Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 73
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Capítulo 73: Ecos en el Agua
Solté un suspiro largo y me dejé caer en el respaldo de la silla de cuero, rindiéndome. No tenía sentido mentirle a una mujer que podía arreglar ropa con un chasquido y que conocía la historia de los Titanes mejor que ellos mismos.
—Ganaste, vieja araña —dije, alcanzando la botella de licor de ámbar que tenía en su escritorio y sirviéndome una copa sin pedir permiso—. Tienes razón. El Titán mestizo me secuestro y ahora…está muerto.
Zafiro no parpadeó, pero una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios pintados.
—¿Muerto? —repitió, paladeando la palabra—. Vorden’gom Zazgolam, el Azote del Norte, el hijo bastardo de la montaña… ¿muerto?
—Lo convertí en abono —confirmé, bebiendo un trago largo—. Se convirtió en fertilizante para las flores de esa maldita cueva, a solo unos centímetros del pozo de almas que buscaba conquistar y utilizar…como todo lo que toca.
Zafiro soltó una carcajada ronca, echando la cabeza hacia atrás, pero la risa se cortó abruptamente, reemplazada por una seriedad glacial.
—Entonces tuvieron suerte. Mucha suerte. —Se puso de pie y caminó hacia la ventana, descorriendo levemente una cortina pesada para mirar a la calle oscura—. Pero aun asi ustedes no han pasado desapercibidos.
Rozen dio un paso al frente.
—Madame, si sabe lo que somos, sabe que debemos mantener un perfil bajo. El Manantial está abierto, su magia revivió y la cueva nos trajo aquí en un instante. Nadie nos vio.
Zafiro se giró hacia nosotros, y sus ojos brillaron con una luz líquida.
—¿Perfil bajo? —Se limpió una lágrima de risa con un dedo lleno de anillos—. ¡Ay, ternuritas! Ustedes no abrieron una puerta silenciosa. Ustedes desgarraron el espacio tiempo y tocaron la campana más grande de la existencia en medio de un cementerio eterno y silencioso.
Levantó una mano y pude ver cómo el aire alrededor de sus dedos vibraba, como ondas en un estanque.
—La magia está inquieta, muchacho. Las sombras se mueven de manera extraña en los callejones. Demonios, niña… mi propia magia está erizada solo con tenerlos aquí. Siento la vibración del Manantial en su piel como si fuera un grito.
Me tensé.
—Si lo que dices es verdad, los hombres del Titán pronto estará tras nuestro rastro, tengan órdenes o no. La magia los guiará.
—Y no solo eso. Cosas peores escuchan cuando una magia así despierta. Por eso propongo que se queden aquí un par de días. Descansen, coman y beban. Recuperen fuerzas. Aquí mis protecciones confundirán su rastro.
Miré a Rozen y luego a ella, negando con la cabeza.
—No tenemos dinero, Madame. Salimos de esa cueva con la ropa puesta y una daga. Nada más.
—El precio será moderado —dijo ella, restándole importancia con un gesto de la mano—. Un par de trabajos para mí bastarán. Nada que los ponga en peligro mortal, no teman. Necesito gente con talentos… únicos.
—¿Trabajos? —preguntó Rozen, escéptico.
—Eso nos dará tiempo —continuó ella, ignorando su tono— para saber qué o quién pudo haber escuchado el desgarro en la realidad. Algo más despertó, mi niña, no solo el Manantial… Los Fae no eran tontos. Por algo se fueron. Por algo congelaron el Manantial y sellaron las puertas. No fue solo para protegerlo de los humanos… fue para evitar a lo que sea que el Manantial atrae.
Rozen frunció el ceño, su orgullo ancestral tocado.
—No dudo de su sabiduría, Madame —dijo, acercándose al escritorio y mirándola fijamente a los ojos—. Veo en su mirada que ha visto más amaneceres que yo, y eso es mucho decir. Percibo el olor a sal y profundidad en su aura… ¿Ninfa?
Zafiro sonrió, una sonrisa que no era humana, sino vasta y profunda como el abismo.
—Oceánide, cariño.
Rozen parpadeó, sorprendido, y dio un paso atrás instintivamente.
—Vaya… —murmuró, inclinando la cabeza con un respeto que nunca le había visto—. Siento que le debo una reverencia entonces. Una hija del Océano y la Tierra.
Pero el Fae se enderezó rápidamente, recuperando su espíritu de debate.
—Pero insisto en que su teoría no es del todo correcta, venerable dama. Si el Pozo es tan peligroso, si atrae calamidades… ¿por qué dejar en mitos y leyendas las instrucciones exactas para abrirlo? ¿Por qué vincularlo a un linaje? ¿Por qué hacer que responda a la sangre de Aldariel si el objetivo era que permaneciera cerrado para siempre?
Zafiro suspiró, volviendo a sentarse en su trono de terciopelo.
—Eso no era opción, mi querido Fae. La magia llama a la magia, es una ley natural como la gravedad. Si el Pozo fue creado o sellado por magia de sangre real, siempre responderá a ella. No es una instrucción, es una resonancia.
Se inclinó hacia adelante, y la luz de las velas hizo brillar sus ojos oscuros.
—La pregunta que deberían hacerse no es por qué se abre… sino quién más, en la oscuridad de este mundo roto, tiene el olfato suficiente para oler esa sangre ahora que ha sido derramada en el agua sagrada. Porque créanme… ya vienen.
El silencio que siguió fue pesado.
Miré de reojo a mi acompañante. Vi una gota de sudor frío rodar por la sien de Rozen, brillando bajo la luz de las velas. Su mandíbula se tensó con una violencia contenida, solo por una fracción de segundo, como si un nombre terrorífico hubiera cruzado por su mente y tuviera que morderse la lengua para no gritarlo.
Pero fue rápido. En un parpadeo, recuperó su máscara de indiferencia encantadora, aunque sus ojos no perdieron el brillo del miedo.
—Espero que se equivoque, Madame… —dijo con una voz demasiado neutra, casi mecánica—. De verdad lo espero.
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