Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 78

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
  4. Capítulo 78 - Capítulo 78: Mi verdadero yo
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 78: Mi verdadero yo

Al día siguiente, cuando salí de la habitación azul, el pasillo estaba vacío. No vi a Rozen en el desayuno, ni en el patio. No tenía idea si durmió en otra habitación vacía, en un sofá del salón o en las calles heladas.

No pregunté.

Esperé hasta que el sol comenzó a teñir de rojo los tejados de la ciudad para dirigirme al límite sur, cerca de la muralla rota. El lugar donde habíamos enfrentado al Despojado.

Rozen ya estaba ahí. De espaldas al viento, mirando el horizonte con esa calma exasperante que lo caracterizaba.

Sin saludos, sin preámbulos.

—La magia eterna es una corriente, Aldariel —empezó a decir, como si no le hubiera lanzado una daga a la cara la noche anterior—. No se trata de “hacer”, se trata de “ser”. Tienes que sentir el vínculo que te une a la existencia. Canalízalo hacia tus manos.

Lo intenté. Cerré los ojos, apreté los puños. Busqué esa corriente.

Nada. Solo frío y frustración.

—No lo entiendo —gruñí, abriendo los ojos—. El concepto de eternidad… de poder… me es ajeno. Nunca creí en mi propia fuerza, mucho menos en una regalada por un pozo mágico.

—Ese es el problema —dijo el Fae, acercándose unos pasos, aunque con cautela—. No crees en ti misma. No crees en tu poder, en lo que puedes lograr. Tu voluntad es el gatillo, Aldariel. Si te ves pequeña, tu magia será pequeña.

Solté una risa amarga y seca.

—¿Y cómo podría ser diferente? Toda mi vida fui una rata callejera, Rozen. Robando pan duro para comer, trabajando para Madame Zafiro limpiando vómito cuando caía el invierno y necesitaba dormir bajo techo. Más de una vez los clientes borrachos me confundían con una de las putas que dormían ahí. Querían mi cuerpo, ofrecían monedas de cobre… Jamás caí tan bajo, pero el mundo siempre me vio así.

Di un paso hacia él, la rabia borboteando.

—Después fui “Colmillo”, una soldado de poca monta. Luego fui la llave, la brújula. Y al final… sí, fui la puta del comandante. Me usó como quiso, me rompió y me tiró. Y hoy… hoy soy una idiota a la que tienen que mentirle para “cuidarla”.

Lo miré a los ojos, desafiante.

—¿Cómo podrías creer en ti mismo siendo yo?

Rozen intentó acercarse, levantando una mano para tocar mi hombro, tal vez para consolarme, pero se detuvo. Vio la furia en mi mirada y dio un paso atrás, respetando la distancia.

—Creo que es suficiente entrenamiento por hoy, Rozen… —dije, dándome la vuelta.

—Vamos, Aldariel —insistió él—. Debes intentar un poco más. Solo una vez má…

Me giré, con los puños apretados, a punto de dar un paso hacia él para golpearlo de nuevo, para callar su optimismo perfecto.

¡THWACK!

Una flecha se clavó en la tierra congelada, justo entre mis botas y las suyas.

—La perra que me pateó las pelotas y el encapuchado traidor… —una voz inconfundible, cargada de odio y arrogancia, resonó desde las ruinas—. ¿Les importaría decirme dónde mierda está el comandante?

Raymond.

El Sabueso salió de entre las sombras de un arco derrumbado, con su espada desenvainada y una sonrisa torcida. No estaba solo; sentí ojos mirándonos desde las alturas.

Lo miré con puro asco.

—Tu preciado comandante se pudre bajo la tierra —escupí—. Muerto. Y supongo que ya no debería llamarte “Raymond”. Sin él, vuelves a ser la mierda sin nombre que siempre has sido, un perro sin dueño.

El rostro de Raymond se contorsionó de ira.

—¡Mientes!

Se lanzó al ataque con un rugido. Rozen trató de ponerse en medio, desenvainando su espada, pero lo empujé violentamente a un lado.

—¡Es mío! —grité.

Detuve el tajo descendente de Raymond con mi daga negra. El impacto hizo vibrar mis huesos, pero no cedí.

El Fae entendió el mensaje y se apartó, dejándome luchar sola. Esta era mi pelea. Mi pasado contra mi presente.

La batalla fue brutal. Raymond me había enseñado mucho de lo que sabía en esas semanas de marcha forzada hacia el norte. Conocía mis trucos, y yo conocía los suyos. Esquivamos, golpeamos, paramos. El acero chocaba sacando chispas en el crepúsculo.

Pero yo era más rápida ahora. Mi cuerpo no se cansaba.

En un intercambio rápido, logré desviar su guardia. Vi la apertura. Me deslicé por su flanco, lista para clavar la daga en su nuca y terminar con esto.

¡ZAS!

Un dolor agudo y caliente estalló en mi muslo derecho.

Grité, mi pierna cediendo bajo mi peso. Una flecha negra me había atravesado la carne.

Caí de rodillas. Raymond no desaprovechó el segundo. Giró sobre sus talones, con la espada en alto, y descargó un golpe horizontal con toda su fuerza.

