Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota - Capítulo 8
- Inicio
- Todas las novelas
- Saga de hueso y plata. Libro 1: La Llave Rota
- Capítulo 8 - 8 Capítulo 7 Mitad Titán
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Capítulo 7: Mitad Titán 8: Capítulo 7: Mitad Titán Después de comer solo hizo gesto para que lo siguiera El camino de regreso a mis aposentos fue una marcha fúnebre.
Caminaba medio paso detrás de él, sintiendo las miradas de los soldados clavarse en mi nuca como flechas.
No decían nada.
No se atrevían.
Cuando él pasaba, los hombres se apartaban, pegándose a las paredes de piedra, bajando la cabeza no por respeto militar, sino por un terror primitivo.
Como animales que reconocen a un depredador superior en la cadena alimenticia.
Llegamos a la puerta de mi habitación.
Él la abrió y me hizo pasar con un gesto brusco.
Entró detrás de mí.
El clac del cerrojo deslizándose en su lugar sonó definitivo.
Me giré, cruzando los brazos sobre mi pecho, a la defensiva.
La habitación parecía más pequeña con él dentro.
Su presencia chupaba todo el oxígeno, llenando cada rincón con esa energía estática y pesada que siempre lo rodeaba.
Se quitó la chaqueta negra, tirándola sobre una silla con descuido.
Debajo, la camisa se estiraba peligrosamente sobre sus hombros.
—¿Por qué te tienen tanto miedo?
—pregunté, rompiendo el silencio.
Necesitaba entender.
Necesitaba saber qué monstruo me tenía atrapada.
Él se giró lentamente.
La luz del fuego proyectó sombras largas sobre su rostro, haciendo que sus ángulos parecieran tallados en roca viva.
—Supongo que ya habrás notado, Cielo, que no soy humano —dijo, avanzando hacia mí con pasos lentos que hacían vibrar el suelo bajo mis pies descalzos—.
Mi madre lo era.
Pero mi padre…
Se detuvo a un paso de distancia.
Sus ojos brillaron, y por un segundo, la pupila se rasgó, vertical, inhumana.
—Soy mitad titán.
El aire se congeló en mis pulmones.
Titán.
Las historias de mi pueblo hablaban de ellos como mitos de destrucción, seres de tierra y fuego antiguo, extintos o dormidos.
Imposiblemente fuertes.
Imposiblemente crueles.
—Los humanos aquí, mis soldados…
me temen —continuó, su voz bajando a un retumbar tectónico—.
Me respetan porque saben que podría aplastar sus cráneos con una sola mano sin esforzarme.
Y ese miedo…
es tu salvación.
No te tocan porque saben que eres propiedad del monstruo.
Me estremecí.
No pude evitarlo.
La idea de lo que él era explicaba la fuerza absurda en el callejón, la invulnerabilidad, el calor que irradiaba su piel.
—Pero tenemos un problema —dijo, y su tono perdió la arrogancia para volverse sombrío, casi urgente.
Empezó a desabrocharse los puños de la camisa.
—Mañana vendrán otros como yo.
Una delegación de los Clanes del Norte.
Titanes puros.
Tiró de la camisa, sacándosela por la cabeza y dejándola caer al suelo.
Mi boca se secó.
Su torso era una geografía de músculos densos, duros como el granito, marcados por cicatrices plateadas que contaban historias de guerras brutales.
Pero no fue su belleza lo que me asustó.
Fue la escala.
Era demasiado grande, demasiado ancho, demasiado todo.
—Ellos no tienen mis escrúpulos humanos —dijo, desabrochando el cinturón de cuero con un chasquido seco—.
Y tienen los sentidos mucho más agudos que cualquier soldado.
Huelen la sangre.
Huelen el miedo.
Y huelen la propiedad.
El cinturón cayó al suelo.
Sus manos fueron al botón de sus pantalones.
—¿Qué estás haciendo?
—susurré, retrocediendo hasta que mis piernas chocaron contra el borde de la cama.
—Si no detectan mi esencia en ti…
—Bajó la cremallera.
El sonido fue un rasguño violento en el silencio—.
Si no te reconocen inequívocamente como mía, te matarán antes de que puedas sacar esa ridícula daga de madera.
O peor, te tomarán para ellos.
Y créeme, un titán puro no te dejará con vida cuando termine.
Se quitó los pantalones y las botas en un movimiento fluido, quedando completamente desnudo frente a mí.
Mis ojos se abrieron de par en par.
Dioses.
Todo en él era titánico.
Brutal.
Una amenaza física que hizo que mi corazón se detuviera y luego arrancara a galope tendido.
Se acercó, acorralándome contra el colchón.
Su desnudez no era vulnerable; era un arma.
—Necesitan oler mi aroma en tu piel, en tu pelo…
y dentro de ti —gruñó, apoyando las manos a ambos lados de mi cintura, inclinándose hasta que su frente chocó con la mía—.
Necesitan saber que ya has sido reclamada.
A fondo.
Su mano bajó, rozando mi muslo a través de la túnica basta, enviando relámpagos de calor directo a mi centro.
—Sabes lo que quiero decir, elfa.
—Su voz era ronca, oscura, llena de una promesa ineludible—.
No tenemos otra opción.
Así que…
vas a tener que dejarme marcarte.
Ahora.
—Debe ser una puta broma —solté, la incredulidad luchando contra el nudo de terror que se apretaba en mi estómago.
Él no se inmutó.
Se quedó allí, en toda su gloria desnuda y aterradora, una estatua de carne viva y poder sísmico.
Se encogió de hombros, un movimiento que hizo rodar los músculos de sus trapecios como rocas bajo la piel.
—Si quieres correr el riesgo, adelante.
Sal por esa puerta —dijo con una frialdad que helaba la sangre—.
Pero cuando te encuentren, y lo harán, no me hago responsable, Cielo.
Miré la puerta cerrada.
Luego miré su cuerpo.
La amenaza era real; lo veía en la tensión de su mandíbula y en la forma en que sus fosas nasales se dilataban, oliendo ya el peligro que se acercaba.
Oler a él era mi única armadura.
Maldije por lo bajo.
Maldije a los dioses, a mi suerte y a él.
Llevé las manos al dobladillo de mi túnica.
Mis dedos temblaban, no de miedo, sino de una rabia volcánica.
—Mi nombre es Aldariel —espeté, levantando la barbilla para clavar mis ojos en los suyos—.
No Cielo.
Tiré de la tela hacia arriba.
El aire frío golpeó mi piel, pero la vergüenza quemaba más.
Dejé caer la túnica al suelo, pateándola lejos.
Me quité los pantalones con movimientos bruscos, eficientes, despojándome de todo hasta quedar tan desnuda como él.
Me sentí ridículamente pequeña.
Él era una montaña; yo era una brizna de hierba a punto de ser aplastada.
Caminé hacia la cama, me senté en el borde y me tumbé, mirando al techo de piedra para no tener que ver la magnitud de lo que iba a pasar.
Abrí las piernas, un gesto mecánico, de sacrificio.
—Haz lo que tengas que hacer —dije, mi voz rompiéndose solo un poco al final—.
Y que sea rápido.
El colchón se hundió bajo su peso.
El calor que irradiaba su cuerpo me golpeó antes de que me tocara, una onda expansiva de horno industrial.
Sentí sus manos, grandes y callosas, rodear mis tobillos.
No fue brusco, pero fue inexorable.
Me arrastró hacia él hasta que mis caderas quedaron al borde del abismo de sus muslos.
—Mírame, Aldariel —ordenó.
Su voz era un gruñido profundo, vibrando contra mi esternón.
Me negué.
Cerré los ojos con fuerza.
—He dicho que me mires.
Sus dedos soltaron mis tobillos y agarraron mi barbilla, obligándome a girar la cara.
Abrí los ojos.
Él estaba sobre mí, tapando la luz, tapando el mundo.
Sus ojos de titán brillaban con una luz antigua y depredadora.
—No va a ser rápido —dijo, y la promesa en su voz hizo que mi corazón se detuviera—.
Si hago esto rápido, mi esencia no se quedará en ti.
Tiene que filtrarse en tu piel.
Tiene que saturarte.
Se colocó entre mis piernas, su rodilla separando mis muslos más allá de lo que creía posible.
El roce de su piel contra la mía fue eléctrico, abrasador.
—Vas a tener que sudar mi olor, Aldariel.
Vas a tener que gritar mi nombre hasta que tu garganta sepa a mí.
—Se inclinó, sus labios rozando los míos, su peso inmovilizándome contra las sábanas—.
Así que agárrate fuerte.
Porque un titán no hace nada rápido.
Y entonces, me besó.
No fue un beso.
Fue una conquista.
Su lengua invadió mi boca, chocando contra mi diente de metal, probando la sangre y el acero, mientras su cuerpo descendía para reclamar lo que, por supervivencia, ahora le pertenecía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com