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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 77

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Capítulo 77: Una Pared de Acero y Llanto

Cuando Rozen empujó la puerta de la habitación azul, el vapor de mi baño ya se había disipado, dejando el aire tibio y húmedo. Yo estaba sumergida en la tina, con el agua llegándome al cuello, pero no estaba relajada. Estaba esperando.

En cuanto su bota pisó la madera del suelo, mi brazo salió del agua con un movimiento seco y violento.

¡ZAS!

La daga negra de Vorden cruzó el cuarto como un relámpago oscuro y se clavó en el marco de la puerta, a menos de cinco centímetros de la nariz del Fae, vibrando con un zumbido letal.

Rozen no parpadeó, pero se quedó inmóvil, mirando el acero que casi le cuesta un ojo. Luego bajó la vista hacia mí.

—Aldariel… no me hagas esto —dijo con voz cansada, cerrando la puerta tras de sí con suavidad—. No te mentí por gusto. Las protegía. A ti y a Zafiro.

Dio un paso hacia la tina, con las manos abiertas en señal de paz.

—Creí que los Despojados seguían encerrados en el Vacío. Es donde pertenecen. No pensé que el simple hecho de abrir el Manantial… aunque lo sintieran, aunque la magia eterna los llamara como un faro… creí que las barreras aguantarían. Creí que no podrían venir aquí.

—Creíste mal —escupí, sin moverme del agua—. Y por tu “creencia”, casi nos devora una sombra parlante.

—Tenemos que hacer algo, Aldariel —insistió él, ignorando mi hostilidad—. No podemos quedarnos sentados esperando al siguiente.

—Lo único que tenemos que hacer juntos, Rozen, es entrenar —lo corté, mirándolo con frialdad—. Vas a enseñarme a usar esa magia que dices que viene con la inmortalidad. Los acabé o no, es la única defensa real que tenemos y necesito saber usarla. No voy a depender de que tú llegues a salvarme con tu espada brillante en el último segundo.

Rozen asintió gravemente.

—Sí… Aldariel. Te enseñaré a usarla. Es tu derecho.

Me recosté en el borde de la tina, mirando al techo, sintiendo una mezcla de furia y decepción que me quemaba más que el agua caliente.

—Y pensar que estaba pensando en coger contigo de nuevo… —susurré para mí misma, con amargura.

El Fae ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

—¿Qué dijiste?

Me incorporé de golpe, haciendo que el agua se desbordara, furiosa porque me hubiera escuchado, furiosa por sentirlo.

—¡Dije que estoy harta de que me manipulen y me mientan! —grité, y mi voz se quebró—. Da igual si es un Titán que me ve como una maldita llave o un Fae que dice que es por cuidarme… ¡Estoy hasta la madre de las putas mentiras! ¡Eso es lo que dije!

Rozen bajó la mirada, avergonzado de verdad por primera vez.

—En verdad lo siento, Aldariel.

—Lárgate —ordené, señalando la puerta—. Quiero cambiarme a solas. Ya me has visto desnuda lo suficiente, no necesitas verme más. Dile a Madame Zafiro que te dé otra habitación o duerme en el pasillo como un perro. No me importa. Pero no quiero verte.

—Aldariel…

—¡No! —Lo detuve—. No quiero verte hasta mañana. En el lugar de la pelea, en las afueras. Ahí me ayudarás a usar la magia.

Rozen se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, su postura derrotada.

—¿Y si Madame nos deja más encargos? —preguntó en voz baja.

—Podemos hacerlos cada uno por su cuenta —sentencié—. Te veo mañana al atardecer para entrenar. Ahora largo.

—Está bien… —murmuró, abriendo la puerta y recuperando mi daga del marco con un tirón suave. La dejó sobre la mesa de noche sin mirarme—. Lo siento, Aldariel.

Salió y cerró la puerta. El clic de la cerradura sonó definitivo.

Me quedé mirando la madera cerrada durante un minuto entero, manteniendo la respiración, manteniendo la postura de guerrera intocable.

Pero en cuanto mis pulmones exigieron aire, la máscara se rompió.

Me abracé las rodillas dentro de la tina y me deshice. Las lágrimas brotaron calientes y rápidas, mezclándose con el agua del baño. Lloré por el miedo que sentí ante el Despojado, lloré por la rabia de ser siempre la pieza de ajedrez de alguien más, y lloré porque, en el fondo, quería confiar en él. Quería que Rozen fuera diferente a Vorden.

Y dolía demasiado descubrir que, al final, todos guardan secretos.

Al día siguiente, cuando salí de la habitación azul, el pasillo estaba vacío. No vi a Rozen en el desayuno, ni en el patio. No tenía idea si durmió en otra habitación vacía, en un sofá del salón o en las calles heladas.

No pregunté.

Esperé hasta que el sol comenzó a teñir de rojo los tejados de la ciudad para dirigirme al límite sur, cerca de la muralla rota. El lugar donde habíamos enfrentado al Despojado.