Sentí el frío del acero en el cuello. Luego, oscuridad.

Un segundo después.

El aire se rasgó con el sonido de una tela rompiéndose.

Reaparecí a tres metros de distancia, cayendo de rodillas desde una grieta en la realidad que se cerró tras de mí. Mi cabeza estaba en su sitio. Mi muslo estaba sano.

Raymond retrocedió, pálido como la cera, mirando el lugar donde mi cuerpo decapitado se disolvía en polvo y luego me miraba a mí, viva y furiosa.

—¡Cobarde! —grité, señalando a los tejados—. ¡Traes a los encapuchados!

Esta vez, Rozen también se puso en guardia, cubriendo mi flanco.

—¡¿Cómo es posible?! —gritó Raymond, aterrado, bajando la espada por un instante—. ¡Qué mierda es esto! ¡¿Eso es lo que buscaba Vorden?!

El miedo se convirtió en desesperación. Se volvió a lanzar al ataque, ciego de pánico.

Pero esta vez Rozen se interpuso.

—¡No la tocarás! —bramó el Fae, chocando espadas con el humano.

En ese instante, dos silbidos cortaron el aire.

Thwack. Thwack.

Dos flechas atravesaron la cabeza de Rozen. Una en el ojo, otra en la garganta.

El Fae se quedó quieto un segundo. Me miró, una última mirada de disculpa, y su cuerpo se deshizo en polvo gris antes de tocar el suelo.

—¡Rozen! —grité.

Raymond soltó una carcajada histérica, mirando el montículo de polvo donde estaba mi compañero. Luego se giró hacia mí, recuperando su confianza.

—En este momento, cuatro flechas apuntan a tu cara, elfa —dijo, sonriendo—. Pongamos a prueba cuántas veces puedes regresar antes de que tu mente se rompa.

Levantó su espada para dar la orden de disparo.

Pero el aire detrás de él comenzó a vibrar.

No fue una grieta. Fue una ruptura total. La realidad se quebró como un espejo detrás de Raymond, y una luz violeta inundó las ruinas.

Una mano, más grande, más pálida y con garras elegantes, emergió del vacío y agarró a Raymond por la nuca.

—¿Te importaría repetirlo?

Rozen emergió.

Pero no era el Rozen que conocía. Era más alto, superando los dos metros. Su cuerpo era una escultura de músculo magro y poder antiguo. Su cabello flotaba como si estuviera bajo el agua, y sus ojos eran dos pozos de luz estelar. Era dolorosamente hermoso y absolutamente letal.

Sin esfuerzo, con la otra mano, clavó su espada en la espalda del Sabueso de Vorden, atravesándolo de lado a lado hasta que la punta salió por el pecho.

Raymond escupió sangre y murió con una expresión de incomprensión total. Rozen arrojó el cuerpo a un lado como si fuera un muñeco de trapo.

¡Ziiiip!

Una flecha voló desde las sombras hacia su cabeza descubierta.

Rozen ni siquiera miró. Levantó la mano izquierda y la detuvo en el aire, atrapándola entre dos dedos a centímetros de su sien.

—Extrañaba mi cuerpo original —dijo con una voz que resonaba como un trueno suave.

Con un simple movimiento de muñeca, arrojó la flecha de vuelta por donde vino. El proyectil salió disparado con la fuerza de una ballesta de asedio.

Se escuchó un grito ahogado y el sonido de un cuerpo cayendo desde lo alto de la muralla.

Los otros tres encapuchados, al ver caer a su líder y a su francotirador, entraron en pánico. Saltaron de sus posiciones, desenvainando sus espadas cortas, lanzándose en un ataque suicida contra el monstruo hermoso.

Fue una masacre. O una danza.

Rozen se movió como agua. Esquivó el primer tajo, arrancó la garganta del segundo con su mano desnuda y decapitó al tercero con su propia espada antes de que el cuerpo del segundo tocara el suelo.

En cinco segundos, todo había terminado.

El Fae majestuoso se quedó de pie entre los cadáveres, ni una gota de sangre manchaba su túnica inmaculada tejida de magia. Se giró hacia mí.

—Te lo dije, Aldariel —dijo, extendiendo los brazos—. Necesitaba el Manantial para volver a mi cuerpo. El Cambiapieles solo te mostraba una sombra de lo que soy en realidad. Este es mi verdadero yo.

Lo miré desde el suelo.

Debería haber sentido alivio. Debería haber sentido gratitud.

Pero lo único que sentí fue lo pequeña que era.

Frente a esa demostración de poder divino, mis esfuerzos con la daga, mis peleas callejeras, mi “inmortalidad”… todo parecía un chiste. Él era un dios. Yo era una rata que no podía morir. La brecha entre nosotros no se había cerrado; se había convertido en un abismo.

Le di la espalda, ocultando las lágrimas de impotencia que amenazaban con salir.

—Mañana —dije con voz fría,—. Mismo lugar, misma hora. Quiero seguir entrenando.

Y me fui caminando hacia la ciudad, dejando atrás al majestuoso Fae y los cuerpos destrozados de mis enemigos, sintiéndome más sola que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo