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Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 79

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Capítulo 79: Cabos Sueltos

El camino de regreso al burdel fue un borrón de silencio y sombras. Dejamos los cuerpos de Raymond y sus élites pudriéndose en las ruinas, comida para las ratas y los cuervos. Nadie los reclamaría. Nadie los lloraría.

Entré por la puerta trasera, la de servicio, con Rozen siguiéndome a unos metros de distancia. Yo aún sentía la sangre seca en mi muslo donde la flecha me había impactado antes de morir, aunque la piel debajo estaba inmaculada. La sensación fantasma de mi cabeza separándose de mi cuerpo me provocaba náuseas intermitentes.

Apenas pusimos un pie en el pasillo, una de las chicas, con los ojos muy abiertos, nos interceptó.

—Madame los quiere en su oficina. Ahora. —Su voz temblaba.

No era una invitación.

Caminamos hacia la oficina. Rozen intentó decir algo, pero levanté una mano para callarlo. No tenía energía para sus disculpas ni para sus explicaciones divinas.

Entramos.

Madame Zafiro estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle oscura. No tenía copa de vino esta vez. En su lugar, limpiaba con un pañuelo de seda una daga pequeña y curva, de hoja muy fina. El pañuelo tenía manchas frescas de color carmesí.

—Cierra la puerta, Fae —ordenó sin girarse.

Rozen obedeció. El clic del cerrojo sonó inusualmente fuerte.

Zafiro se giró lentamente. Su rostro, usualmente una máscara de diversión y control. Estaba pálido y tenso. Sus ojos de Oceánide nos escanearon de arriba a abajo, deteniéndose específicamente en mi cuello.

—Raymond está muerto —dije, rompiendo el silencio, queriendo acabar con esto rápido—. Y sus sombras también. Ya no son una amenaza para tu negocio.

—Lo sé —dijo Zafiro con voz gélida—. Mis pájaros cantan rápido. Pero eso no es lo que me preocupa, Aldariel.

Caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal, y extendió una mano con uñas largas y perfectas para tocar mi garganta. Me tensé, pero no me aparté. Sus dedos fríos trazaron la línea invisible donde el acero de Raymond había cortado.

—Mi gente los vio en las ruinas —susurró—. Uno de mis “ojos” estaba posicionado en la torre del reloj viejo. Vio la pelea.

Retiró la mano como si mi piel quemara.

—Según escuché, Aldariel, tu cabeza rodó por el suelo. Se separó de tus hombros. —Me miró a los ojos, buscando una mentira—. Y, sin embargo, aquí estás. Tu inmortalidad, no solo es alagar tu vida actual…

—Es… complicado —murmuró Rozen desde atrás.

—¡Cállate! —le espetó Zafiro a Rozen, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡No me vengas con tus cuentos de hadas ahora!

Se acercó a mí, sus ojos oscuros clavados en los míos, vibrando con una mezcla de miedo y asombro aterrador.

—Una cosa es la teoría, niña. Una cosa es pensar que no envejeces, o que el Manantial simplemente renovó tu piel y borró tus cicatrices viejas. Eso lo puedo aceptar, eso es magia de alto nivel. —Golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar la daga clavada—. ¡Pero otra muy distinta es saber que puedes perder la maldita cabeza y regresar desgarrando el espacio-tiempo un segundo después! ¡Eso no es regeneración, Aldariel! ¡Eso es una burla a la muerte!

Respiró hondo, tratando de calmarse, y se giró hacia Rozen.

—Fae, lárgate.

Rozen parpadeó, sorprendido por la brusquedad.

—Madame, creo que debería…

—No te estoy preguntando —cortó ella, señalando la puerta con un dedo imperioso—. Necesito hablar con ella. Sin tu interferencia mágica, sin tus medias verdades ancestrales. Quiero escucharla a ella. Ahora, fuera.

Rozen me miró, buscando mi aprobación. Asentí levemente. Él suspiró, inclinó la cabeza y salió de la oficina, cerrando la puerta con suavidad.

El silencio que quedó fue pesado. Zafiro rodeó el escritorio y se sentó, indicándome la silla frente a ella. Ya no parecía la dueña del burdel, sino una mujer cansada que carga con demasiados secretos.

—Cuéntame todo, mi niña —dijo, su voz suave pero firme—. Y cuando digo todo, me refiero a la verdad. No la versión para asustar enemigos, no la versión heroica. La verdad. ¿Qué pasó en esa montaña?

Me dejé caer en la silla, sintiendo el peso de las últimas semanas aplastarme de golpe. Miré mis manos, perfectas y sin callos, y comencé a hablar.

Le conté sobre el secuestro, sobre cómo Vorden’gom no era solo un bruto, sino un Titán mestizo obsesionado con su legado, un monstruo calculador que me usó como mapa viviente. Le hablé del frío interminable del viaje, de la manipulación, de cómo me hizo sentir menos que humana, reduciéndome a una herramienta de carne.

