, con una calma que daba más miedo que sus gritos—. ¿Vas a decirme qué está pasando?

Me hice la desentendida, caminando hacia una de las sillas de cuero.

—¿A qué se refiere, Madame Zafiro? Solo fue un viaje difícil.

Zafiro soltó una risa seca, sin humor.

—No juegues a la idiota conmigo, Aldariel.

Se levantó despacio, rodeando el escritorio.

—Yo misma cosí varias de tus heridas en esta misma mesa. Recuerdo la cicatriz en tu brazo, la quemadura en tu costado… —Madame guardó silencio por unos segundos, acercándose a mí—. Además, sabes que tengo ojos en cada callejón de esta ciudad. Supe que un gigante te hizo mierda la cara a golpes y te sacó de la ciudad como su rehén hace semanas.

Se inclinó, tomándome la barbilla para inspeccionar mi rostro perfecto.

—Y ahora regresas con la piel de porcelana, sin una sola marca, y con este… —Giró la cabeza hacia Rozen—… esta criatura que no muestra su verdadero rostro.

Rozen se tensó, dando un paso adelante.

—Pero… ¿qué está diciendo? —preguntó exaltado, ofendido por el tono.

Madame Zafiro lo miró de arriba abajo con desdén divertido.

—Tengo ojo para estas cosas, muchacho. Te di ropa de la talla perfecta, ¿no es así?

—Sí, me queda bien —admitió Rozen, confundido—. ¿Pero eso qué tiene que ver?

—Bueno, jovencito, muy fácil —dijo ella, chasqueando la lengua—. Sé que esa piel humana que llevas no te queda nada bien. Se ve un tanto ajustada en los hombros. Diría que tu verdadera forma es más… espigada. Más antigua.

Rozen se quedó helado. Me miró, luego la miró a ella. Finalmente, soltó una risa de rendición y admiración.

—No se le escapa nada, Madame.

Pasó su mano por su rostro. La ilusión de “Brent” se desvaneció. Su cuerpo se estiró, sus rasgos se afilaron y sus orejas puntiagudas aparecieron, revelando su forma casi perfecta de Fae en la penumbra de la oficina.

La ropa crujió, quedándole repentinamente corta en las mangas y apretada en el pecho debido al cambio de estatura.

Madame Zafiro no se inmutó. Solo sonrió, levantó una mano llena de anillos y chasqueó los dedos.

La tela de la camisa y los pantalones de Rozen brilló con una luz tenue y se reformó al instante, alargándose y ajustándose perfectamente a su cuerpo, como si hubiera sido cosida para esa forma desde el principio.

—Vaya… me equivoqué —dijo Zafiro, admirando su propia magia menor—. No eres un jovencito. ¿Cuántos años? ¿Cuántas vidas has vivido, hermoso Fae?

Rozen, mirando su ropa arreglada mágicamente, respondió con respeto genuino:

—Ha sido un largo viaje, Madame… Más largo de lo que aparento.

Zafiro asintió y volvió su atención a mí. La diversión desapareció de su rostro, reemplazada por una seriedad mortal.

—Bien, Aldariel. Por la descripción de mis informantes, el gigante que te secuestró, solo puede ser un Titán mestizo. Y solo se conoce a uno en toda la historia, pues ellos protegen su casta y su estirpe con celo absoluto. No permiten errores. Y ese error era bastante ruidoso; Vorden’gom.

El nombre actuó como un conjuro maldito.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, no de frío, sino de memoria. Por un segundo, el olor a tabaco de la oficina fue reemplazado por el olor a sangre y acero oxidado. Sentí una presión fantasma en mi cuello, justo donde sus dedos me habían roto la vida, y tuve que clavar las uñas en mis palmas para que no me temblaran las manos. El aire se me atascó en la garganta, denso y doloroso.

Zafiro notó mi estremecimiento, pero no dijo nada. Simplemente se sentó en el borde de su escritorio, cruzando las piernas, dándome un segundo para espantar a los fantasmas.

—No piensas decirme cómo escapaste de él —continuó, con un tono ligeramente más suave— y volviste en compañía de un Fae… con un cuerpo nuevo y sin cicatrices.

Abrí los ojos con incredulidad. Ella estaba conectando puntos que nadie debería poder conectar.

Madame me miró fijamente, y susurró las palabras prohibidas:

—¿El Pozo de las Almas?

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—¡¿Qué?! —exclamé, poniéndome de pie—. ¿Cómo sabe de ese lugar, Madame? ¡Se supone que es un mito olvidado!

La mujer suspiró, y por un segundo, pareció cargar con el peso de siglos en sus hombros.

—Mi niña… alguien tan vieja como yo ha escuchado cada leyenda y conoce cada detalle de este mundo —dijo con una voz profunda, antigua—. Mi viaje también ha sido muy largo, Aldariel. Quizás más largo que el de tu amigo.

Se señaló a sí misma, a su opulencia, a su poder en las sombras.

—Tu piel sin cicatrices, tu acompañante eterno… solo puede significar que te volviste inmortal y solo se dé un lugar en donde eso es posible…el pozo de las almas Fae. —Se inclinó hacia adelante, con una chispa peligrosa en los ojos—. ¿Sigo adivinando o ya vas a contarme la verdad?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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