Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 76
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Capítulo 76: El Pecado de los Fae
Llegamos a los límites de la ciudad, donde los adoquines daban paso a la tierra muerta y los escombros de la muralla.
—¡Aquí! —gritó Rozen, frenando en seco—. ¡Estamos lejos de las casas!
Me giré, daga en mano, lista para enfrentar lo que fuera que nos perseguía. Pero nada me había preparado para lo que vi.
La criatura no corría; se deslizaba como una mancha de aceite sobre la realidad. No tenía piel, ni escamas, ni pelo. Parecía hecha de vacío puro, una silueta recortada en la existencia misma que irradiaba olas de dolor, odio y podredumbre.
—¡Es un Despojado! —gritó Rozen, su voz cargada de un pánico que jamás había mostrado ante Vorden.
La cosa se detuvo a diez metros. No tenía ojos, pero sentí su mirada. Una presión fría y violenta que me estremeció el alma misma. La criatura ignoró por completo al Fae y se centró únicamente en mí.
En mi mente, una voz que sonaba como cristales rotos y llanto lejano comenzó a susurrar:
—Usurpadora… tu latido era mío… el aire que respiras estaba destinado para mí…
Sacudí la cabeza, intentando sacar esa voz de mi cráneo.
—¡Cállate! —grité, lanzándome al ataque.
Era rápida. Más rápida que el pensamiento. Clavé la daga de acero negro de Vorden directo en lo que parecía ser su pecho. Esperaba el choque del metal, el corte de la carne.
La hoja atravesó la oscuridad como si fuera humo.
—¿Qué? —jadeé, tropezando al no encontrar resistencia.
La criatura soltó un chillido que no era sonido, sino vibración psíquica, y me lanzó un golpe con un tentáculo de sombra sólida. Me agaché a tiempo, sintiendo el viento del golpe sobre mi cabeza.
—¡Aldariel! —gritó Rozen desde atrás—. ¡El acero no sirve! ¡Tienes que usar tu magia eterna!
Lo miré de reojo mientras esquivaba otro golpe.
—¡¿Estás loco?! —bramé—. ¡Yo no tengo esa magia! ¡Yo no tengo ninguna magia!
Vi a Rozen desenvainar una espada larga que había tomado de uno de los matones que neutralizamos para Madame Zafiro. Pasó la palma de su mano por la hoja de acero, con el mismo gesto fluido y elegante que usaba para cambiar su rostro.
Al contacto de su piel, el metal reaccionó. Una fluorescencia dorada, brillante y pura, bañó la espada, zumbando con poder.
—¡Claro que sí, Aldariel! —insistió él—. ¡Viene con la vida eterna! ¡Es la misma energía que te mantiene viva! ¡Solo canaliza tu fuerza, tu voluntad de existir en tu daga!
La criatura se preparó para saltar de nuevo.
—¡Mierda! —gruñí.
Logré tomar distancia, rodando hacia atrás. Me puse de pie, jadeando. Miré mi daga negra.
—Vamos… funciona, maldita sea.
Pasé mi mano izquierda sobre el filo, tratando de emular el movimiento de Rozen, deseando que brillara, exigiendo que la magia despertara.
Nada.
El acero siguió siendo acero frío y oscuro.
—No… —susurré.
El Despojado no esperó. Se lanzó contra mí, una boca de vacío abriéndose para tragarme entera.
—Míoooo… —susurró la voz en mi mente.
No había tiempo de esquivar. Me cubrí el rostro con los brazos, esperando el impacto inevitable, esperando que mi nueva inmortalidad fuera suficiente para sobrevivir a ser devorada por la nada.
En el último segundo, un destello dorado iluminó la noche.
—¡Aléjate de ella!
Rozen apareció en un borrón de velocidad. Clavó la espada imbuida en magia dorada justo en el centro de la masa oscura, donde debería estar la cabeza de la extraña criatura.
El efecto fue instantáneo. La luz dorada devoró la oscuridad. La criatura se convulsionó una vez y explotó en una nube de polvo gris, fino como ceniza, que el viento helado se llevó al instante.