Rozen ya estaba ahí. De espaldas al viento, mirando el horizonte con esa calma exasperante que lo caracterizaba.

Sin saludos, sin preámbulos.

—La magia eterna es una corriente, Aldariel —empezó a decir, como si no le hubiera lanzado una daga a la cara la noche anterior—. No se trata de “hacer”, se trata de “ser”. Tienes que sentir el vínculo que te une a la existencia. Canalízalo hacia tus manos.

Lo intenté. Cerré los ojos, apreté los puños. Busqué esa corriente.

Nada. Solo frío y frustración.

—No lo entiendo —gruñí, abriendo los ojos—. El concepto de eternidad… de poder… me es ajeno. Nunca creí en mi propia fuerza, mucho menos en una regalada por un pozo mágico.

—Ese es el problema —dijo el Fae, acercándose unos pasos, aunque con cautela—. No crees en ti misma. No crees en tu poder, en lo que puedes lograr. Tu voluntad es el gatillo, Aldariel. Si te ves pequeña, tu magia será pequeña.

Solté una risa amarga y seca.

—¿Y cómo podría ser diferente? Toda mi vida fui una rata callejera, Rozen. Robando pan duro para comer, trabajando para Madame Zafiro limpiando vómito cuando caía el invierno y necesitaba dormir bajo techo. Más de una vez los clientes borrachos me confundían con una de las putas que dormían ahí. Querían mi cuerpo, ofrecían monedas de cobre… Jamás caí tan bajo, pero el mundo siempre me vio así.

Di un paso hacia él, la rabia borboteando.

—Después fui “Colmillo”, una soldado de poca monta. Luego fui la llave, la brújula. Y al final… sí, fui la puta del comandante. Me usó como quiso, me rompió y me tiró. Y hoy… hoy soy una idiota a la que tienen que mentirle para “cuidarla”.

Lo miré a los ojos, desafiante.

—¿Cómo podrías creer en ti mismo siendo yo?

Rozen intentó acercarse, levantando una mano para tocar mi hombro, tal vez para consolarme, pero se detuvo. Vio la furia en mi mirada y dio un paso atrás, respetando la distancia.

—Creo que es suficiente entrenamiento por hoy, Rozen… —dije, dándome la vuelta.

—Vamos, Aldariel —insistió él—. Debes intentar un poco más. Solo una vez má…

Me giré, con los puños apretados, a punto de dar un paso hacia él para golpearlo de nuevo, para callar su optimismo perfecto.

¡THWACK!

Una flecha se clavó en la tierra congelada, justo entre mis botas y las suyas.

—La perra que me pateó las pelotas y el encapuchado traidor… —una voz inconfundible, cargada de odio y arrogancia, resonó desde las ruinas—. ¿Les importaría decirme dónde mierda está el comandante?

Raymond.

El Sabueso salió de entre las sombras de un arco derrumbado, con su espada desenvainada y una sonrisa torcida. No estaba solo; sentí ojos mirándonos desde las alturas.

Lo miré con puro asco.

—Tu preciado comandante se pudre bajo la tierra —escupí—. Muerto. Y supongo que ya no debería llamarte “Raymond”. Sin él, vuelves a ser la mierda sin nombre que siempre has sido, un perro sin dueño.

El rostro de Raymond se contorsionó de ira.

—¡Mientes!

Se lanzó al ataque con un rugido. Rozen trató de ponerse en medio, desenvainando su espada, pero lo empujé violentamente a un lado.

—¡Es mío! —grité.

Detuve el tajo descendente de Raymond con mi daga negra. El impacto hizo vibrar mis huesos, pero no cedí.

El Fae entendió el mensaje y se apartó, dejándome luchar sola. Esta era mi pelea. Mi pasado contra mi presente.

La batalla fue brutal. Raymond me había enseñado mucho de lo que sabía en esas semanas de marcha forzada hacia el norte. Conocía mis trucos, y yo conocía los suyos. Esquivamos, golpeamos, paramos. El acero chocaba sacando chispas en el crepúsculo.

Pero yo era más rápida ahora. Mi cuerpo no se cansaba.

En un intercambio rápido, logré desviar su guardia. Vi la apertura. Me deslicé por su flanco, lista para clavar la daga en su nuca y terminar con esto.

¡ZAS!

Un dolor agudo y caliente estalló en mi muslo derecho.

Grité, mi pierna cediendo bajo mi peso. Una flecha negra me había atravesado la carne.

Caí de rodillas. Raymond no desaprovechó el segundo. Giró sobre sus talones, con la espada en alto, y descargó un golpe horizontal con toda su fuerza.

Sentí el frío del acero en el cuello. Luego, oscuridad.

Un segundo después.

El aire se rasgó con el sonido de una tela rompiéndose.