—Llegamos a la cueva… —continué, con la voz quebrada— y él consiguió lo que quería. Abrió el Manantial. Pero la magia no es un regalo, Zafiro. Es una transacción.

Me incliné hacia adelante.

—Morí allí. No fue una metáfora. Vorden me mató o la cueva me mató, ya no estoy segura. Pero el agua… el agua me tomó. Sentí cómo deshacía mis huesos y los volvía a tejer. Sentí cómo borraba mis cicatrices, mi historia, todo lo que yo era, para convertirme en el envase perfecto para su poder.

Zafiro escuchaba sin parpadear, con el rostro pálido.

—Para acabar con Vorden… tuve que morir más de una vez —confesé, y vi el horror cruzar sus ojos—. Él era fuerte, Zafiro. Imposiblemente fuerte. Así que usé mi única ventaja. Dejé que me destrozara para poder acercarme. El Manantial teje cuerpos nuevos en el vacío y los escupe de vuelta a la realidad. Es un ciclo infinito de dolor y reconstrucción.

Señalé mi cuello.

—Lo que tu espía vio hoy… no es nuevo. Es mi realidad ahora. Soy una anomalía que el universo intenta corregir y no puede.

Zafiro exhaló un suspiro largo, llevándose una mano al pecho.

—Por los dioses oscuros… —susurró—. No solo te dieron vida eterna. Te convirtieron en un punto fijo en el tiempo.

—Y tenías razón —continué, mirando la daga clavada en la mesa—. Cuando dijiste que tocamos la campana más grande de la existencia… algo más escuchó. Rozen los llama “Despojados”.

Zafiro frunció el ceño, deteniendo su copa a medio camino de sus labios.

—¿Despojados? —preguntó con genuina extrañeza—. ¿Qué carajo es un Despojado?

—Son el costo, Zafiro. Son almas destinadas a nacer que jamás tendrán esa oportunidad.

Me froté la cara, tratando de explicar lo que Rozen me había dicho, pero con mis propias palabras, con el horror que yo sentía.

—Es un equilibrio universal, un orden primigenio irrompible. Cada vez que un alma accede a la inmortalidad a través del Manantial, condena a otra a la inexistencia en este o cualquier otro plano físico. Le niegas la oportunidad de experimentar la vida para que tú puedas tenerla para siempre.

Zafiro palideció ligeramente. Como criatura mágica, entendía el peso de romper el equilibrio.

—Entonces… son los no-nacidos.

—Peor —corregí—. Son los olvidados. Tras eones de inexistencia, de alguna forma esas almas se dieron cuenta de la realidad, del equilibrio. Entendieron por qué se les negó la entrada. Y ahora un profundo rencor los guía. Vienen por mí, por mi alma. No solo para matarme, sino para sacarla del ciclo inmortal y dejar que un alma nueva, una de las suyas, pruebe la vida por fin.

Zafiro miró su copa, viendo el reflejo rojo del vino como si fuera sangre.

—¿Son suficientes como para ser una amenaza real? ¿O solo son unos cuantos fantasmas molestos?

Solté una risa seca y sin humor.

—¿Suficientes? Hay tantos Despojados como Fae llegaron a poblar el mundo. Uno por cada inmortal que ha existido.

Me incliné hacia ella, bajando la voz, compartiendo una sospecha que había estado rondando mi mente desde que vi al monstruo en las ruinas.

—Tengo una teoría, Madame. Creo que los Fae abandonaron este plano no por “trascender” a un plano superior de luz como dice Rozen, ni “volviendo a casa” como dicen los cuentos de hadas para niños. Creo que fueron cazados.

Los ojos de Zafiro se abrieron de par en par.

—¿Crees que huyeron?

—Creo que los Despojados empezaron a ganar. Creo que la deuda se volvió impagable y ellos simplemente huyeron para salvarse.

Miré hacia la puerta cerrada por donde había salido mi compañero.

—Pero Rozen… él no sabe cómo hacerlo. No sabe si es trascender, abrir un portal u ocultarse en otro plano. No sé por qué él se quedó atrás cuando los suyos partieron, pero está atrapado. Y si mi teoría es cierta, no somos héroes luchando contra monstruos, Zafiro. Somos las últimas presas en un coto de caza que fue abandonado hace milenios.

Zafiro se quedó en silencio un largo rato. Luego, bebió su vino de un trago, con la determinación de quien acepta que el fin del mundo ha llegado a su puerta.

—Entonces no solo escondo a una inmortal —murmuró—. Escondo el faro que atrae a la oscuridad misma.

Me levanté, dispuesta a irme si me lo pedía.

—Si quieres que me vaya, lo entenderé.

Zafiro bajó la mirada y me sonrió. Una sonrisa triste, pero feroz.

—Si te vas, te matarán y destruirán la ciudad para hacerlo. Si te quedas, destruirán la ciudad para llegar a ti. —Se encogió de hombros—. Al menos aquí, el vino es bueno y las sábanas limpias. Te quedas, Aldariel. Pero vamos a necesitar mucha más ayuda que un Fae y una daga si queremos sobrevivir a lo que viene.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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