El silencio cayó sobre nosotros.
Me quedé ahí, temblando, con la daga inútil en la mano.
Rozen bajó la espada, la luz dorada desvaneciéndose lentamente hasta desaparecer.
—¿Estás bien? —preguntó, respirando con dificultad.
Me giré hacia él lentamente. La furia superaba al miedo ahora.
—Explícame —exigí, mi voz peligrosamente baja—. Ahora.
Rozen envainó la espada y suspiró, derrotado.
—Mentí —dijo, sin mirarme a los ojos—. Madame Zafiro tenía razón. Algo nos busca. Los Despojados.
—¿Y exactamente qué son los Despojados? —pregunté, acercándome a él—. ¿Y por qué esa cosa me quería matar diciéndome que tengo sus latidos?
Rozen levantó la vista. Sus ojos violetas estaban llenos de una culpa milenaria.
—Porque así es, Aldariel. Es la ley del equilibrio. Cada vez que un alma accede a la inmortalidad a través del Manantial, otra alma es condenada a la inexistencia. Es un intercambio retorcido.
Se pasó una mano por el cabello.
—Esas almas que no llegaron al plano físico, que perdieron su oportunidad de nacer porque tú tomaste demasiada energía del ciclo… son condenadas a la eternidad del vacío. Y lo saben. Saben por qué están ahí. Saben de nosotros, los Eternos. Son el pecado de los Fae del que nadie habla, por miedo o por vergüenza. Es el castigo que nos dio la Diosa Madre por destruir el ciclo natural de la vida y la muerte.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces… ¿yo condené a alguien a eso?
—Tú no —dijo Rozen rápido—. El sistema, la magia creada por los Fae, es una blasfemia para la Diosa Madre. El Manantial.
—¿Solo con magia eterna podemos matarlos? —pregunté, mirando el lugar donde el polvo se había disipado.
—Oh, no… —Rozen soltó una risa amarga—. Su cuerpo se hizo polvo. ¿No te parece algo familiar? ¿No te recuerda a lo que le pasó a tu propio cuerpo cada vez que Vorden te mato en la cueva?
Me helé.
—No me digas que…
—Sí, Aldariel. Tienen su propio pozo. Su propio Pozo de Vacío. Solo lo devolvimos a él. En algún momento volverá a reformarse. Él u otros más. Los Despojados odian y envidian a los Eternos, por lo que les negamos o arrebatamos. Quieren recuperar su lugar.
La ira estalló en mi pecho.
—¿Por qué mierda mentiste? —grité—. ¿No crees que debería saber que una criatura inmortal me quiere destrozar?
—No es inmortal —corrigió él con esa maldita calma pedante—. Técnicamente nunca estuvo viva, así que no puede morir… Y no quieren destrozarte, quieren tu alma. Quieren ocupar tu cuerpo, quieren lo que la Diosa y la arrogancia de los Fae les quitó. Para que uno viva, debe cambiar de lugar condenando a un eterno al vacío, el equilibrio debe prevalecer.
Apreté el puño y, sin pensarlo, le crucé la cara de un golpe.
La cabeza de Rozen giró por el impacto.
—¡No me vengas con tus jodidos tecnicismos en este momento! —le grité—. ¡Necesito que me digas exactamente cómo nos deshacemos de ellos para siempre, no que corrijas mis palabras!
Rozen se tocó la mejilla, donde la piel perfecta no mostraba marca alguna, pero el dolor estaba ahí.
El cielo sobre nosotros comenzó a cambiar. Las nubes tormentosas se disiparon, el color violeta y verde desapareció, dejando ver de nuevo las estrellas frías. Los murmullos de la gente asustada en la ciudad comenzaron a inundar el viento.
Rozen me miró, y por primera vez, no tuvo una respuesta inteligente.
—No lo sé, Aldariel… —susurró—. De verdad, no lo sé.
Lo miré un segundo más, decepcionada, furiosa y asustada.
Le di la espalda y comencé a caminar de regreso hacia las luces del burdel, dejándolo solo en la oscuridad.
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