Reaparecí a tres metros de distancia, cayendo de rodillas desde una grieta en la realidad que se cerró tras de mí. Mi cabeza estaba en su sitio. Mi muslo estaba sano.

Raymond retrocedió, pálido como la cera, mirando el lugar donde mi cuerpo decapitado se disolvía en polvo y luego me miraba a mí, viva y furiosa.

—¡Cobarde! —grité, señalando a los tejados—. ¡Traes a los encapuchados!

Esta vez, Rozen también se puso en guardia, cubriendo mi flanco.

—¡¿Cómo es posible?! —gritó Raymond, aterrado, bajando la espada por un instante—. ¡Qué mierda es esto! ¡¿Eso es lo que buscaba Vorden?!

El miedo se convirtió en desesperación. Se volvió a lanzar al ataque, ciego de pánico.

Pero esta vez Rozen se interpuso.

—¡No la tocarás! —bramó el Fae, chocando espadas con el humano.

En ese instante, dos silbidos cortaron el aire.

Thwack. Thwack.

Dos flechas atravesaron la cabeza de Rozen. Una en el ojo, otra en la garganta.

El Fae se quedó quieto un segundo. Me miró, una última mirada de disculpa, y su cuerpo se deshizo en polvo gris antes de tocar el suelo.

—¡Rozen! —grité.

Raymond soltó una carcajada histérica, mirando el montículo de polvo donde estaba mi compañero. Luego se giró hacia mí, recuperando su confianza.

—En este momento, cuatro flechas apuntan a tu cara, elfa —dijo, sonriendo—. Pongamos a prueba cuántas veces puedes regresar antes de que tu mente se rompa.

Levantó su espada para dar la orden de disparo.

Pero el aire detrás de él comenzó a vibrar.

No fue una grieta. Fue una ruptura total. La realidad se quebró como un espejo detrás de Raymond, y una luz violeta inundó las ruinas.

Una mano, más grande, más pálida y con garras elegantes, emergió del vacío y agarró a Raymond por la nuca.

—¿Te importaría repetirlo?

Rozen emergió.

Pero no era el Rozen que conocía. Era más alto, superando los dos metros. Su cuerpo era una escultura de músculo magro y poder antiguo. Su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua, y sus ojos eran dos pozos de luz estelar. Era dolorosamente hermoso y absolutamente letal.

Sin esfuerzo, con la otra mano, clavó su espada en la espalda del Sabueso de Vorden, atravesándolo de lado a lado hasta que la punta salió por el pecho.

Raymond escupió sangre y murió con una expresión de incomprensión total. Rozen arrojó el cuerpo a un lado como si fuera un muñeco de trapo.

¡Ziiiip!

Una flecha voló desde las sombras hacia su cabeza descubierta.

Rozen ni siquiera miró. Levantó la mano izquierda y la detuvo en el aire, atrapándola entre dos dedos a centímetros de su sien.

—Extrañaba mi cuerpo original —dijo con una voz que resonaba como un trueno suave.

Con un simple movimiento de muñeca, arrojó la flecha de vuelta por donde vino. El proyectil salió disparado con la fuerza de una ballesta de asedio.

Se escuchó un grito ahogado y el sonido de un cuerpo cayendo desde lo alto de la muralla.

Los otros tres encapuchados, al ver caer a su líder y a su francotirador, entraron en pánico. Saltaron de sus posiciones, desenvainando sus espadas cortas, lanzándose en un ataque suicida contra el monstruo hermoso.

Fue una masacre. O una danza.

Rozen se movió como agua. Esquivó el primer tajo, arrancó la garganta del segundo con su mano desnuda y decapitó al tercero con su propia espada antes de que el cuerpo del segundo tocara el suelo.

En cinco segundos, todo había terminado.

El Fae majestuoso se quedó de pie entre los cadáveres, ni una gota de sangre manchaba su túnica inmaculada tejida de magia. Se giró hacia mí.

—Te lo dije, Aldariel —dijo, extendiendo los brazos—. Necesitaba el Manantial para volver a mi cuerpo. El Cambiapieles solo te mostraba una sombra de lo que soy en realidad. Este es mi verdadero yo.

Lo miré desde el suelo.

Debería haber sentido alivio. Debería haber sentido gratitud.

Pero lo único que sentí fue lo pequeña que era.

Frente a esa demostración de poder divino, mis esfuerzos con la daga, mis peleas callejeras, mi “inmortalidad”… todo parecía un chiste. Él era un dios. Yo era una rata que no podía morir. La brecha entre nosotros no se había cerrado; se había convertido en un abismo.

Le di la espalda, ocultando las lágrimas de impotencia que amenazaban con salir.

—Mañana —dije con voz fría,—. Mismo lugar, misma hora. Quiero seguir entrenando.

Y me fui caminando hacia la ciudad, dejando atrás al majestuoso Fae y los cuerpos destrozados de mis enemigos, sintiéndome más sola que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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